Armando Uribe y sus metamorfosis: El viejo laurel, Armando Uribe

por Fernando Pérez

El viejo laurel, Armando Uribe
Ediciones Tácitas, Santiago, 2004

El título de la antología El viejo laurel, que presenta por primera vez un panorama de toda la obra poética de Armando Uribe hasta la fecha, alude a la primera antología en la que se publicaron poemas de Uribe, el libro El joven laurel, que recogía textos de los jóvenes miembros de la academia del mismo nombre, dirigida por Roque Esteban Scarpa. La selección y prólogo de Juan Cristóbal Romero, juiciosos y acertados, permiten al lector no sólo acercarse a la producción temprana de Uribe, editada en libros ya hace años agotados, sino que además proponen una condensación cuidadosa de la abundante producción del poeta en los años recientes (algo así como cuatro libros anuales, entre ensayos, memorias, antologías y poemas nuevos), inevitablemente desigual. Más importante aún, esta antología permite al lector percibir las transformaciones y continuidades en la obra de Uribe, su asombrosa coherencia a la vez que sus cambios de rumbo en el tono y el tema.

El orden cronológico de la antología pone en primer plano la relación de los poemas de Uribe con su edad: a medida que el lector da vuelta las hojas de El viejo laurel lee poemas escritos por un hombre más y más anciano. No sorprende, por tanto, que los poemas del final del libro traten con frecuencia de la muerte y del decaimiento físico que la edad trae consigo. Sí sorprende darse cuenta de que la caracterización de sí mismo como un viejo no tiene nada de reciente en la obra de Uribe, como lo hacen evidente estos versos del libro No hay lugar (1971):

¡Jovencito! Yo nunca he sido joven,
lo que se llama joven. Como un viejo
de cinco años de edad meditaba en la muerte
revolviendo una poza con un palo.

(A los quince, a los veinte, a los veintiocho
revolvía una poza con un palo). (112)

O este otro, de mismo libro:

Parecido a mi abuelo, con su abrigo
me paseo gravemente por mi pieza
a los doce años. Leo las cartas de Lord Chesterfield.

El resultado es éste: a los treinta y cinco años
estoy tendido en la cama de mi pieza
y soy mi propio abuelo. (113)

Por otro lado, el poeta, en De muerte (2004), constata:

Una pelusa en la solapa,
falta de tinta para la pluma,
llegar a misa tarde –en suma
las ocurrencias de un domingo,
muestran que el hombre en su adultez, so capa
de menudencia es un niño, es un signo. (299)

Este quiasmo, este insólito cruce que muestra que el viejo en que el niño avejentado ha terminado por convertirse no es sino un niño, puede entenderse, creo, como una alusión (consciente o no) a la idea del puer senilis, una imagen que según Curtius, en su monumental La literatura clásica en la Edad Media latina, tiene sus fuentes en la antigüedad grecorromana y, mezclada con imágenes cristianas, se convirtió en un tópico de la poesía europea. Creo que se trata de uno de los rasgos esenciales de la persona poética de Armando Uribe, que tal vez un estudio más extenso de su obra podría explicar con más cuidado y calma.

La principal “cesura” de este libro es el intervalo que separa No hay lugar (1971) de Odio lo que odio, rabio porque rabio (1998). Entre ellos está sólo Por ser vos quien sois (1989), en mi opinión uno de los más notables libros de Uribe por su ascética concisión sin concesiones y su concentración incesante. No hay lugar marca el final de una etapa con ciertos rasgos ingenuos, lúdicos y a ratos de un lirismo luminoso, leve. Desde Odio lo que odio, en cambio, se acentúan la amargura y la ironía en los versos del poeta, bilis negra que lo tiñe todo, desde la visión de sí mismo y del propio cuerpo retratado como en decadencia, el propio carácter sujeto a crítica incesante, hasta la visión del amor carnal como más vinculado a la “inquietante extrañez”, lo siniestro freudiano, que al gozo del encuentro entre los cuerpos o a cualquier tipo de reconciliación con la existencia por medio del placer sensible. Es también en este último período que se acentúa la dimensión de crítica social en la obra de Uribe: sus versos consignan no sólo el dolor de la muerte que ronda, sino también el hedor, la hediondez de la muerte en vida de muchos sectores de la sociedad chilena, en un registro que tiene que ver no poco con el infierno dantesco, un infierno en este caso en el que no se está sólo de paso, que no se recorre como visitante o turista teológico, sino como huésped, escritor en residencia. Este giro está ligado, evidentemente, a la dictadura de Pinochet y sus secuelas en la vida del país, así como a las experiencias personales dolorosas por las que le ha tocado transitar a Uribe. Sin embargo, es importante señalar que no se trata sino de la actualización de potencialidades ya latentes en su obra temprana.

Al leer la primera mitad de su obra pueden encontrarse también esbozos de otros poetas posibles, otros escritores que podrían haber sido. Me deslumbra especialmente la voz que aparece en el poco conocido volumen Los obstáculos (1961), donde hay varios poemas con la impecable transparencia y luminosidad de este:

Pieza y departamento. Espacio nuevo
en medio del espacio más antiguo.
Sin molduras, el cubo el aire llena
de su existencia propia, en que me admite.
Deposito mis cosas en su reino.
Dispongo almohadas en la cama. Miro
por la ventana: afuera el aire adopta
formas novísimas, veloces, únicas.
Mientras la luz adentro mata antílopes. (65)

Me digo, al leerlos, que acaso estos versos dibujan algo así como un paraíso posible, una zona en que, como dice Italo Calvino, se le da un espacio a aquello que, en medio del infierno, no es infierno, y se le permite durar un instante.

Otra de las metamorfosis por las que transita la escritura de Uribe está en sus traducciones, algunas de las cuales se incluyen, acertadamente, en este libro (sus versiones de Montale y de Ezra Pound, extraídas de los estudios que el poeta dedicó a esos autores). La convivencia con Montale se hace sentir, creo, en los poemas de Los obstáculos, con su deliberado hermetismo aliado a un intenso cuidado formal, su uso de la métrica para generar espacios sonoros y visuales de una arquitectura sin correspondencias obvias con la realidad externa y una materialidad tan tenue que, como propone Montale tal vez un día, al volverse hacia atrás, uno vea la nada siguiéndolo (“Forse un matino andando in un area di vetro”). Uribe comparte también con Montale, me digo, el paso de esta “poesía pura” en la que se insinúan “ocasiones”, momentos de redención intramundana, a una poesía que dialoga con la actualidad política y con las miserias de la historia, con el mundo y sus conflictos. De Pound, a quien también tradujo, Uribe aprendió más aún: la recuperación de la concisión epigramática de los latinos, así como de su literatura satírica, que no vacila ante la inclusión de rasgos de la realidad que pertenecen al ámbito de lo repugnante y lo obsceno, lo vulgar e indecoroso. No por nada el texto incluido en esta antología es la versión que hizo Uribe de la “traducción” (en un sentido muy amplio) que Pound realizó de algunas elegías de Propercio. También de Pound aprendió, creo, Uribe la técnica de incorporar voces ajenas y fragmentos traducidos a su propia obra poética, un poco a la manera de un collage en que fragmentos recortados y pegados cobran nuevas dimensiones. Muchos de sus versos recientes toman como punto de partida o de llegada un motivo encontrado en otro autor, sobre el que Uribe elabora una variación, una improvisación jazzística, un reflejo o un eco. Me pregunto si sería mucho pedir una reedición de los tres estudios dedicados por Uribe a otros escritores como parte de la colección “El espejo de papel”: no son sólo textos críticos notables, sino que forman parte de la obra de Uribe, de su autorretrato. Me imagino también (por qué no, ya que estamos en esto, y la aparición de un libro bien editado como este me pone optimista) si no se podría retomar la notable iniciativa de esa colección: estudios críticos sobre autores importantes, recientes o “clásicos”, escritos en un idioma accesible que prescindía de la jerga académica, y acompañados de traducciones que presentaban la obra comentada.

Volviendo al volumen que estoy reseñando, se me ocurre que podría describírselo como la conjunción y el cruce de dos figuras míticas, también retratadas por Ovidio en sus metamorfosis. Una de ellas es la de Narciso, cuya descripción Uribe mismo traduce de Ovidio:

Oh, cuántas veces en el agua
para tomarse del fingido cuello
hunde los brazos y no pueden ellos
estrecharse en las ondas de las aguas. (238)

Esta noción del poeta, amante de sí mismo (32), y fascinado por su propia imagen, imposible de agarrar, se opone a una concepción del poeta como la contraparte mítica de Narciso, la ninfa Eco, condenada a repetir las palabras de otros en forma fragmentaria, incompleta. En este poema de Por ser vos quien sois, hablándole a Dios, el poeta declara:

Yo soy el eco, tú eres la palabra.
Padre de piedra el hijo te gritaba.
Por qué lo abandonabas abba abba.
No me contesta una sola palabra.
Mala la piedra y malo el que la labra. (123)

Contra o junto a, entonces, la figura por antonomasia de la identidad y de la coincidencia con sí mismo (yo soy el que soy), el poeta se presenta como eco, alteridad irreductible, voz fantasmal que repite y transforma la palabra de otro, voz privada de palabra propia como castigo por su locuacidad excesiva. Esta figura del eco tal vez sea la clave de la obsesión de Uribe por las rimas y aliteraciones de todos tipos, así como por la paronomasia, esa figura que genera un cambio total de sentido en una palabra alterando tan sólo una ínfima parte de su sonido, como quien vuelve menor o mayor un acorde cambiando tan sólo una nota hacia arriba o abajo. En cualquier caso, esta antología nos permite empezar a explorar las imágenes y resonancias de la poesía de Armando Uribe con el cuidado y la calma que se merecen.

El viejo laurel, Armando Uribe
Ediciones Tácitas, Santiago, 2004

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