Al margen del margen: “Incompetentes”, de Constanza Gutiérrez

incompetentes

Por Jeremías Peralta

 

La lectura de la novela de Constanza Gutiérrez Incompetentes (La pollera, 2014) inevitablemente nos lleva a las demostraciones de rabia contenida de los estudiantes en los años 2006 y 2011. Podemos percibir el ethos de una época, no el de una revolución al estilo de los sesenta o setenta, sino una protesta posmoderna, desilusionada, un pastiche de aquello que se quiere (re) vivir, pero que no está más ahí.

Laura, una liceana, es la narradora del relato y vocera de los movilizados. A través de sus ojos podemos entender la dinámica de la toma de un colegio que—al igual que en Ricardo Nixon School (2016) de Cristian Geisse—es el último espacio en donde son a(re)cogidos los inadaptados del sistema educacional. En el comienzo de la novela, luego de relatar los inicios del colegio, su quiebra y declinación –era un establecimiento “normal” y pasa a recibir a los “porros” y a “todos los expulsados de la ciudad” (8)- Laura comienza su crítica al movimiento dando cuenta de la inexistencia de comunicación, ya que “…hace tiempo no nos llaman de otros colegios.” (13). Lo atribuye, en un principio, a una falta de su grupo, pero termina endosando la culpa a quienes no los han llamado, pues “los colegios para echados no son considerados por nadie, no pudimos opinar ni una sola vez” (13). La marginalidad de los estudiantes es doble: son la última línea del sistema educativo y son un desecho del movimiento.

Por otro lado, la relación entre la familia y los personajes tampoco es feliz. Desde la primera línea del texto se nos da una idea de lo que sucede: “Hace tiempo que ninguna mamá viene a dejarnos comida.” (7). Si ya existe una separación entre los alumnos, el movimiento social y el sistema educacional, la separación del núcleo familiar sería un tercer eje. La madre de Paula (una de las niñas “bien” de su curso) expresa con claridad esa situación. Es la mujer que por varias semanas entrega comida en la toma y que le grita a su hija que “no la había criado para estos ataques de rebeldía adolescente” (23). En un mapa de los barrios que la protagonista traza con una amiga, donde marca los varios incendios que pueden ver, ellas deducen que la casa de Paula se ha quemado y que su familia ha muerto. Sin mayor evidencia, Paula decide abandonar el colegio—que ahora está sin candados—pero nunca sale de él, aunque se instala en un sentimiento oscuro que la lleva a separarse de todos. Laura también piensa en su hogar, pero decide que “entre volver a la casa y quedarme, prefiero estar en el colegio” (43). Encerrados y lejos de sus familias, comienza a develarse la opinión de los jóvenes sobre la vida y sobre un futuro que les parece insignificante y, por sobre todo, aparece el culpable de todos estos pensamientos: “Es obvio que [los adultos] no podían anticiparse a nuestro fracaso. ¿Cómo iban a anticiparse a algo que no estaba escrito en ninguna parte? Ellos mismos lo inventaron.” (56).  No es extraño, luego de lo anterior, que la vocera en un momento declare que “ya no nos importa nada” (50).

El sentir real de los protagonistas se transparenta en las fogatas, lugar e instancia recurrente en donde los personajes pueden hablar y confesar sus deseos: “extrañamos el mar, bañarnos, los flirteos, las montañas que podíamos escalar y, por qué no decirlo, también extrañamos a la gente: aquí todos somos iguales, allá afuera éramos distintos. Y estábamos tan orgullosos de ser distintos.” (57). Pero esta percepción de la vocera se contrasta con el “líder” del grupo, Matías, quien se ha besado con todas las mujeres del liceo tomado y que ha elegido el mejor lugar para vivir dentro de ese espacio: “nos sometemos a él, a su agresividad tan pasiva, como todo el mundo ha hecho siempre. Logramos hacer trueques por debajo de su potestad…” (65). Luego, la situación empeora: “Ya no se podía conseguir nada: Matías, con el respaldo que le daban unos cartones de cigarros que les encargó a los punks, amenazó a todos […] no entendíamos su odio repentino.” (67) La verdad se muestra cuando un grupo va a la habitación del joven y ven a tres niñas chicas que “estaban echadas con él en su cama y se notaba que se juraba un rey gitano.” (67). Aquí es donde se revela el verdadero orden de la sociedad formada en la toma. Habiendo soportado lo suficiente, la protagonista junto a otros compañeros va donde su “presidente” para pedirle que haga algo, pero él ya está fuera del juego del poder y solo quiere paz para tocar su tambor. Cuando le pregunta por qué actúa de esa manera, el Chaufa responde con una “verdad que nadie nos había dicho a la cara antes. –Son unos imbéciles, hueón. ¿Quién querría representarlos?” (68).  Los dos aparatos de adoctrinamiento ideológico del estado—la familia y el colegio—han fallado en la domesticación de estos jóvenes, pero también esta micro sociedad se convierte en un remedo de la jerarquía del “afuera”. Marginados educacionales, marginales del movimiento, marginales con respecto a sus familias y, ahora, marginales respecto a sus propios representantes.

Si en un momento fueron los que participaban del “baile de los que sobran”, quienes invitaban a incluirse a un club del cual nadie los iba a echar, ahora son los incompetentes quienes se toman la escena, pero no hay club, no hay futuro ni nada, hay decepción, incluso en los movimientos que parecen heroicos. La novela va más allá del límite que nos venden los textos celebratorios de una revolución que, al igual que el texto, terminó con personas encamadas—al estilo del personaje Matías—con el poder. En pocas páginas y a través de relatos fragmentarios, damos una mirada a un grupo que fue dado a luz en un fracaso y que es su encarnación.

Más allá de nomenclaturas que clasifican las generaciones de jóvenes—la última de ellas los “millenial” que ha pasado a ser en nuestro país “chilenials”, nacidos entre los años 80 y el 2000—quizás el de “incompetentes” sea el nombre más adecuado para un grupo que es el resultado de un mal cálculo y que se sabe vencido de antemano.

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