El viaje de Amaya Tripet

la trayectoria

Por Lorena Amaro

La enfermedad o el amor, o la enfermedad de amor. La patología o la pasión, la locura o la ternura. La trayectoria de los aviones en el aire (Comba, 2016) recorre con humor incisivo todas estas posibilidades, para relatar la historia de Amaya Tripet, chilena radicada en Barcelona, que durante un viaje a Londres sufre una urgencia neurológica, una encefalitis que produce en ella los signos de la frontalización: totalmente desinhibida y confundida, Amaya busca entre los enfermeros y doctores ingleses los ojos azules del catalán Aleix, su amor y su condena. Constanza Ternicier, autora de esta segunda novela –la primera, Hamaca, está por ser reeditada– escribe, pues, algo poco al uso: una historia de amor. Y la escribe como hoy puede escribirse algo semejante: al modo en que lo hizo Anne Beattie en sus famosas Postales de invierno, compartiendo con sus lectores la pena y la risa con una banda sonora para el encuentro y desencuentro de los cuerpos, que tienen su propia e intrincada semántica.

Por supuesto que ningún diagnóstico médico puede con esos movimientos de atracción y rechazo. La medicina, que ha hecho del cuerpo un cuadro legible, y por tanto, como dice Michel de Certeau, “traducible en algo que puede escribirse en un espacio de lenguaje”, no puede dar cuenta de la pasión y las obsesiones que en esta historia aparecen dictadas por fuerzas misteriosas, indescifrables. Pero hay más cosas que se resisten a la traducción. En tanto los médicos no se explican del todo lo que ha ocurrido con el cuerpo y la cabeza de Amaya, ella va rumiando palabras, jugando con ellas en una escena de traducción constante en la que participan médicos y personal hospitalario de diversas nacionalidades. Sus padres son también títeres de las posibilidades del lenguaje: “padre”, con mejor inglés, traduce a “madre”, que espera ansiosa las palabras de los médicos. El espesor de la novela radica en los juegos lingüísticos de la narradora, que alterna entre la tercera persona y una segunda, un “tú”, Amaya, al que se dirige con mucha intimidad, cuando la protagonista parece estar más consciente de su condición. Ternicier intercala también otros textos, buscando dar con registros diversos: correos electrónicos, el diario de vida del padre, epígrafes musicales que abren cada capítulo para incitar a la lectura.

La semántica del cuerpo de Amaya se confronta con esta semántica musical de los epígrafes, y con la de las emociones y las lenguas, que entran en tensión en el ámbito decente e higiénico de una habitación de hospital: ¿Cómo se dice mejor lo que le ha ocurrido a Amaya? ¿Encefalitis? ¿Histeria? ¿Fiebre uterina? ¿”Limerencia”? ¿Por qué “limerencia”, piensa la protagonista, suena a limones y no a obsesión y demencia amorosa? La extraña enfermedad de Amaya es puesta aun en otro contexto por la narradora, quien traza una genealogía femenina para ella: la infatigable Adèle Hugo, la exasperada María Luisa Bombal, la dolorosa Amy Winehouse, la incomprendida Jean Rhys. Todas ellas al borde o definitivamente del lado de la autodestrucción.

Pero no solo las palabras (inglesas, españolas, catalanas y algún otro idioma utilizado al paso), son desnudadas por este relato, en busca de una esencia o significación. El cuerpo y la identidad de Amaya sufren permanentemente mutaciones. Tan pronto su cabeza parece un nido de pájaros, como aparece en su rostro el gesto rígido de la niña de El exorcista. En su primer paseo fuera de la clínica, dice la narradora, “parecías una especie de Pinocho, al que Geppeto recién le había dado la vida y se le hacía urgente descubrir el mundo”. Unas páginas más adelante esta imagen inocente es reemplazada por la de Saturno devorando a sus hijos: “Los ojos saliéndose de sus cuencas, el pelo revuelto y enredado, la fuerza de sus músculos, la boca abierta hasta decir basta, la voracidad, la furia, la metamorfosis monstruosa. Así pudiste haberte visto. Horrible y desgarradora”. El cuerpo enflaquecido de Amaya sostiene múltiples identidades, desde la desolada amante que ha sido olvidada, hasta la niña que es alimentada, vestida y paseada por “padre” y “madre”. No es gratuito que su apellido sea Tripet (“trip”): Amaya conoce bien los viajes de las drogas, como aquellos que se hacen sobre los océanos y las pistas sonoras de cientos de canciones. Ha entendido, además, que su hogar no está en ningún lugar: “Solo con el tiempo se daría cuenta de que esa ciudad con mar en realidad no era su hogar. Su hogar no estaba en ningún sitio en particular. A lo sumo en el aire, ahí donde los aviones hacían sus trayectos”.

La acción ocurre principalmente en un hospital londinense. Los mejores fragmentos transcurren, de hecho, en el ground del hospital, por donde los padres de Amaya pasean a su hija con cierto temor a que ella nuevamente se desbande y se pierda. Este espacio de encierro del hospital a los chilenos no puede sino evocarnos la gran farsa pinochetista: una enfermedad que se acabó ni bien el dictador pisó tierra firme en nuestro país. A través de numerosos paralelismos y juegos de espejos, Ternicier anuda el drama individual de Amaya con éste y otros de envergadura colectiva; la protagonista está enamorada no solo de Aleix sino también de Barcelona, pero sabe leer críticamente esa residencia deseada, tanto como puede leer al indeseable y lejano Chile, con todos sus conflictos políticos y sociales.

La fragilidad de los enfermos que van a parar a la salud pública chilena es interpretada desde esta otra fragilidad que es la extranjería definitiva de la locura. Chile es el lugar de los flashbacks, de un relato familiar con claroscuros, en que “padre” y “madre” encarnan una clase media por momentos jocosa: siempre los escrúpulos del gasto, las frases de hospitalidad de rigor para quienes quieran viajar al fin del mundo, la sobreprotección de los hijos. Barcelona, por el contrario, es el espacio de las libertades: del deseo, la fiesta, las drogas, la vida y la literatura. En esta tensión entre dos lugares, Londres opera como un tercer espacio, el laberinto roto que tan certeramente refiriera Borges en “El Aleph”, un laberinto en que la mente de Amaya se ha extraviado por un tiempo devastador, pero del cual logra finalmente salir para caer en la otra pesadilla, la de volver, como dijo Lihn grabándonoslo a fuego, al horroroso Chile, más un estado mental que un país.

La voz que narra esta historia no abandona ni un segundo la ironía: “Al día siguiente comenzaría lo que podríamos llamar, de manera muy dramática por cierto, la segunda parte de la vida de una persona”. Pese a no ser famosa, Amaya cuenta con esta experiencia del hito, la vida partida “en un antes y un después”, ahogada en un paréntesis que no le impedirá continuar adelante. Y continuar amando.

La narrativa de Constanza Ternicier revela las inquietudes y preguntas de una generación de escritores latinoamericanos diaspóricos, ciudadanos de aeropuertos y trenes, residentes en los aires. Las suyas son subjetividades que temen fijarse en un destino único y que desbordan las clasificaciones para jugar a los disfraces del mercado, la globalización, los discursos familiares, las instituciones, el trabajo mal pagado e inestable, los desplazamientos en busca de nuevas vidas y horizontes. Amaya Tripet forma parte de esa nueva forma de escribir y de vivir.

 

 

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