Las lágrimas de las musas. Cambio de la exposición permanente del MNBA

Curaduría de Patricio M. Zarate. Obras de J. Brantmayer.

Por Juan Eduardo Zúñiga

 

La historiadora del arte Carol Duncan sostiene que el museo se presenta como una estructura ritual que “ofrece valores y creencias sobre la identidad social, sexual y política, en forma de experiencia viva y directa.” (Rituales de civilización. Murcia: Nausicaa, 2007, p.XII). Pese a que no sea la ocasión para tratar el tema de esta reseña desde la teoría museológica, sí es posible observar nuestro tema desde las nociones que ella aporta.

Arte en Chile: tres miradas es la nueva exposición permanente del Museo Nacional de Bellas Artes. Inaugurada el 20 de marzo de este año, la muestra fue curada por Juan Manuel Martínez, Alberto Madrid y Patricio M. Zarate. El encargo consistió en intervenir el depósito del museo para generar nuevas perspectivas sobre el arte en Chile. No es una tarea menor manipular las obras que han dado cuerpo a nuestra historia artística y han sustentado sus discursos historiográficos, es por ello que este texto se propone revisar las operaciones curatoriales que articulan la actual exposición permanente.

La exposición comienza con la propuesta de Juan Manuel Martínez, El poder de la imagen. Esta sección presenta obras que van desde el periodo virreinal hasta mediados del siglo XIX. En esta trama Martínez dispone inicialmente objetos de carácter religioso como viejos retablos y lúgubres pinturas de contenido bíblico que se reúnen para recordar el comienzo de la circulación de las imágenes en nuestro territorio. Las pinturas de José Gil de Castro son utilizadas para ilustrar la visualidad de un orden colonial y otro republicano. Como pruebas de una transición histórica las pinturas del limeño dan paso a otro momento, el de la construcción de la imagen del territorio, donde las pinturas de J.M. Rugendas siempre sirven a nuestros curadores como un documento dogmático que debe asumirse como la única imagen posible del Chile geográfico y social de entonces. Una vez más, El huaso y la lavandera replegándose en el mismo relato en el que ha sido inscrito ad eternum, el de la identidad.

En la rotonda, Martínez nos presenta las obras de otro momento artístico, las de los primeros directores de la Academia de Pintura, Ciccarelli, Kirchbach y Mochi. También se disponen las esculturas de artistas asociados a la Academia como el Galvarino de José Miguel Blanco y el Jugador de Chueca de Nicanor Plaza. Las obras que se presentan en esta sala, ingresan mediante un marcado carácter nacionalista estimulado por las asociaciones curatoriales que subrayan la recuperación de motivos indígenas y territoriales. Quizás lo más atractivo de esta sala sean las obras de un desconocido viajero alemán, Carl Alexander Simon.


     En la siguiente sala hallaremos las obras de Raymond Monvoisin y Pedro Lira. En el caso del pintor francés, este fue emplazado a una dinámica en la que él sería el maestro mientras que Clara Filleul y Francisco Javier Mandiola serían sus discípulos. Esta dinámica se puede entender como una estrategia que replica un esquema organizativo de las historias del arte en Chile, en el que la figura de Monvoisin ocupa un lugar fundante y civilizador. Podríamos impugnar esta estrategia, a partir de la importante información que entrega la historiadora Emma De Ramón y que demuestra que Filleul ya tenía una carrera sólida e independiente.[1]En efecto, si bien la pintora se formó y trabajó con Monvoisin, ya era dueña de una prolífica producción literaria, además de cronista y viajera incansable. Muy probablemente la historia de Filleul y Monvoisin ha sido contada al revés. La selección de las pinturas de Monvoisin también responde a la lógica que pretende ilustrar la actuación de un retratista de elite y de un pintor que inaugura y refuerza un imaginario europeo en Chile. Las pinturas de Pedro Lira exhiben mujeres confinadas al padecimiento y al espacio doméstico.La segunda sección de la exposición permanente, Sala de lectura: (Re) presentación del libro, corresponde al trabajo de Alberto Madrid. Su propuesta consiste en una revisión de las formas en que se ha representado el libro y la lectura en las obras de la colección del museo. La lecturade Cosme San Martín está rodeada por pequeños cuadros que contienen frases de lo que Pablo Langlois ha oído, observado e interpretado sobre el comportamiento de los espectadores de esta obra. Frente a estas piezas hay una obra de Mónica Bengoa que desborda la representación de un libro dando paso a su constitución material. Muy cerca de esta, una pintura de Raymond Monvoisin retrata al primer editor chileno.Obras de distintas épocas son confrontadas a decir algo sobre el lenguaje escrito y visual, operando como pruebas de una consabida relación entre escritura y visualidad. Ingresando a la siguiente sala, un montón de pinturas se agrupan a modo de gabinete. En ellas aparecen mujeres leyendo, mientras que a su alrededor hay hombres que poseen libros: sacerdotes, intelectuales, descubridores. Madrid quiere decirnos algo sobre la forma en que hombres y mujeres han sido representados en torno a instancias de libros y lectura. Si Martínez replica una historia del arte masculina, Madrid pone en evidencia estas operaciones visuales de género, visibilizando los modos en que las mujeres han circulado en aquellas imágenes, asociadas a escenas de esparcimiento, de ensimismamiento, confinadas a la intimidad del hogar en tanto que las representaciones de hombres dan cuenta de su altura intelectual, material y de su proyección pública

La siguiente sala exhibe pinturas, libros de artista, libros-objetos y trabajos mediales que desafían perceptualmente las tradicionales formas de leer y ver. Al interior de una vitrina, se puede observar el libro que da cuenta de la concepción y construcción de la obra con la que Juan Pablo Langlois intervendrá el museo en 1969, Cuerpos blandos. A la vez, los libros de Tereza Gazitúa y Cecilia Vicuña se tornan el soporte de sus operaciones artísticas, desplazando la constitución material del libro hacia un espacio de re-presentación y exhibición. Quizás los casos más radicales de esta sala sean las propuestas de Alicia Villarreal que interviene el libro en su dimensión física, perforándolo, cortándolo, dándole una nueva vida material, o la propuesta de Andrés Duran, Estado de emergencia, que activa desde la imagen audiovisual una interrogante sobre el estado del libro y los archivos.

             

     La última curaduría de esta exposición corresponde a Los cuerpos de la historia, de Patricio M. Zárate. Esta sección pone en escena a aquellos cuerpos de nuestra historia que han sido invisibilizados, dañados y marginados por los discursos oficiales. Son los cuerpos de Chile, vigilados y golpeados por la dictadura, los que invocan los retratos de Eduardo Vilches o las obras de Eugenio Dittborn. Quizá la propuesta más directa sea la de Mario Soro, que emplaza al espectador al interior de un montaje que evoca una sala de ortopedia en la que se exhiben grandes fotografías de soldados de la Guerra del Pacífico. Son hombres jóvenes que posan, paradojalmente, a cuerpo entero, aun cuando les falten sus extremidades. En la última sala aparece la serie Cautivas, de Jorge Brantmayer. Se trata de un conjunto de grandes retratos en blanco y negro que muestran en un nítido primer plano a un grupo de penitenciarias de Santiago. Por otro lado, están las fotografías de Paz Errázuriz de las series El infarto del alma, La manzana de Adán y Los nómades del mar. Aquí emergen las imágenes de los pacientes de un centro psiquiátrico, transformistas, travestis y nuestros kawéskar. Identidades que siempre se han concebido como incómodas y parasitarias y que este país no ha sabido incorporar dignamente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 Como apuntes de este recorrido habría que advertir un vacío que se genera en el tratamiento curatorial de las fotografías de Brantmayer y Errázuriz. Se trata de la ausencia de señas discursivas que alejen al espectador de la apreciación morbosa de lo marginal. Y en relación a las obras realizadas bajo dictadura, hubiese sido necesario cierto acompañamiento discursivo que explicitara los conceptos y procedimientos de aquellas obras. Al trabajo de Juan Manuel Martínez se le podría objetar su obsecuencia metodológica con los relatos de la historia del arte en Chile. El curador replicó una historia del arte masculina, patriarcal, con tendencia a la linealidad cronológica y reiterando los lugares comunes de siempre. El trabajo de Alberto Madrid podría resultar el más arriesgado de la exposición en tanto logró materializar nuevas lecturas para las obras de la colección, situándolas en una metodología más abierta y dialógica.

Resulta imposible concluir esta reseña cuando la exposición que trata se inserta en un plan modernizador del museo impulsado por su Director. En este nivel, la actual exposición permanente porta señales políticas y narrativas que no solo ponen en tensión la nueva política curatorial sino la misma coherencia institucional del museo. Por lo pronto, resta esperar la inminente intervención de otro curador a la exhibición permanente, Ramón Castillo.

 

Imágenes

1. Arte en Chile: tres miradas. Curaduría de J.M. Martínez.

2. Arte en Chile: tres miradas. Curaduría de A. Madrid.

3. Arte en Chile: tres miradas. Curaduría de P. M. Zarate.

 


[1] De Ramón, E. “Norma y desacato: la sociedad chilena frente a la irrupción de las mujeres artistas (1840-1850)”, en Seminario Historia del arte y feminismo: relatos, lecturas, escrituras y omisiones. Santiago: Museo Nacional de Bellas Artes, 2013, pp. 23-39.


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