“Las malas juntas”, de José Leandro Urbina

Por Beatriz García-Huidobro

Unos días atrás me encontré con Paulo Slachevsky y él me dijo algo bastante cierto que me quedó dando vueltas y es un enfoque interesante para la presentación de este libro. “Debería ser lectura obligatoria en los colegios”, fueron sus palabras. Uno podrá estimar que ingresar en el listado de las lecturas obligatorias no es precisamente un honor, pero sí es indicador de lo que se pretende inculcar en los jóvenes, de qué manera se espera que a través de la literatura se incorporen ideas y se promuevan reflexiones. Por eso, me parece relevante el porqué un libro como este es una lectura necesaria dentro de nuestro país, para entender lo que fuimos, lo que dejamos de ser y lo que queríamos ser, y de qué modo abandonamos esa identidad nuestra, orgullo de Latinoamérica. Dejamos que se colara, aguachenta, la modernidad líquida de que habla Bauman, con su alto componente de supuesta libertad impregnada de incertidumbre, inseguridad y vulnerabilidad, que finalmente no es más que la precariedad del sentimiento de inestabilidad que se produce cuando desaparece la confianza en sí mismo, en los otros y sobre todo, en la comunidad. Vivimos ahora en una sociedad, ya no líquida, sino gasificándose por el afán compulsivo de modernización, desplazando para siempre el antiguo concepto de solidez, que fundía los sólidos para moldearlos de nuevo y así crear sólidos mejores y generaba en los individuos la sensación de trascendencia e identidad más allá de sí mismos y de sus circunstancias.

Antes de continuar, quiero dejar bien claro que estos cuentos están tan bien armados y con una ingeniería tan precisa, que analizarlos minuciosamente obligaría a contarlos enteros para dar coherencia a dicho análisis. Incluso decir “se trata de…” resulta imposible pues constituyen breves corpus cerrados y armónicos. Cualquier clave anticipada solo sería una traición al lector que debe, literalmente, caer en sus garras sin aviso previo. Si en promedio estos cuentos no rebasan las tres páginas, es más notable aún el mérito de Urbina al conseguir que formatos así de breves entren al ring y, como decía Cortázar en su analogía boxeril, ganen por knock out en segundos. Así es que me detendré en algunos aspectos generales que no le quiten el encanto a la posterior lectura.

Estos cuentos están ambientados y desarrollados en los días y meses iniciales tras el golpe de Estado. Son todos ellos de gran potencia; es evidente que fueron escritos en carne viva, en ausencia dolorosa y todavía sin la nostalgia del tiempo apaciguador, pero aún así con la cabeza lo suficientemente fría como para imprimirles calidad literaria sin caer en estereotipos o lamentaciones. Esto es algo que quisiera destacar en primer término: el modo en que consigue el testimonio sin la denuncia a veces gritona o plañidera de textos que se vuelven panfletarios y aunque puedan resultar eficaces en su objetivo, acaban sacrificando la literatura.

A continuación, me gustaría resaltar la calidad pareja de los cuentos. Ha de ser su desgracia y bendición a la vez, que el maravilloso micro cuento “Padre nuestro que estás en los cielos” haya sido tan citado y antologado; eso debe haberse vuelto antipático para Urbina, pues siempre es achicador para un autor que se le asocie automáticamente con una sola obra. Y por más merecido que sea el lugar que posee este relato, resaltemos que los otros no están a su sombra. Esto de producir un volumen de cuentos en el cual todos ellos poseen iguales atributos, es una hazaña no menor. El éxito de las antologías tiene que ver con esa capacidad que los escritores poseen de acertar con un tema, un enfoque, un golpe de gracia que es muy difícil que se mantenga en un compendio de varios relatos. Es frecuente que cuando uno está leyendo los cuentos de un autor, alterne esta lectura con otros libros, pues la voz en el relato breve suele no sostenerse en un punto alto. Esa cualidad que se observa en Carver, Chéjov, Rulfo y otros, también está presente en Urbina: consigue mantener por completo la atención del lector y crea un mundo complejo y fino. Y es que buenos cuentos hay miles. Buenos cuentistas, bastante menos. Escritores mediocres han producido un relato inolvidable. O escritores de cierta tendencia exploran otra por única vez y crean un cuento espectacular, como Jacobs, ese humorista inglés al estilo Wodehouse cuyos exitosos textos de su tiempo cayeron en el olvido, mientras que “La garra del mono” es incluida obligatoriamente en antologías de terror. Hay una pincelada certera que parece estar al alcance de muchos escritores. Probablemente se relaciona con lo que decía el mismo Carver: “todo escritor crea su mundo y no otro y será este lo que lo diferenciará de otros escritores”.

También quisiera resaltar un mérito estilístico que me ha parecido especial. Los cuentos de Urbina son muy breves, incluso varios de ellos se podrían catalogar como micro cuentos. Poseen, como todo buen cuento breve, los efectos necesarios para el fin de cada historia, un ciclo y un ritmo implacable y acaban siendo como una esfera, en la que nada sale de sus límites. Contención y desborde, velocidad y freno en una cancha reducida. O en un ring, para no abandonar a Cortázar. Esos requerimientos de un buen relato, sobre todo del relato muy breve, suelen llevar a un lenguaje directo y apresurado. Y he ahí el mérito que quisiera resaltar: su lenguaje parece estar a tiempo real y tomarse todo el tiempo del mundo para situarnos en el episodio, contar la historia, esbozar a los personajes, darles los giros y diálogos necesarios, para finalmente acabar con una estocada en la segunda página. Y no tiene esa falta de delicadeza de los finales muy abiertos, que si bien son un recurso interesante en cierto tipo de relatos, a la larga cansan y desmoralizan cuando se transforman en la estrategia habitual.

Otro punto interesante de destacar son las perspectivas de Urbina. Pese a las notorias diferencias que los cuentos tienen entre sí, hay una espina dorsal que los atraviesa a todos ellos y les da solución de continuidad. Los temas son el golpe de Estado, y las reacciones y comportamientos humanos en situación de crisis. Eso lleva a infamias, traiciones, cobardías, heroísmos, lealtades, tristeza, empuje, abuso de poder. Pero para mí resultan, ante todo, un caleidoscopio de la desaparecida clase media chilena que fue devorada después del 73.

El autor, sin negar sus adhesiones personales, no cierra los ojos ni se acomoda a una determinada perspectiva. Parecería situarse en el centro de las escena y abarcar el máximo de ángulos para observar el comportamiento humano y narrar cuanto sucede en los distintos extremos, sin acercarse a ninguno pero describiéndolos desde su situación privilegiada, con los focos apuntando a cada escena. En ese sentido, tal vez uno de los mayores méritos de su obra resida justamente en la falta de concesiones con que trabaja a sus personajes, libres de maniqueísmos, del mismo modo en que despojó de sentimentalismos a los hombres y mujeres exiliados de su recordada novela Cobro revertido. Esto redunda en beneficio de su literatura, en la creación de personajes cuyas psicologías son sutiles y contundentes, densas y creíbles, matizadas como nunca deja de serlo la naturaleza humana, más aún cuando es tensada y tensionada.

Urbina crea relatos duros, implacables, que podrían parecer poco compasivos en su descarnada realidad, hasta que de pronto irrumpen personajes como la madre profundamente religiosa, en dolorosa duda de su fe no solo por la punzante ausencia de sus hijos desaparecidos, sino porque ha visto el lado más oscuro de los seres humanos cuando son empoderados. Uno de los cuentos nuevos, “El amuleto”, en apenas cinco páginas logra reunir erotismo, traición, familias distanciadas y disgregadas: un retrato con variadas relecturas acerca de las actitudes defensivas y de las bajas pasiones que afloran en tiempos revueltos.Hay que señalar que estos brochazos de una sociedad en llamas, están cruzados por el ingenio y humor refinado que fueron tan característicos de nuestra clase media ilustrada y republicana. La ironía y las observaciones sarcásticas dan un alivio en medio del desmoronamiento y revelan un cierto afecto del autor hacia las personas, hacia sus sutilezas y sus contradicciones. Es decir, Urbina se nos revela como un observador descarnado y optimista.

Para finalizar, quisiera resaltar el tema histórico. La fidelidad histórica, y acá me baso en Kundera, es secundaria en relación al valor de la obra literaria, pues el escritor es un explorador de la existencia y no un profeta ni un historiador. En la literatura, su meditación es esencialmente interrogativa, no afirma verdades ni hechos ciertos; de la obra no se extrae una filosofía coherente, sino reflexiones, paradojas e improvisaciones. La fusión entre la realidad histórica y la ficcionalización son dos grandes matrices a partir de las cuales se reconstruyen redes de representaciones simbólicas, culturales y estéticas que de algún modo enfrentan y corrigen aquellas que han sido impuestas por la historia oficial. Disentir de esta última crea nuevos simbolismos, deconstruye estereotipos y personajes, recoge las emociones y las resitúa en un momento histórico, dándole a este renovados matices. La literatura permite que se relea el otro discurso y se enmienden miradas rígidas y unilaterales. Aleja de esa sensación que tan bien describe Giddens acerca de sentirse separado de los demás, de ese mundo que aparece como algo amenazador.

De ahí entonces el valor pedagógico (palabra que ha llegado a ser horrible, pero no encuentro otra) de estos cuentos para que los jóvenes conozcan la que fue nuestra sociedad urbana sustentada por una fuerte y definida clase media ilustrada. Este conjunto de relatos es uno de los grandes retratos de una época que se extinguió para siempre, de una sociedad que no volverá, de las condiciones sociales y culturales que existieron en ese momento y que fueron víctima y cómplice y parte fatal de los episodios asociados a esa época. Esa sociedad irrepetible, que con sus claros y oscuros era tan querida y enorgullecedora. Como dice Prévert, en “La rue de Buci ahora”, esa conmovedora alegoría a la calle devastada y alterada por las guerras:

…tu rue de Buci que fingía indignarse

la que se ponía furiosa

pero en el fondo estaba

feliz y orgullosa

de tu belleza deslumbrante

de tu juventud provocadora

de tu maravillosa pobreza

de tu maravillosa libertad.

(N. del E.) Este texto fue leído en la presentación del volumen de cuentos Las malas juntas (Santiago: Lom, 2010), el 11 de enero del 2011, en el Archivo Nacional.

One Response to “Las malas juntas”, de José Leandro Urbina

  1. Patricia Milla dice:

    Gracias, muy interesante. Y respecto a que podría ser texto para escolares, bueno este año en La Pintana,los primeros medios del CEMML leeran una selección de textos asociados a los DDHH en la literatura chilena y Las Malas Juntas estará presente.

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