Traducir es un placer asimilativo

4. Imagen destacada Robertson

 

Por Jèssica Pujol

El primer libro que leí de Robertson fue The Weather. Su lectura me causó mucha impresión. Nunca acabo de estar segura de lo que busco en poesía, pero cuando lo encuentro no me cabe ninguna duda de que era eso; quiero decir que The Weather es lo que más se aproxima a mi idea de poesía lírica experimental del siglo XXI. Otras y otros poetas me han causado esa misma reacción, la certeza de estar leyendo el ahora ineludible desde la poesía como Alice Notley, la primera Eileen Myles, Jeff Hilson, Denise Riley, Sean Bonney, Tim Atkins, poetas que nacieron entre los años 40 y 60, cuyo trabajo se está consolidando mientras escribo esta nota, pero de los cuales no hay muchas (apenas unas pocas) traducciones. Aquí quiero expresar mi gratitud a los editores de Cuadro de Tiza por impulsar y promover estas traducciones tan novedosas. Fue tal mi fascinación por el poema The Weather que me puse automáticamente a traducirlo: lo leía y releía a medida que iba traduciéndolo. Algunos amigos se extrañaron porque no tenía ni contrato de traducción con ninguna editorial, ni nadie interesado en el proyecto, solo mi entusiasmo. Pero aquí es importante hacer un paréntesis para hablar del proceso de traducción, o de cómo entiendo yo ese proceso.

Para mí traducir es una actividad asimilativa, incluso de incorporación: es decir, cuando traduzco incorporo ese texto al corpus de mi experiencia, lo vivo tan de cerca que llegan a desdibujarse los límites intersubjetivos. Incluso diría que es un tipo de apropiación de un texto que ya en sí mismo no es original. De hecho, Robertson también recurre a la apropiación: muchos de sus versos son transcripciones de manuales de historia del clima de Inglaterra. Yo no fui a buscar esos libros, que seguramente que no estarán traducidos al español ni digitalizados, pensé que sería fútil. Pero incorporé esa pluralidad y experiencia textual a la mía – que a su vez también es plural – y traté de que el texto discurriera con naturalidad en español. Claro que traducir es un ejercicio hermenéutico, pero estoy de acuerdo con Robertson cuando dice que la interpretación es ineludible para que el poema exista, ya en su simple lectura. En una entrevista que le hice en 2013 (que pueden encontrar online en la revista Tripwire), cuando le comento que el clima de Cataluña, en donde yo nací, podría haber influenciado la traducción, Robertson contesta que ella no entiende la interpretación desde otros contextos como algo contaminante, sino como algo necesario, una adición que le da vida y movimiento al poema, que, de hecho, “inicia el poema.” Para ella, uno de los placeres y razones para publicar un texto tiene que ver con la salida de su propia determinación e intención personales y con la entrada de intervenciones desconocidas, de otros, de los lectores.

A mí, personalmente, su lectura me ha iniciado más de un poema. Reconozco formas de ese libro en más de un poema mío, aunque claro, no es tan fácil encontrarlas, ¡o eso espero! Lo que quiero decir es que somos receptáculos de información y, en mayor o menor medida, decidimos qué información asimilar; en todo caso, lo contaminante es aquella información que se cuela sin preguntar (la publicidad, etc.). Creo que un traductor que puede decidir el texto que quiere asimilar es un privilegiado. Es una actividad que le hace sentirse parte de algo más grande. Y es que al fin y al cabo se trata de una conversación entre dos o más interlocutores. Lo complicado es tener que elegir las palabras que van a hacerle justicia a ese texto/experiencia en otro idioma. Aquí entramos en el terreno de la opinión y el gusto. Y si es cierto que una traducción siempre es mejorable, también al final depende de la elección personal y subjetiva del traductor.

Con este poema largo del libro The Men, que en inglés ella titula “Men Deft Men”, una de las cosas que intenté – en mi papel de traductora – es serle fiel a la sintaxis inglesa. A algunos les parecerá descabellado, pero el inglés tiene una sintaxis bastante flexible, que se presta a juegos, quizás por la evolución de su poesía, que hace tiempo que ha logrado romper con estructuras sólidas del lenguaje (Pound, Elliot, Stein, Raworth, etc.). Mi sensación es que en español todavía dependemos mucho de las subordinadas, de coser frases con conjunciones, y nos cuesta más arriesgarnos al “sinsentido” de las interrupciones y encabalgamientos de la sintaxis inglesa. En esta traducción he experimentado con eso, porque creo que configura el ritmo del poema que, en última instancia, es lo que más me importa, puesto que creo que en el ritmo transita una información de tipo sensorial (y sensual) y conceptual que nos dice. En la misma entrevista que comentaba, Robertson menciona que una de las delicias de traducir no tiene que ver con la representación o la mimesis, sino con lo que Henri Meschonnic describe como “la significante vitalidad del ritmo como un motivador de la traducción.” No se refiere a la métrica, la rima o el beat, sino a la viva transmisión de la historicidad y subjetividad que transita en el lenguaje mismo: en sus estructuras, y que se habla en todos los lenguajes/idiomas. Walter Benjamin, en su famoso artículo “La tarea del traductor” (1923), señala que “el parentesco no implica necesariamente semejanza,” y es precisamente esta dialéctica la que descubre la traducción: que todas las lenguas comparten estructuras, pero al mismo tiempo sus combinaciones nos separan. Y bien, esta respuesta de Robertson me explica por qué escogí su texto y no otro, porque hay algo en el ritmo que me habla de un nosotros, un yo común, con el que me relaciono.

Esto, por un lado. Por otro lado, The Men es un libro conceptual, o al menos así lo leo yo. Y por lo gracioso, se subtitula A Lyric Book. Es obvio que es un poema lírico, o que Robertson escribe/transcribe desde la lírica, pero no es tan obvio que sea un poema donde el yo poético adopte la centralidad que se le otorga en la lírica más clásica; o, en todo caso, esa centralidad es irónica, distanciada: Robertson toma el sujeto lírico y lo hace “mujer” y su destinario (sus destinatarios) son “hombres” –un pronombre plural, “ellos”, todos y cada uno de los hombres. Ya para empezar, esto puede incomodar a algunos lectores. Robertson subvierte la posición clásica de la lírica amorosa trovadoresca en que el hombre es el sujeto y la mujer la destinataria del poema­ –el deseo hacia ella es la razón por la cual se escribe. En la lírica de Robertson el hombre es la razón por la cual se escribe. Pero atención, que se escribe con un estilo masculino, en el sentido que el tono de algunos poemas a veces recuerda al tono que utiliza la poesía masculina para dirigirse a la mujer: “De la dulce compasión cada hombre crea heridas hábiles crea mujeres e inquietud y algo de lo que yo soy” (11). Robertson toma la decisión consciente de apropiarse de ese estilo o tono para hablar del deseo hacia los hombres desde los hombres. Y habla de sus proezas, su belleza, de cómo actúan, cómo aman, de su sexualidad, de una forma que podría recordar a cómo ellos abordan a la mujer en su poesía. El resultado es sorprendente porque nos hace conscientes del sexismo que puede llegar a entrañar ese tipo de poesía masculina. No nos damos cuenta quizás cuando leemos un poema que dice “Mujeres bellas mujeres…” de que ese tono, ese estilo, o esa construcción poética es sexista. Pero cuando una mujer destaca las virtudes del sexo masculino, en este caso la “habilidad” de los hombres, reconocida desde los tiempos de las cavernas, del hombre cazador, el hombre habilidoso, técnico, eso descoloca. Ese cambio de género es especialmente efectivo desde la lírica. A partir de ahí podemos empezar a replantearnos nuestras expectativas y preconcepciones y asimilar su lenguaje a nuestra concepción de mundo.

Selección de poemas de “Hombres hábiles hombres”, de Lisa Robertson (traducción Jèssica Pujol)

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