Entre el cielo y la tierra: “Cuerpos”, de Jorge Guzmán

53c93099e868c52a3d000000.__grande__

 Por Cynthia Rimsky

Al dar comienzo a la lectura de “Hotel de lujo”, el primer cuento de Cuerpos de Jorge Guzmán, me encuentro con que en el párrafo inicial, un hombre muere la noche del viernes 7 de julio de un infarto súbito. Hará dos años atrás, durante una de esas noches invernales en las que los cuerpos se disuelven en una moquillenta niebla , tal vez un 7 de julio, en la cocina de su departamento en Santiago, Guzmán me contó que después de su operación al corazón, entró en una angustiante sequía que él asociaba a la intervención médica que le había salvado la vida. Recuerdo perfectamente ese momento -estaba presente Susana Münnich- porque generó una profunda intimidad entre nosotros. Yo también le tengo miedo a la sequía, como cualquier campesino que sale de su casa dispuesto a trabajar la tierra y se encuentra con que en el cielo no hay ninguna nube, vuelve al día siguiente y nada.

Dos o tal vez tres años después de esa neblinosa noche, abro este libro, llamado curiosamente Cuerpos, y me encuentro con que el personaje que da comienzo a la historia ha muerto de un infarto súbito. Hay algo de farsa en este hombre que se da asimismo la categoría de muerto para escuchar y ver, sin ser visto u oído, cómo personas a las que conoció o de las que supo a lo largo de su vida, cosen y descosen sin pudor sus roturas al lado de ese cuerpo que se va descomponiendo. El cineasta Raúl Ruiz dice que todos los chilenos se parecen. Entre Jorge Guzmán y él hay 10 años de diferencia, no sé si se conocieron,  si hablaron, si gustan del trabajo de cada uno, pero al colocar juntos a Cuerpos, las entrevistas recogidas en el libro Ruiz[1] por Bruno Cuneo, me parece escucharlos reír y entristecerse.

De hecho el origen de “Hotel de lujo” pudo haber sido un chiste que Guzmán escuchó mientras se escondía de la salvación. Un chiste que los personajes creen a pie juntillas. Y es justamente la seriedad con la que persiguen un objetivo inverosímil, lo que los lleva a “detenerse, soltar una frase, retroceder, rehacerla con otro signo”, olvidar lo que fueron a hacer, cambiar de objetivo, volver a perderse, mareados, indecisos, vacilantes, ambiguos, en un juego que Raúl Ruiz llama “un engaño y desengaño permanente del que tampoco están seguros”.

Eso hace posible que, a pesar de haber desistido del suicidio gracias a la siquiatría, una viuda necesite probar que puede tener sexo con otro hombre y, alentada por una amiga que bien podría ser su enemiga, inicie un peregrinaje que la llevará a comprar un vibrador en un sex shop con la excusa de que es un regalo, a ver películas porno o a evocar escenas sexuales con su marido. “La manera chilena de filosofar, nos dice Ruiz, es darle vueltas a un problema en todos los sentidos para festinarlo. Consiste en no decir las cosas claramente y reducirlo todo a chiste. Un chileno no puede sino reírse de lo que está haciendo por serio que sea”. Y cómo se ríe Guzmán haciendo filosofar a sus personales: “Una vez que le dijo al finado que lo único que no había hecho nunca era violarme… (Él) se río y le preguntó si hablaba en serio, Le dije que no, que estaba bromeando. Y como los hombres creen que siempre les decimos la verdad, y nosotras creemos que hay que callarse lo que uno realmente quiere, supongo que hasta se olvidó de la violación. Pero qué lindo que haya sido tan suave y tan dulce tirando, y a la vez tan poderoso”. Y cuando la viuda finalmente pone sus pies en un cuarto de hotel para tener el sexo que la curará definitivamente, nos dice, y así termina el cuento: “Qué cosa tan ridícula, ¿no?”.

“Como la mayoría de los chilenos yo busco lo que de extraño o anómalo hay en la cotidianidad, lo que no es en absoluto lo mismo que buscar la verdad. La cotidianidad como fuente de extrañeza es lo propio de Latinoamérica”, dice Raúl Ruiz en otra entrevista. Es lo que hace Guzmán al describir situaciones y, sobre todo, diálogos exageradamente banales y realistas, detrás de los cuales se esconden construcciones tan filosóficas como extrañas sobre las que el autor levanta deseos en apariencia lógicos, pero que conducen a los personajes al lugar equivocado. Habiéndose instalado en nuestro país la visión de que somos normales, de que sabemos lo que queremos y cómo conseguirlo, mientras todos los demás (argentinos, bolivianos, caribeños, brasileros) son seres extraños e inconducentes, sin orden, caóticos, el libro de Guzmán refleja a un pueblo que vive, desea y muere en el sin sentido.

“Había un padre enfermo en una clínica de Buenos Aires; había una vaga compra de una vaga casa en un vago lugar que flotaba entre Tejas Verdes, Llo Lleo y Viña del Mar; había una general inseguridad acerca de un viaje que alguien de forma muy proteica iba a hacer a Europa por motivos de cultura o salud, cuando terminara la guerra mundial; había otra hermana, cuyo riquísimo fantasma se desmaterializaba…”. Así comienza “Hilo de vidrio”, sin embargo, a reglón siguiente, la vaguedad da paso a lo real: “Muy pronto la casa ancló en LloLleo, muy reducidita, eso sí”.

Y en esa casa el protagonista le dice a su amada que como necesita disciplinarse leerá desde las ocho de la mañana y ella lo deja, pero él, acostumbrado a las interrupciones en casa de sus padres, en vez de concentrarse, se siente desolado de que ella lo obedezca puntualmente. “Pero la cosecha de alabanzas que gané por mi seriedad, mi viril voluntad ordenadora y mi enorme talento fue pago más que suficiente por el sacrificio de no verla por cinco horas seguidas, y consolidamos el mismo horario para todos los días”.

O en “La alegría ya viene”: “Todo prueba que la vida está gobernada por el genio de la contradicción. Ahora que no esperaba nada, algo me pasó: la Verónica. Pero empezó por una desilusión”. Y tras la primera vez que él la penetra por el ano, “mientras nos duchábamos juntos, riendo, me dijo: tenía un poco de ganas de que lo hicieras, te quiero mucho. Me evitó toda la semana siguiente. Pero tres meses después, nos casamos”.

“Lo fantástico es así, dice Ruiz, ocurren cosas chocantes pero nosotros no creemos en ellas o al menos lo hacemos con alguna distancia, sin dejar que nos asombren… Una acumulación de falta de credibilidad impregna toda la realidad, y a todo eso lo llamamos retórica, porque la realidad se vuelve retórica, en el sentido de que no es más que una forma desprovista de contenido. En Europa la relación entre realidad y retórica es muy estrecha. Nuestro problema es inverso, es la falta de fe, una mitología negativa, evidencias en las que no se cree y que constituyen la mitología más firme y más inquietante de Chile”.

Guzmán traslada a la literatura las discontinuidades, anomalías, contradicciones, que constituyen las maneras como los chilenos habitamos las palabras. “Los chilenos, cito nuevamente a Ruiz, son capaces de hablar sin usar sujeto o verbo o usan verbos y el sujeto desplazado, lo que hace que hablen horas y no se sabe de qué, esa manera incierta de hablar, que hace que todos hablemos como en una obra de Beckett, inercias de palabras, malentendidos, discurso implícito, más que el acento es la sintaxis la rara, se empieza una frase y se termina con puntos suspensivos, hablan con tres discursos paralelos y al final no dicen nada o muchas cosas al mismo tiempo, entremedio contradicciones y siempre cuentan chistes que lo anulan todo, es algo como una lengua sin lengua, es una desconfianza lingüística”.

Según un sitio web que enseña a los estudiantes a copiar las tareas, una farsa exagera la realidad con la intención de que el público capte una realidad evidente. Me pregunto cuál es ese sistema de evidencias que Jorge Guzmán construye en Cuerpos. Vuelvo a pensar en esa intervención al corazón que le salvó la vida y en la frase de Ruiz: “De haber debido morir y haber sobrevivido”. Me resulta imposible imaginar la experiencia de estar al borde de la muerte y volver. Recuerdo que cuando usé anteojos por primera vez, sentí que me destapaban los ojos y la realidad adquiría un volumen, una claridad, un eco, insoportable. El oculista insistió en que si los usaba un par de horas cada día mi visión se iría acostumbrando. Cuerpos me hace pensar en el momento anterior al acostumbramiento, cuando ese chiste que llaman lo real se vuelve insoportable al cuerpo y este, en su defensa, echa mano al humor y a la melancolía.

¿Qué tiene que ver esto con el erotismo? Menos mal que Raúl Ruiz, Premio Nacional de Arte, en este diálogo con Jorge Guzmán, nominado al Premio Nacional de Literatura este año, viene en mi ayuda diciendo que a su juicio el erotismo es político. “Algunas imágenes banales en apariencia ocultan algo mas grave”. De ahí nace una sospecha respecto de lo que vemos o de lo que leemos en Cuerpos de Guzmán. Entonces me viene una última imagen, la del campesino que después de mirar día tras día el cielo, aún desprovisto de nubes, se vuelve hacia la tierra, la toca, y siente que no está seca.

N. del E. Este texto fue leído en el lanzamiento del libro de cuentos Cuerpos, de Jorge Guzmán, el 12 de agosto del 2014 en el Centro Cultural Montecarmelo.



[1] Ruiz, entrevistas escogidas y filmografías comentadas, Bruno Cuneo (Santiago: Ediciones UDP, 2013).

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>

Security Code: