Los interminables detalles de la urbe

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Por Joaquín Escobar

La tarea del crítico (2017) es una antología realizada por la editorial Hueders que rescata la escritura crítica y periodística de Walter Benjamin. Un libro híbrido que da cuenta de viajes, ciudades, marionetas, teatro, literatura y política. Es decir, estamos ante una hebra más en la inmensidad de conceptos dentro del cual bucear en el océano benjaminiano. La tarea del crítico es un libro interesante y necesario, pues el filósofo (re) construye formas de dialogar con el pasado, erigiéndose – en palabras de Susan Sontag – como un destructor de la introspección superficial.

Walter Benjamin sostiene que, si se enumeran las descripciones que existen de las ciudades europeas, se pueden encontrar dos categorías; por un lado los escritos realizados por foráneos,  y por otra parte, los escritos ejecutados por nativos. Estos últimos pertenecerían a un registro minoritario, pues las calles pintorescas y exóticas sólo generarían efecto sobre el que las recorre infrecuentemente, ya que despiertan una curiosidad que va de la mano con el vagabundeo. Por este motivo, acceder a una ciudad siendo nativo propondría un viaje al pasado, es decir, un proceso en donde se deja a un lado la descripción, imponiéndose un proceso de introspección mediado por el relato: “La ciudad como recurso mnemotécnico del paseante solitario evoca algo más que su niñez y juventud, algo más que la propia historia ciudadana” (22). Así es como nace el concepto del flâneur. Una especie de cronista que en sus pasos por las aceras va registrando y documentando, a pesar de que – como señala Baudelaire – una ciudad muta más rápido que el corazón de un hombre. Llevando el concepto a la narrativa chilena, podemos afirmar que el detective Heredia es un flâneur. El personaje de Ramón Díaz Eterovic recorre el centro de Santiago observando las formas en que muta la ciudad. El libremercado introduce variables en todas las aristas sociales –incluyendo las aceras – por lo mismo es en la arquitectura de la ciudad donde construye su crítica. El City Bar –su viejo y querido lugar de copas- ha cerrado. Las esquinas de Ahumada cambian: las multinacionales ganaron la batalla, expulsaron a las chicherías y los centros sociales. Hay un incesante proceso de homogenización. Podemos aplicar el mismo concepto a las crónicas de Pedro Lemebel. Acá también hay procesos que involucran a la figura del flâneur, pero además debemos sumarle la figura del voyeur, es decir, un observador que se excita al contemplar a otros en actitudes libidinosas. Estamos ante una ecuación político-social que deambula por las calles de una ciudad triste y neoliberal, o en palabras de Benjamin una figura construida con “los rasgos del ogro que vaga inquieto por la selva social” (27).

Un eje fundamental en las teorizaciones de Walter Benjamin será Charles Baudelaire. Admirado, criticado y observado, el poeta francés funciona como uno de sus objetos de estudio; y aunque principalmente lo ha sindicado como a un flâneur, dentro del libro podemos observar otras variables en las que se manifiesta. Resulta interesante, por ejemplo, la forma en que Baudelaire aborda la infancia, etapa vista como una forma de resistencia ante la homogenización de la vida adulta, en donde prima lo material del acumular por sobre la ilusión de asombrarse con los detalles: “En una gran tienda de juguetes hay una alegría extraordinaria que la hace preferible a un bonito apartamento burgués. ¿No se encuentra allí toda la vida en miniatura, y aún más colorida, limpia y reluciente que la vida real?” (35).

Benjamin se suicidó con morfina en un pequeño hotel de la ciudad de Portbou. Iba huyendo de los nazis con visas de tránsito que le consiguió su amigo Theodoro Adorno. Esta es historia conocida.  La hemos escuchado en diversas oportunidades. Aun así sigue resultando macabra, aun así sigue resultando desoladora. A pesar de ello, su figura se sigue rescatando y sus obras están más vigentes que nunca. Estamos ante un libro íntimo que revisita la sociedad y la literatura, entregándonos la certeza de la que la crítica siempre debe estar regulada por la moralidad, por lo mismo, el libro- a pesar de deambular por diversos temas- tiene una raíz importante en la violencia política y la figura del escritor como productor. Para Benjamin era fundamental dejar de lado la estética que le asignaba contenidos teológicos a la obra de arte y traspasar todo a una estética marxista. Siendo el crítico, un sujeto apartado del mundo literario, pues su condición de aniquilador cultural debía estar asociada a una nueva forma de escritura, cuestionando el proceso creativo que se llevaba bajo un contexto de guerras.

No sólo hallamos escritos políticos y filosóficos dentro del libro, también hay un creciente interés de Benjamin, por asuntos que escaparon a la masividad de su tiempo social. Fue un escritor preocupado por las periferias culturales, por ende, sus reseñas literarias nunca se enfocaron en los grandes escritores de su época –como Joseph Roth, por ejemplo-, su interés recayó en el coleccionismo de libros y sagas infantiles, tal hecho, muestra su condición de contemplador de lo mínimo, de los detalles de la calle. Registra y guarda todo en una especie de catalejo, objeto que le permite apreciar las múltiples colecciones por las que observar el mundo.

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