Marcelo Matthey Correa: Alta fidelidad

por Cristóbal Joannon

Marcelo Matthey Correa es ingeniero hidráulico y antropólogo. Hasta la fecha ha publicado dos libros prácticamente inencontrables: Todo esto lo escribí entre diciembre de 1987 y marzo de 1988 (1988) y Sobre cosas que me han pasado (1990). En ellos narra su propia vida, en un estilo que recuerda los cuadernos de caligrafía y las composiciones escolares, mediante un registro exhaustivo de todos aquellos fenómenos que comparecen ante su conciencia. Sus paseos por el barrio, las observaciones que le motivan los carteles de las bombas bencineras y los recuerdos del verano, entre otras normalidades, componen este proyecto que él en ningún caso vincula con los productos de la literatura, por más literal que ésta pueda llegar a ser. Los personajes que aparecen en sus páginas son sus vecinos, cierto amigo y su núcleo familiar. Cuando habla sobre su madre se refiere a ella como “la mamá” y a un primo menor como “el Benja”, del mismo modo en que lo hacemos en la vida diaria.

Si cuanto aquí se ha dicho nada despeja, revisemos –para una mayor clarificación- aquello que el 16 de diciembre de 1989 Matthey Correa anotó en su cuaderno Auca de 60 hojas: “Hace poquito me fui caminando hacia Blanco, por la vereda este de Avenida España, así como lo había querido hacer ayer. Al llegar a Blanco, atravesé al otro lado y me puse a mirar por entremedio de las Rejas del Club Hípico, hacia adentro. Se veían pocas luces. De vuelta, me paré en una esquina de la primera cuadra, ahí donde hay una calle sin salida y una casa antigua bien bonita, de tres pisos, con un altillo chico, Se me ocurrió, en un momento, entrar a esa calle, por si acaso al caminar cerca de las personas que estaban allí podía aclarar algunas de las cosas que me interesan. Pero no entré y seguí caminando”.

Quienes se interesen por estas bitácoras de viaje donde la única peripecia reconocible -si se exceptúa el extravío de una maleta en un bus- es el hecho de existir, podrán encontrarlas en la siguiente ubicación en la Biblioteca Nacional: 9A(388-35) y 10(87-21).

Marcelo Matthey Correa vive con su mujer y sus dos hijos a las afueras de Valdivia. Actualmente está concentrado en una investigación antropológica sobre la localidad de Antilhue, tarea que alterna con sus trabajos en el ámbito de las matemáticas.

-¿Cómo eran tus recorridos por Santiago?
-Generalmente yo salía todos los días un par de horas a caminar. No iba muy lejos. De repente me quedaba en ciertos sectores. Me podía sentar a la salida de una casa a ver todo lo que ocurría en una esquina, por ejemplo. Lugares en los que yo ya sabía un poco la rutina de las personas, que a cierta hora el dueño de una botillería salía del negocio, cuando ya se acercaba la hora de cerrar. Una media hora antes llegaba su señora. Yo estaba a una cierta distancia, a unos treinta metros, así es que no escuchaba lo que pudieran hablar. Era como una película donde veía todo lo que estaba pasando. Esto quedaba en la calle Club Hípico con Domeyko. Después caminaba de vuelta. A veces escuchaba una música que estaban tocando en el segundo piso de una casa en la calle Echaurren. Seguramente a esa hora alguien estudiaba canto. Esto era como entre siete y nueve. A la vuelta en mi casa tomábamos onces-comida.

-En tus libros también aparecen tus visitas a una biblioteca pública.
-A veces tenía un buen tiempo para ir a la biblioteca Belarmino, ahí en Almirante Barroso, donde descubrí a algunos escritores como Pío Baroja y Azorín. De Pío Baroja leí unos textos grandotes en que hablaba de todo. Ahí tenía también la oportunidad de ver a otras personas. Entre ellas había un caballero que debe haber tenido unos cincuenta años que yo ya había visto antes en la escuela de ingeniería. Era más solitario que yo. Ese señor andaba todo el tiempo con cuadernos de apuntes bajo el brazo, siempre fumando, y yo ya lo percibía como un tipo estudioso. Jamás lo escuché decir nada, ni una sola palabra aunque estuviera a un metro de él. Me parece que él no miraba a nadie, no sé si sabía que los demás estaban ahí. Daba la impresión de que no. Era un tipo serio que se interesaba por los libros nomás. Nunca vi que levantara la cabeza por algo que estaba pasando en el patio, alguna cosa, algún pajarito. También había un gallo alto que lo conocían en mi casa que también andaba por la escuela de ingeniería. Era un gallo que era un derroche de energía. Era muy atlético, iba a la universidad a jugar basketball. En la iglesia era el primero en salir a recibir la comunión.

-¿En esa época vivías en la casa de tus padres?

-Sí, pero después me fui a vivir al lado de la escuela de antropología, en Ezequiel Fernández. La pieza no era muy cómoda, pero a mí me parecía el descueve. Era una pieza independiente que tenía su bañito, entonces uno podía entrar por la puerta de atrás. Era una pieza más chica que este living. Después me cambié a una más grande. Era bien rica. Estaba al lado del Estadio. Ahí escuchaba música, veía harta tele y arrendaba videos.

-A veces ibas al Cajón del Maipo.

-Es un lugar maravilloso. Bueno, todo el trayecto era en micro, fantástico, con la gente del lugar. A veces iba al mediodía y coincidía con el regreso de los escolares. La micro se iba con hartos niños. Era rico también ir en la semana. Eso como que destruía un poco este esquema de las salidas de los fines de semana. Esa es una cuestión a la que yo siempre creo que le voy a tener tirria. Esta parada del fin de semana no me gusta. Estoy contra la expresión fin de semana. Es algo que atenta directamente contra la continuidad. Bueno, entonces hay ciertas conductas que iban un poco en la línea de romper con este esquema. Partir un martes. Ir el miércoles a El Tabo. No volver el domingo en la noche, sino volver el jueves, por ejemplo. Era una forma de reaccionar.

-¿Qué es eso de la continuidad?

-Fue algo a lo que le estuve dando vuelta un buen tiempo. Está metido ahí, está escrito, aunque no está ni siquiera mencionada la palabra continuidad. La idea está ahí, latente. Lo que me acuerdo es esto que conversábamos ayer, esto de la ventanas abiertas, cuando es verano y la gente las abre para ventilar las piezas cuando hace calor, y ahí, cuando uno va pasando por afuera, no hay ninguna barrera. Lo que está adentro parece que está en la calle, casi no hay un adentro y un afuera. No hay una puerta que cierre el paso. En los mismos viajes, por ejemplo, de repente tomaba la determinación de una manera natural y casi repentina. Estoy haciendo algo, de repente lo dejo de hacer y parto a la playa y llego a la playa y al tiro bajo a la orilla del mar y camino por la orilla del mar y después vuelvo. No hay ni siquiera conciencia de que llegué a la casa de la playa y de que estaba adentro o fuera de ella. Como que está todo unido, relacionado. Yo a veces creo, cuando uno se pone más reflexivo, que todas las cosas de la ciencia y todo eso es todo lo mismo, entonces cuando hablan de teorías unificadas está bien, si todo es la misma cosa. Los cambios bruscos son extraños, no les creo yo. Bueno, ésa es la idea. Lo que yo finalmente hice en mis libros eran resultados de las emociones que yo sentía cuando percibía algún rasgo de continuidad.

-En tu estilo pareciera haber sólo una forma de decir las cosas. “Dejé todo cerrado y me volví a Santiago”.

-Claro. Decir las cosas que a uno hasta le daría vergüenza decirlas de esa manera. Porque se le dicen a un hermano, se dicen en la casa pero no se le dicen a una persona que uno no conoce. Por ejemplo, esto de que cuando uno llega del almacén puede comentar en la casa que compró una bebida con un cuarto de queso, pero eso uno no se lo dice a un desconocido. A veces es vergonzoso, porque con un desconocido uno habla de otras cosas, hablan de cosas que a uno lo hagan parecer más inteligente, de ideas.

-Tus lectores, que no son pocos, suelen relacionarte con el modo en que piensan y escriben los niños. Hay quienes te han comparado con el silabario.

-Quizás en ciertos momentos de mayor reflexión o de mayor tranquilidad pensaba de esa manera. “El papá llegó”, “voy a ir a la esquina a comprar esto”. Es el modo en que uno se siente mejor. Hay una cierta relación entre eso que escribo y mi forma de ser en esos momentos. Está efectivamente cómo soy yo y la relación con los niños yo creo que también está. Claro, ahí se habla de cosas absolutamente concretas y visibles. Los niños cuando están empezando a hablar nombran las cosas: mesa, silla, vaso. Es que estar diciendo las cosas obvias hace que no nos olvidemos de que estamos aquí, de que somos… Si a lo mejor dejamos de nombrar la palabra mesa, después se nos puede olvidar. Yo quería dejar un registro bien clarito de que esto que está aquí yo lo considero importante.

-Ibas a decir que somos algo. ¿Qué?

-Que somos tan reales como las cosas que vemos. Como esta mesa, por ejemplo. Quizá esto de nombrar las cosas aunque estén ahí es como estar recordándonos a nosotros mismos que estamos aquí en la Tierra, que es efectivo. Está esto de tocar las cosas, de tocar las manos. Todo parte de esta misma obviedad, de tocar las cosas. Después uno pensará, cuando se esté muriendo, cómo no reparé en esas cosas, cómo no me di cuenta de que aquí estaban las cosas y no haberlas tocado. Dirá: puchas, pasé nomás. Parte todo de lo mismo, de las cosas en que no reparamos y que en un momento uno se da cuenta y las rescata, de aquellas cosas que le hacen a uno sentirse bien, estar contento, estar viviendo.

-¿Qué sucedió después de tu segundo libro?

– Después del segundo libro encontré que ya había dicho lo que tenía que decir. Aunque no lo pensé, yo creo que en el fondo fue eso. En cuanto al aporte personal paré ahí, pero igual a veces leo algo que anda por ahí, alguna cosa bonita. Me gusta poder leer cosas que hace gente distinta a mí que pueden ser similares. Pero lo que es mi aporte en esa línea llega hasta ahí. Ya expresé lo que quería.

-¿Y qué era eso que querías expresar?

-Yo creo que eran varias cosas a la vez. Cuando empecé a escribir no tenía pensado hacer un libro. Y cuando quise hacer el libro, recogí lo mismo que había escrito. Sólo le hice pequeños cambios. La idea era escribir exactamente lo que uno recién está viviendo, lo que recién está sintiendo, en forma lo más simple y acotada posible. En todo caso eran escritos cortos sobre cosas específicas que me estaban sucediendo en un momento determinado. Claro, no eran grandes cosas, así es que podían caber en una página. No sé por qué lo hacía, pero sé que era eso lo que quería. Escribir sobre cosas de la vida cotidiana tratando de ser fiel a lo que exactamente estaba pasando. Incluso hasta podía ser un poco exagerado: después de haber escrito algo, si tenía la duda de si tal casa estaba más acá o más allá de la otra, tenía que ir a ver si la casa estaba más acá o más allá de la otra, en el establecido de que tenía que ser como ocurría en la realidad.

-¿Por qué esa excesiva fidelidad a lo que es?

-Eso yo creo que eso tiene que ver con una forma de ser mía. Me gusta confirmar las cosas, que eso que estoy pensando sea exactamente lo que sucede. Si tengo dudas tengo que ir a confirmar si es así. Y solamente cuando ya estoy seguro que es así estoy tranquilo. Había muchas cosas que sucedían que yo las consideraba importantes y había que dejarlas establecidas. Qué sé yo, al salir al pasillo ver la luz del sol en la mañana, algo que sentí en ese momento había que dejarlo escrito. Pero no necesariamente tenía que haber una reflexión detrás de eso. Había cosas que estaban ahí y uno no sabía qué eran. Esto de bajarse de la micro en Huentelauquén, como que algo había, una idea que estaba flotando que estaba por llegar si yo caminaba un poco más.

-¿Y esta cercanía a tu experiencia…?

-Si no lo digo así, estoy mintiendo.

 

-¿Qué te dijeron quienes primero leyeron tus libros?
-Bueno, yo le había hecho llegar a Adolfo Couve un libro porque quería escuchar su opinión. Yo lo había leído y lo encontraba muy fino, casi un pintor que escribía. Y una vez que viajé al El Tabo pasé por Cartagena y fui a su casa. El entonces hizo una comparación. Me dijo que si estaba viendo una película en la tele como “Los Magníficos” y veía una explosión y luego otra y luego otra más, al final se terminaba aburriendo. En cambio, me dijo que si mostraban a una señora que estaba en la casa, que se preparaba algo y que después iba a su pieza y se ponía a coser, eso sí que le interesaba. Con las otras cosas perdía el interés de forma casi instantánea. Pero esto mantenía su interés. Con eso él aludía un poco a lo que yo había escrito en el primer libro. Igual me dijo que le faltaba algo, no sabía qué. Ahí quedó la conversación. Eso también me lo había dicho antes un vecino, que algo le faltaba, como que se decía algo y yo me retiraba, no desarrollaba el tema que estaba planteando. Yo creo puede haber algo de eso, pero yo no quería entrar en la explicación de las cosas. Se dicen las cosas no más, y el que lee sabrá sacar sus conclusiones.

-Algo me constaste antes, cuando la grabadora estaba apagada, que habías visitado a la esposa de un profesor de física.

-Sí, fui donde una señora que es escritora. Le leí escritos míos que eran recientes. Uno donde hablaba que iba a la feria, de lo que había en ella, sobre lo que se vendía, qué tipo de gente había. Nos sentamos y ella los leyó en voz alta. Cuando los iba leyendo de repente me preguntó: ¿y qué con esto? Leía una frase, ¿y qué? Luego leía otra, ¿y qué? En el fondo me dijo que no pasaba nada. Bueno, hasta ahí quedaron las cosas.

-¿Y qué tipo de comentario esperabas escuchar?

-En el fondo lo que yo estaba tratando de decir es que hablar de esas cosas es importante, pero nadie habla sobre eso. Hay que tener un espacio para hablar sobre esas cosas. No hablar de eso que decía Couve, de cosas muy impresionantes, de bombas y de cuestiones. Por ejemplo, en el diario Austral apareció hace unos días la noticia de que salió el sol en Valdivia. ¡A toda página decía que había salido el sol en Valdivia! Decían que había pasado no sé cuánto tiempo desde que no salía el sol.

 

-Una noticia muy tuya.
-Yo creo. Es poder hablar así, sobre cosas triviales. El que escribe un libro tiene que adecuarse. A lo mejor falta algo que yo no soy capo para seguir. Quizás un gallo más avezado puede seguir en eso sin destruir lo que está hecho. Yo no, yo tengo que cortar ahí no más. Claro, también ocurre que si uno pasa de cierto línea entra en un campo que pierde todo lo que tenía. Si uno se extiende puede a lo mejor entrar en eso, en hacer distinciones, en dar ideas, en qué es lo que se debe hacer, qué es lo que no se debe hacer. Ahí se acabó todo. Hay que quedarse en esto de que la cosa funcione en el momento y ahí terminar.

Septiembre 2000

One Response to Marcelo Matthey Correa: Alta fidelidad

  1. mauricio dice:

    Muy seco el profe ah ! no tenia idea que además era antropologo !! es mi profesor de Hidráulica en la Universidad austral !!!! nos vemos saludos!

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