Elizabeth Bishop – Crusoe en Inglaterra

Por Fernando Pérez Villalón

Comencé a leer A Elizabeth Bishop (1911-1979) en Amherst, hace algunos años, y tal vez por eso la asocio vagamente a Emily Dickinson, otra poeta reticente, esquiva, aunque mucho más reconcentrada. Hace algunos meses, releyendo Robinson Crusoe, que no volvía a mirar desde que era niño (mi abuelo me lo regaló como a los 7 años, recuerdo que me quedaba dormido leyendo una y otra vez las primeras páginas, sin lograr llegar más lejos), me encontré con este poema, una versión particular de Robinson que me atrajo justamente por su baja intensidad y su amplitud, una longitud que tiene que ver precisamente con el exasperante paso de un tiempo vacío y repetitivo del que el poema habla. El poema es parte de su libro Geography III (1976), y saqué el texto de sus Complete Poems 1927-1979 (New York: Farrar, Strauss, & Giroux, 2000). Le agradezco mucho a Adriana Valdés sus cuidadosas enmiendas y atinados comentarios.

CRUSOE EN INGLATERRA

Un nuevo volcán entró en erupción,
dicen los diarios, y la semana pasada estaba leyendo
dónde un barco vio nacer una isla:
primero una nube de vapor, a diez millas;
luego una mota negra –probablemente basalto–
surgió en los binoculares del oficial de cubierta
y se fijó en el horizonte como una mosca.
La nombraron. Pero mi pobre isla todavía sigue
in-redescubierta, in-renombrada.
Ninguno de los libros ha acertado.

Bueno, yo tenía cincuenta y dos
miserables, pequeños volcanes que podía escalar
con unas pocas zancadas resbalosas –
volcanes muertos como pilas de ceniza.
Solía sentarme al borde del más alto
y contar los otros que seguían en pie,
desnudos y plomizos, con sus cabezas voladas.
Pensaba que si eran del tamaño
que yo pensaba que los volcanes debían ser, me había
convertido en un gigante;
y si me había convertido en un gigante,
no podía soportar pensar en el tamaño de
las cabras y tortugas,
o las gaviotas, o las olas sucesivas
– un hexágono brillante de olas
cercándome, cercándome, pero sin cerrarse,
brillando y brillando, aunque el cielo
solía estar nublado.

Mi isla parecía ser
una especie de vertedero de nubes. Todas las nubes
desechadas del hemisferio venían a juntarse
sobre los cráteres – sus gargantas resecas
se sentían calientes al tocarlas.
¿Por eso entonces llovería tanto?
¿Por eso a veces todo el lugar siseaba?
Las tortugas avanzaban con sus altos domos a cuestas,
silbando como teteras.
(Y yo habría dado, o aceptado, algunos años
a cambio de una tetera de cualquier tipo, por supuesto.)
Los pliegues de lava, extendiéndose hacia el mar,
siseaban. Yo miraba hacía otro lado. Pero luego
me daba cuenta de que eran tortugas.
Las playas eran todas de lava, en varios tipos:
negra, roja, y blanca, y gris:
los colores jaspeados se veían bien.
Y tenía trombas marinas. Sí,
de a docenas, lejos,
iban y venían, avanzaban y retrocedían,
la cabeza en una nube, los pies en parches movedizos
o rasguños blancos.
Chimeneas de vidrio, flexible, atenuadas,
seres sacerdotales de vidrio… Vi
como el agua ascendía por ellos en espiral como humo.
Hermoso, sí, pero no muy buena compañía.

A menudo sentí compasión de mí mismo.
“¿Me merezco esto? Debe ser que sí, supongo.
Si no, no estaría aquí. ¿Hubo
un momento en que de hecho escogí esto?
No me acuerdo, pero puede ser.”
¿Qué tiene de malo, en todo caso, la autocompasión?
Balanceando mis piernas confiadamente
al borde de un cráter, me dije.
“La compasión empieza por casa.” Así que mientras más
compasión sentía, más me sentía en casa.

El sol se ponía
y salía del mar,
era uno solo, y yo también.
En la isla todos estaban de a uno:
un caracol de árbol, azul-violeta brillante
con una caparazón delgada, reptaba por todas partes,
sobre la única variedad de árbol,
una cuestión hollinosa como matorral.
Debajo de ellos, se amontonaban conchas de caracol,
y desde lejos
uno juraría que eran macizos de lirios.
Había un tipo de baya, rojo oscuro.
Las probé, de a una, con un intervalo de horas.
No muy ácidas, y nada malas, sin efectos nocivos;
así que fermenté un licor. Me tomaba
esa pócima pésima, hedionda y burbujeante,
que se me iba directo a la cabeza
tocaba mi flauta casera
(creo que tenía la escala más rara de la tierra)
y, mareado, gritaba y bailaba entre las cabras.
¡Hecho en casa, hecho en casa! ¿no lo somos todos?
Sentía un afecto profundo por
la más pequeña de mis industrias insulares.
No, no exactamente, la más pequeña era
una filosofía miserable.

Porque no sabía suficiente,
¿por qué no sabía suficiente de algo?
¿Drama griego, astronomía? Los libros
que había leído estaban llenos de huecos;
los poemas – bueno, traté de recitarle a mis lirios,
“Resplandecen en el ojo interno,
que es el goce…” ¿El goce de qué?
Una de las primeras cosas que hice
cuando volví fue mirarlo en el diccionario.

La isla olía a cabras y guano.
Las cabras eran blancas, también las gaviotas,
y ambas mansas, o bien pensaban
que yo era también una cabra, o una gaviota.
Baa, baa, baa y criii criii, criii
baa…criii…baa
…todavía no puedo sacarme
ese sonido de los oídos; me duelen ahora.
Los gritos interrogantes, las réplicas equívocas
con una base de lluvia siseante,
siseante, las tortugas ambulantes
me sacaban de quicio.

Cuando todas las gaviotas
se echaban a volar al mismo tiempo, sonaban
como un árbol enorme en el viento, sus hojas.
Cerraba mis ojos y pensaba en un árbol,
un roble, digamos, con sombra de verdad, en alguna parte.
Había oído que el ganado puede enfermarse
por estar en una isla.
Me parecía que las cabras lo estaban.
Un macho cabrío subía al volcán
al que había bautizado como Mont d’Espoir o Mount Despair
(tenía tiempo para juegos de palabras),
y balaba sin parar, y olisqueaba el aire.
Lo tomaba de la barba y lo miraba.
Sus pupilas, horizontales, se estrechaban
sin expresar nada, o un poco de malevolencia.
¡Hasta los colores me cansaban tanto!
Un día teñí a una cabrita de rojo brillante
con mis bayas rojas, sólo para ver algo distinto.
Y luego su mamá no la reconocía.

Los sueños eran lo peor. Por supuesto que soñaba con comida
y amor, pero eran agradables más que
otra cosa. Pero luego soñaba con cosas
como cortarle el pescuezo a una guagua, confundiéndolo
con un cabrito. Tenía
pesadillas con otras islas
que se extendían lejos de la mía, una infinidad
de isas, islas y más islas,
como huevos de rana vueltos renacuajos
de islas, sabiendo que tendría que vivir
en cada una de ellas, eventualmente,
por siglos, registrando su flora,
su fauna, su geografía.

Justo cuando pensé que no podría soportarlo
ni un minuto más, llegó Viernes.
(Los relatos de eso están completamente equivocados.)
Viernes era amable.
Viernes era amable, y fuimos amigos.
¡Si sólo hubiera sido una mujer!
Quería tener descendencia,
y él también, creo. Pobre.
A veces regaloneaba a los cabritos,
y corría con ellos, o los llevaba en brazos.
– Me gustaba mirarlo, tenía un hermoso cuerpo.

Y entonces un día vinieron y nos sacaron de ahí.

Ahora vivo aquí, en otra isla,
que no parece serlo, pero ¿quién decide?
Mi sangre estaba llena de ellas; mi cerebro
criaba islas. Pero ese archipiélago
se extinguió. Estoy viejo.
Estoy aburrido, también, tomando té de verdad,
rodeado de cachivaches que no me interesan.
El cuchillo ahí en la estantería –
olía a sentido, como un crucifijo.
Sobrevivió. ¿Por cuántos años
le pedí, le imploré que no se rompiera?
Conocía cada mella y rasguño de memoria,
la hoja azulosa, la punta rota,
las vetas de madera en el mango…
Ahora ni me mira.
Su alma se ha escabullido.
Mis ojos descansan en él y siguen su curso.

El museo local me pidió
que les dejara todo:
la flauta, el cuchillo, los zapatos ajados,
mis pantalones desharrapados de cuero de cabra
(la piel se llenó de polillas),
la sombrilla que me tomó tanto tiempo
para acordarme de cómo iban las varas.
Todavía funciona, pero, cerrada,
se ve como un ave de corral flaca y desplumada.
¿Cómo puede alguien querer estas cosas?
Y Viernes, mi querido Viernes, murió de sarampión
en marzo harán diecisiete años.

CRUSOE IN ENGLAND

A new volcano has erupted,
the papers say, and last week I was reading
where some ship saw an island being born:
at first a breath of steam, ten miles away;
and then a black fleck–basalt probably–
rose in the mate’s binoculars
and caught on the horizon like a fly.
They named it. But my poor old island’s still
un-rediscovered, un-renamable.
None of the books has ever got it right.

Well, I had fifty-two
miserable, small volcanoes I could climb
with a few slithery strides–
volcanoes dead as ash heaps.
I used to sit on the edge of the highest one
and count the others standing up,
naked and leaden, with their heads blown off.
I’d think that if they were the size
I thought volcanoes should be, then I had
become a giant;
and if I had become a giant
I couldn’t bear to think what size
the goats and turtles were,
or the gulls, or the overlapping rollers
–a glittering hexagon of rollers
closing and closing in, but never quite,
glittering and glittering, though the sky
was mostly overcast.

My island seemed to be
a sort of cloud-dump. All the hemisphere’s
left-over clouds arrived and hung
above the craters–their parched throats
were hot to touch.
Was that why it rained so much?
And why sometimes the whole place hissed?
The turtles lumbered by, high-domed,
hissing like teakettles.
(And I’d have given years, or taken a few,
for any sort of kettle, of course.)
The folds of lava, running out to sea,
would hiss. I’d turn. And then they’d prove
to be more turtles.
The beaches were all lava, variegated,
black red, and white, and gray;
the marbled colors made a fine display.
And I had waterspouts. Oh,
half a dozen at a time, far out,
they’d come and go, advancing and retreating,
their heads in cloud, their feet in moving patches
of scuffed-up white.
Glass chimneys, flexible, attenuated,
sacerdotal beings of glass…I watched
the water spiral up in them like smoke.
Beautiful, yes, but not much company.

I often gave way to self-pity.
“Do I deserve this? I suppose I must.
I wouldn’t be here otherwise. Was there
a moment when I actually chose this?
I don’t remember, but there could have been.”
What’s wrong about self-pity, anyway?
With my legs dangling down familiarly
over a crater’s edge, I told myself
“Pity should begin at home.” So the more
pity I felt the more I felt at home.

The sun set in the sea; the same odd sun
rose from the sea,
and there was one of it and one of me.
The island had one kind of everything:
one tree snail, a bright violet-blue
with a thin shell, crept over everything,
over the one variety of tree,
a sooty, scrub affair.
Snail shells lay under these in drifts
and, at a distance,
you’d swear that they were beds of irises.
There was one kind of berry, a dark red.
I tried it, one by one, and hours apart.
Sub-acid, and not bad, no ill effects;
and so I made home-brew. I’d drink
the awful fizzy, stinging stuff
that went straight to my head
and play my home-made flute
(I think it had the weirdest scale on earth)
and, dizzy, whoop and dance among the goats.
Home-made, home-made! But aren’t we all?
I felt a deep affection for
the smallest of my island industries.
No, not exactly, since the smallest was
a miserable philosophy.

Because I didn’t know enough.
Why didn’t I know enough of something?
Greek drama or astronomy?
The books?I’d read were full of blanks;
the poems–well, I tried
reciting to my iris-beds,
“They flash upon that inward eye,
which is the bliss…” The bliss of what?
One of the first things that I did
when I got back was look it up.

The island smelled of goat and guano.
The goats were white, so were the gulls,
and both too tame, or else they thought
I was a goat, too, or a gull.
Baa, baa, baa and shriek, shriek, shriek,
baa…shriek…baa…
I still can’t shake
them from my ears; they’re hurting now.
The questioning shrieks, the equivocal replies
over a ground of hissing rain
and hissing, ambulating turtles
got on my nerves.

When all the gulls flew up at once, they sounded
like a big tree in a strong wind, its leaves.
I’d shut my eyes and think about a tree,
an oak, say, with real shade, somewhere.
I’d heard of cattle getting island-sick.
I thought the goats were.
One billy-goat would stand on the volcano
I’d christened Mont d’Espoir or Mount Despair
(I’d time enough to play with names),
and bleat and bleat, and sniff the air.
I’d grab his beard and look at him.
His pupils, horizontal, narrowed up
and expressed nothing, or a little malice.
I got so tired of the very colors!
One day I dyed a baby goat bright red
with my red berries, just to see
something a little different.
And then his mother wouldn’t recognize him.

Dreams were the worst. Of course I dreamed of food
and love, but they were pleasant rather
than otherwise. But then I’d dream of things
like slitting a baby’s throat, mistaking it
for a baby goat. I’d have
nightmares of other islands
stretching away from mine, infinities
of islands, islands spawning islands,
like frogs’ eggs turning into polliwogs
of islands, knowing that I had to live
on each and every one, eventually,
for ages, registering their flora,
their fauna, their geography.

Just when I thought I couldn’t stand it
another minute longer, Friday came.
(Accounts of that have everything all wrong.)
Friday was nice.
Friday was nice, and we were friends.
If only he had been a woman!
I wanted to propagate my kind,
and so did he, I think, poor boy.
He’d pet the baby goats sometimes,
and race with them, or carry one around.
–Pretty to watch; he had a pretty body.

And then one day they came and took us off.

Now I live here, another island,
that doesn’t seem like one, but who decides?
My blood was full of them; my brain
bred islands. But that archipelago
has petered out. I’m old.
I’m bored too, drinking my real tea,
surrounded by uninteresting lumber.
The knife there on the shelf–
it reeked of meaning, like a crucifix.
It lived. How many years did I
beg it, implore it, not to break?
I knew each nick and scratch by heart,
the bluish blade, the broken tip,
the lines of wood-grain in the handle…
Now it won’t look at me at all.
The living soul has dribbled away.
My eyes rest on it and pass on.

The local museum’s asked me to
leave everything to them:
the flute, the knife, the shrivelled shoes,
my shedding goatskin trousers
(moths have got in the fur),
the parasol that took me such a time
remembering the way the ribs should go.
It still will work but, folded up,
looks like a plucked and skinny fowl.
How can anyone want such things?
–And Friday, my dear Friday, died of measles
seventeen years ago come March.

One Response to Elizabeth Bishop – Crusoe en Inglaterra

  1. Bay dice:

    Te cojo prestada la traducción de este maravilloso poema. Por si lo quieres ver:
    http://los-gases-son-comprensibles.blogspot.com.es/2013/05/que-es-el-paraiso.html

    Muchas gracias

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