Ni cobardes ni caníbales

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Joaquín Escobar

Soy de Católica (Lolita editores, 2014) comienza con una historia terrible. Con todos nosotros, hinchas de Católica, saliendo del Estadio Nacional después de perder esa maldita final con Universidad de Chile. Queríamos desaparecer, escapar, estar en otro sitio. La narración se centra en un papá que camina rápidamente a los estacionamientos con sus dos pequeños hijos. Ellos son incapaces de controlar el llanto, mientras que su padre suma la más triste de todas las tragedias siguiendo a la UC. En el auto intenta calmarlos. Anestesiar sus estridentes sollozos hablándoles sobre lo que significa ser cruzado: “Les habla de las finales perdidas, del estigma de ser segundos, de la derrota como una extraña forma de vida” (9). Esa horrorosa final recorre gran parte del libro. Se instala como un fantasma en la estructura de la Católica contemporánea y desde allí su autor nos hace recordar que siguiendo a La Franja, también fuimos delirantemente felices.
Mediante una escritura con matices de crónica Soy de Católica de Diego Zúñiga nos hace viajar. Su autor construye un relato que invita a pasear con él por la historia posmoderna de la UC. Atravesamos la era de Juvenal Olmos y las dos semifinales ganadas a la U en 2002 que se coronarían con el título del apertura de ese mismo año. Paseamos por el invierno de 1997 y la final donde goleamos a Colo-Colo. El penal tapado por Wirth en Cali y el paso a la final de la Libertadores. Volvemos sobre los espectáculos de Gorosito y Acosta. El recuerdo doloroso de la muerte del Mumo. El cabezazo de Charly Vásquez en un clásico que se veía imposible. El penal del Polo Quinteros que nos dio el título frente a la U. Y las trillones de veces que vimos al Milo marcándose la franja en el pecho. Sí, es cierto, es un libro generacional, sin embargo, no veo un hecho criticable en ello: ¿por qué un texto tendría que abarcarlo todo?
Soy de Católica aparece en el momento preciso. En este frío otoño de 2014 donde la saña hacia nuestro club aflora por todos lados. Por ello, se erige como un texto que opone resistencia a prejuicios e injusticias, es decir, una narración que nace “desde la rabia” (15). Basado en la premisa de que “la memoria es arbitraria y tramposa” (27), Zúñiga combate el absurdo pensamiento de quien considera a la UC una escuadra elitista y defensora de la burguesía. Con el capítulo “Todo empezó en Independencia” se aclaran los orígenes de clase media del club, su nacimiento en esta comuna y la heterogeneidad de hinchas que conviven en nuestras tribunas. Prueba de ello son Mario Lepe y Gary Medel. Quienes criados en la más dura de las pobrezas están identificados con Católica hasta algo más que los huesos.
La metaliteratura que oxigena el libro es una variable atractiva para el lector. Al contrario de los diversos textos sobre fútbol donde abunda el lugar común y el cúmulo de datos, Zúñiga entrelaza historias de La Franja con reflexiones de Fabián Casas, Enrique Vila-Matas, Juan Villoro, Martín Caparrós y Albert Camus. Incluso es gracioso cuando recurre a Borges y su Historia universal de la infamia para recordarnos aquellos jugadores que prometieron camionadas de alegrías y solo dejaron úlceras y malos ratos. Pero también hubo de los otros. Sí, de los gigantes. De esas bestias que aún añoramos en San Carlos: “Yo creo que si algún escritor podría haber narrado su vida, ese probablemente hubiera sido el austriaco Thomas Bernhard o Céline, que eran expertos en retratar a personajes rabiosos y desbordados, llenos de talento, llenos de voluntad. Eso era el Beto Acosta” (62-63). El texto grafica constantemente esta amalgama entre fútbol y literatura que apreciamos en la cita. Y tal mixtura le sirve a Zúñiga para desacreditar las simplistas y reduccionistas visiones que se tienen sobre este deporte.
El autor de Camanchaca (Calabaza del Diablo, 2009; Random House Mondadori, 2012) concluye que en el fútbol no todo debiese ser cuantitativo (¡Bilardo te mataría, Zúñiga!). Poniendo de ejemplo a diversos equipos cruzados que brindaron maravillosos espectáculos deportivos, pero que no pudieron quedarse con el torneo. Y con ello estoy sólo en parte de acuerdo. Por un lado, detesto la sociedad neoliberalista que habitamos en donde todo es productividad, exitismo y numerología. Práctica que también observamos en el fútbol: el objetivo es un fin en donde el medio importa muy poco. Pero por otra parte, Católica debe estar inmiscuida en este proceso. Todo debe ser cumplimiento de objetivos: las necesidades ahora son copas y más copas. Sí, también añoro un equipazo como el del 94-95, pero ahora la misión es otra. Sobre este punto de vueltas olímpicas y triunfos, a Zúñiga le faltó explayarse profundamente sobre arbitrajes horrorosos y mal intencionados que nos arrebataron un par de títulos. No todos los subcampeonatos son culpa de nuestra institución y un capítulo que hiciera justicia ante desastrosos cometidos era sumamente necesario.
Pero volverán aquellos momentos en que fuimos espantosamente felices. Como dijo alguien de cuyo nombre no quiero acordarme: “El fútbol nos debe una”. Por mientras, seguimos de pie o muriendo con algo más que con las botas puestas. Dando la cara en una infinidad de estadios donde la burla, el bardo, la sorna y el barro se triplica. Acá estamos, más cruzados que nunca, y no nos hemos vuelto cobardes ni caníbales

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