Geoffrey de Monmouth: de Vita Merlini

por Ignacio Álvarez

El siguiente es un fragmento de la Vita Merlini, poema en hexámetros latinos compuesto hacia 1150. Se trata de la segunda obra de Geoffrey de Monmouth, autor también de la célebre Historia regum Britanniae, una crónica histórica que, pese a su pretensión de veracidad, funda para la literatura la tradición del rey Arturo y sus nobles caballeros. Estos versos corresponden al momento en que Merlín, enloquecido por la guerra que ha debido enfrentarlo al rey de Escocia, escapa al bosque para convertirse en un homo silvester, hombre de los bosques. Los traduzco por el vínculo estrecho que muestran entre naturaleza y locura, por la docta sabiduría que, en su furor, encuentra Merlín entre los árboles y los animales. Hay aquí, además, una pintura del invierno que conmueve por su melancolía; como el lobo, el mundo entero parece envejecer en los meses de frío. Intenté una lectura en verso, pero la intrincada sintaxis del original y mi testarudo interés por una versión que se le acercara lo más posible la volvió ilegible. Ofrezco entonces una solución de compromiso que, con algunas libertades, servirá al menos para disfrutar del texto latino.

Inde novas furias, cum tot tantisque querelis
Aera complesset, cepit, furtimque recedit,
Et fugit ad silvas, nec vult fugiendo videri,
75 Ingrediturque nemus, gaudetque latere sub ornis,
Miraturque feras pascentes gramina saltus.
Nunc has insequitur, nunc cursu praeterit illas ;
Utitur herbarum radicibus, utitur herbis,
Utitur arboreo fructu morisque rubeti.
80 Fit silvester homo, quasi silvis editus esset.
Inde per aestatem totam, nullique repertus,
Oblitusque sui cognatorumque suorum,
Delituit silvis obductus more ferino.
At, cum venit hiems, herbasque tulisset et omnes
85 Arboreos fructus, nec quo frueretur haberet,
Diffudit tales miseranda voce querelas :
« Caeli Christe deus, quid agam ? qua parte morari
terrarum potero, cum nil quo vescar adesse
Inspicio, nec gramen humi, nec in arbore glandes?
90 Tres quater et juges septenae poma ferentes
Hic steterant mali : nunc non stant. Ergo quis illas,
Quis mihi surripuit ? Quo devenere repente ?
Nunc illas video, nunc non. Sic fata repugnant,
Sic quoque recordant, cum dant prohibentque videre.
95 Deficiunt nunc poma mihi, nunc cetera quaeque.
Stat sine fronde nemus, sine fructu. Plector utroque,
Cum neque fronde tegi valeo, neque fructibus uti.
Singula bruma tulit pluviisque cadentibus auster.
Invenio si forte napes tellure sub ima,
100 Concurrunt avidaeque sues aprique voraces,
Eripiuntque napes mihi quas de cespite vello.
Tu, lupe care comes, nemorum qui devia mecum
Et saltus peragrare soles, vix praeteris arva :
Et te dura fames et me languere coegit.
105 Tu prior has silvas coluisti, te prior aetas
Protulit in canos, nec habes, nec scis quid in ore
Projicias. Quod miror ego, cum saltus abundet
Tot capreis aliisque feris, quas prendere posses.
Forsitan ipsa tibi tua detestanda senectus
110 Eripuit nervos cursumque negavit habendum.
Quod solum superest, comples ululatibus auras,
At resupinus humi consumptos dejicis artus.
  Habiendo henchido el aire con tantos y tan grandes lamentos, coge entonces nuevas furias y se aparta en secreto, y escapa a los bosques, y no quiere ser descubierto en la huida. Penetra en la selva y se alegra de estar oculto bajo los fresnos, y admira las fieras que pacen las hierbas del prado: ya las sigue, ya las adelanta en la carrera.Se alimenta de raíces de pastos, de hierbas, se alimenta del fruto de los árboles y de las moras de la zarza. Se vuelve un hombre del bosque, como si el bosque lo hubiera engendrado.Durante todo el verano, perdido para todos y olvidado de sí mismo y de sus parientes, se esconde en los bosques, oculto al modo de las fieras.

Pero el invierno en su venida se lleva las hierbas y todos los frutos de los árboles. Sin tener de qué alimentarse vierte con voz lastimosa estas quejas:

“Cristo, Dios del Cielo, ¿qué hacer? ¿En qué parte de la tierra podré vivir, pues descubro que nada hay de qué alimentarse, ni hierbas en el suelo ni bellotas en el árbol? De tres, de cuatro y hasta de siete en siete cargaban sus frutos estos manzanos: ya no hay ninguno. ¿Quién, entonces, quién me los robó? ¿Dónde se fueron de pronto? Un momento los veo, al otro ya no. De este modo los hados son contrarios, y así también es como se muestran: cuando otorgan y luego vedan hasta la vista. Me faltan los frutos y todo lo demás. Los bosques ya no tienen hojas ni fruta: sufro por ambas cosas, pues ni puedo hallar cobijo en el follaje ni puedo alimentarme de sus frutos. El invierno y el austro, con sus lluvias, se lo han llevado todo. Si por fortuna encuentro unas raíces bajo la tierra más profunda, vienen en tropel ávidas jabalinas y cerdos voraces, y me arrebatan las raíces que arranco del suelo.

Tú, lobo, querido compañero que sueles ir conmigo a lugares apartados de los bosques y las breñas, apenas recorres ahora un prado, y el hambre cruel nos obliga, a ti y mí, a languidecer. Tú primero habitaste estos bosques: a ti primero la edad puso entre los ancianos, y no tienes ni sabes qué cosa echarte a la boca. Yo me admiro de ello, pues el prado rebosa de corzos y otras fieras que puedes atrapar. Quizá tu misma detestable vejez te arrebató el vigor y te negó la carrera y la caza. Solo te resta llenar con aullidos el aire y, abandonado en el suelo, abatir tus consumidas coyunturas.

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