El buen Dios habita en los detalles: “Alma”, de Matías Correa

alma

Por Marcela Labraña

Lo que se hereda no se hurta, reza el dicho, pero lo que no dice y quizá plantea otro proverbio que desconozco o no recuerdo, es que lo heredado tampoco se elige. Lo que recibimos de nuestros ancestros es a veces un don, una bendición caída del cielo en un paracaídas con poco uso; otras veces, es una pesada carga, una cruz, un calvario, en el decir de la abuelita o la tía católica.

Ene, madre de Alma, hermana menor del Asombroso Doctor Lorca y de Martín, se da cuenta en sus treinta de que ha heredado de su padre una versión prematura de la demencia senil descrita por primera vez en 1906 por el psiquiatra y neurólogo alemán Alois Alzhéimer. Ene, curiosamente, reacciona bastante bien ante las primeras manifestaciones del calvario que ha heredado sin hurtar ni elegir. Ene le encomienda a su novia, la narradora de buena parte de este relato, que tome nota de sus recuerdos en peligro de extinción. Ambas trabajaban en la empresa de obituarios digitales y servicios posvida que fundó la Vivi, la mujer del pintor Ignacio Lorca y madre de los fabulosos Lorca a los que no puedo evitar imaginar como vecinos de patio de los excéntricos Tenenbaum. La Vivi tuvo que aprender a representar vidas ajenas on the road, intuitivamente, por ensayo y error. Tras incontables horas de tutoriales la Vivi logró construir su Máquina de Memoria Total. Ese fue el nombre con el que bautizó el instrumento que le permitió armar su empresa: un algoritmo capaz de rastrear las huellas del comportamiento digital de las personas, un programa que podía ofrecer un borrador del doble o del fantasma que cada quien tiene online. Viene a mi memoria el historiador Aby Warburg, tan de moda en nuestro ámbito académico; tanto o incluso un poquito más, hoy por hoy, que Walter Benjamin. Pienso en su Atlas Mnemosyne. Antes, mucho antes de internet, antes, mucho antes de las presentaciones en powerpoint o en esa otra cosa bacán que yo no sé usar, el prezi, antes incluso de los proyectores de transparencias que algunos alcanzamos a conocer en el colegio, Warburg construyó con los medios a su alcance, es decir, con bastidores de madera, telas negras, fotografías en blanco y negro y pinzas que le permitían mover de lugar las imágenes y generar nuevas y sugerentes asociaciones, su propia Máquina de Memoria Total. Viene a mi memoria también Weather has been nice de la artista chilena Andrea Wolf, que puede verse en la sala de arte de la CCU hasta el 11 de noviembre. En tres grandes pantallas una postal se descompone en base, precisamente, a un algoritmo. Andrea cuenta en el catálogo de su exposición que hace diez años empezó a recolectar en mercados y ferias de pulgas películas caseras en súper 8 y 8mm, álbumes familiares y postales. En su obra ha buscado representar físicamente este archivo de recuerdos, transformar esos objetos de memoria bidimensionales en experiencias físicas espaciales y tridimensionales usando técnicas como las proyecciones de video mapping o la manipulación algorítmica de una imagen. Algoritmos más, algoritmos menos, “la memoria”, sostiene Andrea, “implica una construcción narrativa. Cada vez que recordamos, contamos una nueva historia y por lo tanto, cada recuerdo se transforma en uno nuevo” (23).

En las primeras páginas de esta novela el narrador, la novia de Ene, explica algunas particularidades del oficio que ambas llevaban a cabo en esa especie de Groupon de servicios posvida: “A eso nos dedicábamos ella y yo: a urdir y tramar, reacomodar la memoria de los demás” (14). “Contra lo que suponen muchos curiosos”, explica la novia de Ene, “el trabajo de edición no te convierte en cirujano de la imaginería mental y digital. Tampoco se reduce a reconstruir recuerdos con grabaciones y fotos de archivo, ni al mero montaje de imágenes, videos y textos para después grabar lo que se va a escuchar en off” (23). La novia de Ene no sabe a ciencia cierta si los relatos que escriben en la empresa son un arte o no. Le importa, no obstante, aclarar que se trata de una pega, de un trabajo tan serio como cualquier otro, con reglas y restricciones; que obliga a respetar los plazos, a seguir un método. “Es poco”, señala, “lo que en este trabajo se deja al azar” (23). Aquí habla la novia de Ene, lo tengo claro, pero la idea de la escritura como un oficio más, con reglas y restricciones que se debe a un método antes que al azar, me suena muy pero muy Matías Correa.

Ene era particularmente minuciosa en su pega. Jamás tomaba distancia de los detalles. Sabía que el buen Dios, en palabras de Warburg, habita en los detalles. Sabía que da igual qué tan simplona pueda parecer una biografía porque siempre puede encontrarse en ella auténticos pedazos de vida. Lo extraño sobrevive, respira en el asombro. El biógrafo competente debe mirarlo de cerca, tocarlo y olerlo, sentirlo con la certeza de que hay cosas que no se entienden, debe, sin engaño ni artificio, someterse al misterio y apostar contra la fatalidad (20). Ene que no arrancaba del asombro y del misterio que se cobija en los detalles, tampoco arrancaba de las personas, mucho menos de los fantasmas. Ene abrazaba aquello de lo que la gran mayoría huía, nos cuenta el narrador en las primeras páginas del libro. En el último párrafo el narrador volverá sus pasos sobre estos asuntos. Experta en el arte de urdir y tejer la memoria de los demás, Ene sabía que es imposible escribir una biografía –por desolado que haya sido su protagonista– donde no se cuele a la vez la trama de una familia. Está inscrito en los genes: armar la historia de quien sea es mapear también la de unos otros, como mínimo la de alguien más.

* * *

Como, según Corrales, estoy aquí para decir cosas inteligentes, entregaré a continuación otros datos eruditos que creo vienen al caso, pero solo para no decepcionar las expectativas que el falso y desalmado poeta de Buin ha generado en sus devotos seguidores.

El segundo epígrafe de este libro, un fragmento de la célebre Carta de Lord Philipp Chandos de Hugo von Hofmannsthal, es una referencia erudita de tomo y lomo: “Todo se me fraccionaba en partes, y cada parte se dividía a su vez en más partes y     nada se dejaba ya sujetar en un concepto. Las palabras flotaban a mi alrededor: se coagulaban en ojos que me miraban fijamente y a los que yo debo devolver la misma mirada fija: son torbellinos que giran sin cesar y a través de los cuales se arriba al vacío.” (128)

Por cosas de la vida y de mi trabajo como “ensayista” me ha tocado convivir largo rato con esta carta de 1901 en la que Lord Chandos, un autor apócrifo y extemporáneo (la carta está fechada en 1603), resume al destinatario de la misiva, Francis Bacon, el mal que lo aqueja: “Mi caso, en pocas palabras, es éste: he perdido del todo la facultad de pensar o de hablar coherentemente de cualquier cosa”. Lord Chandos cuenta que primero, experimentó “un malestar inexplicable por el simple hecho de pronunciar las palabras ‘espíritu’, ‘alma’ o ‘cuerpo'”. Sentía que estas palabras se le desmigaban “en la boca al igual que hongos podridos” (126). Luego, esa tribulación se fue extendiendo “como una herrumbre que devora cuanto queda a su alcance. También en la conversación familiar y casera, todos los juicios que suelen emitirse a la ligera y con una seguridad de sonámbulo se volvieron tan problemáticos, que tuve que dejar de tomar parte en tales conversaciones. […] No conseguía captarlos ya con la mirada simplificadora de la costumbre.” (127-8)

Un accidente laboral transforma al Asombroso Doctor Lorca en una especie de Lord Chandos. Mientras estuvo convaleciente en la casa de Las Acacias, la casa familiar de los Lorca, todo lo que salía de la  boca de Gerardo resultaba desconcertante. Aunque pudiera entonar vocales y consonantes de acuerdo a una cadencia familiar cada vez que alzaba la voz para pedir un salero o para dar los buenos días a su madre o hermana nadie, a excepción de él mismo, entendía ese idioma suyo tan distinto, tan privado, tan inútil.

Antes de terminar hablaré de un recuerdo de infancia del Asombroso Doctor Lorca. Su padre, el pintor, le reveló descarnadamente, sin anestesia alguna, que la magia no existe. “No hay más que trucos”, le dijo. La magia es “una sarta de metiras pelotudas. Pelotudeces para gente lesa y aburrida”. Poco pedagógico el caballero, bruto, incluso, considerando que el pequeño Gerardo veneraba a los magos mucho antes de convertirse en uno. Pero más allá de este desaguisado paternal lo que me parece sorprendente es que luego de esta revelación el padre de los Lorca sostuvo sin inmutarse que, en cambio, los milagros sí son posibles. “Son otra cosa”, le explicó y puntualizó: “No, cosa no, perdón. Pero vieras el efecto que tienen cuando la gente se topa de frente con uno de verdad. Mira a Kiefer, a Richter, a Couve. Lo que enseñaron Sócrates y Newton, Buda y Jesús. Los cuentos de Salinger y Borges. […] Las Variaciones Goldberg, los teoremas de Gödel, los grabados de Escher. Herzog y sus películas. Larraín y Poirot y Veas, sus fotos. Ahí tienes milagros” (62). En la famosa carta, Lord Chandos alude a un daño colateral de su pérdida de la palabra: “una regadera, un rastrillo abandonado en el campo, un perro al sol, un cementerio pobre, un tullido, una pequeña granja, todo esto puede llegar a convertirse en el recipiente de mi revelación” (129). Estos instantes, estos detalles aparentemente insignificantes pueden convertirse entonces en epifanías, en experiencias intensas y desconcertantes a las que quizá por pudor hemos dejado de llamar milagros. En El sol y la muerte: investigaciones dialógicas el filósofo Peter Sloterdijk comenta hermosamente este pasaje de la carta de Lord Chandos: “Los sentimientos ante situaciones que abarcan aspectos totales”, señala Sloterdijk, “van más allá de toda posibilidad de expresión. Por esta razón, los sistemas sociales se organizan normalmente de tal modo que puedan subyugar la disposición lujosa de la percepción en busca de explicitud en sus miembros, pues de lo contrario surgirían más místicos de los que una sociedad puede integrar” (92).


 

Bibliografía

Correa, Matías. Alma. Santiago: Random House, 2016.

Hofmannsthal, Hugo von. Una carta (De Lord Philipp Chandos a Sir Francis Bacon). Seguido de seis respuestas de: José Luis Pardo, Stefan Hertmans, Clément Rosset, Esperanza López Parada, Hugo Mújica y Abraham Gragera. Pról. Claudio Magris. Tr. José Muñoz Millanes. Valencia: Pre-Textos, 2008.

Sloterdijk, Peter y Hans-Jürgen Heinrichs. El sol y la muerte: investigaciones dialógicas. Tr. Germán Cano. Madrid: Siruela, 2004.

Wolf, Andrea.  Weather has been nice. Catálogo de la exposición homónima. Sala de arte CCU, noviembre 2016.   

 

 

One Response to El buen Dios habita en los detalles: “Alma”, de Matías Correa

  1. Katy dice:

    UFFF, que pesada de leer la reseña. Mal escrita a rabiar. Pura referencia y paja mental para hacerse la bacán.

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