Los abducidos en “El cielo árido”, de Emiliano Monge, y “Temporada de huracanes”, de Fernanda Melchor

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Por Rosana Ricárdez

En Vida precaria: el poder del duelo y la violencia, Judith Butler (2006) recuerda la tragedia de Antígona, de Sófocles, ante la prohibición de Creonte para llevar a cabo los ritos fúnebres a Polinices, y se pregunta por las vidas que merecen ser consideradas y los muertos que merecen ser enterrados. Por su parte, la Antígona de Eurípides (2000) en las Fenicias dice: “Lágrimas de añoranza les dejo a mis jóvenes amigas, y me voy lejos de mi tierra patria, en marcha errabunda impropia de doncellas” (94). En ambas tragedias, sea cual sea la decisión, Antígona asumirá una condena: si se empeña en ofrecer servicios fúnebres a su hermano, deberá irse de su tierra, errar – en vida o muerte –; si no lo hace, la falta de rito determinará la errancia de Polinices. Desde la perspectiva de Slavoj Žižek (2000), el rito simbólico evita el retorno del muerto y, lo más importante, ayuda a integrar el trauma de la muerte en la memoria histórica, sobre todo frente a despojos causados por actos violentos.

Ciertos textos literarios contemporáneos mexicanos relacionados con la violencia y con México, pueden ser leídos como espacios narrativos de encuentro y comprensión, que suponen en la vida comunitaria un camino viable para la restitución social. Desde inicios de este siglo, algunos siguen la dirección de Roberto Bolaño en 2666, donde sugiere escenarios de una probable vida comunitaria si bien, por desgracia, no resultan tan acabados o prometedores. Las comunidades propuestas en tales textos surgen por la unión de abducidos, seres expulsados de la sociedad que irremediablemente se juntan con sus iguales para sobrevivir.

En esa dirección quisiera referirme a las novelas El cielo árido (2012), de Emiliano Monge, y Temporada de Huracanes (2017), de Fernanda Melchor, cuyos personajes habitaron alguna vez sociedades que los condenaron a la abducción. Tomo el término de la acepción médica que alude a la separación de un miembro de su cuerpo. Abducción en tanto despojo violento que condena a estos seres más allá de la muerte, ya que son indignos de cualquier rito. La celebración de exequias está vedada en ambas novelas, porque los personajes fueron disueltos de antemano por sus circunstancias y apartados del eje social que les permitiría ser considerados vidas valiosas y muertos dignos. Tal como Antígona, están condenados. En realidad, su capacidad de acción y elección parece reducirse a qué tanto apresuran o posponen la resistencia de sus cuerpos, antes de errar como muertos vivientes.

La resistencia es posible porque la separación nunca es radical; es un proceso que abre un resquicio dándoles oportunidad de conformar comunidades alternativas, aunque de abducidos. El planteamiento en las novelas y su tensión es por constituir políticamente a los personajes para hacer valer su derecho de exisitir y de morir con dignidad, de no ser sustituibles tan impunemente en un intento por revertir lo que señala Achille Mbembe (2006): “Las personas ya no se conciben como seres irreemplazables, inimitables e indivisibles, sino que son reducidas a un conjunto de fuerzas de producción fácilmente sustituibles” (15).

En El cielo árido, el oficio de Germán Alcántara es matar y sus muertos no reciben ritos funerarios. No se trata de una novela moralista de tono maniqueo. Las acciones de juventud del protagonista responden a condiciones de vida determinadas por su lugar de origen y linaje. Pese a su incansable ansia de redención, está sumido en una maldición de la que es imposible salir porque no olvida a los “creyentes enemigos del gobierno” (190) que encerró en un baúl, fantasmas o muertos vivientes que vuelven porque hay una deuda simbólica con ellos.

La novela es una biografía discontinua habitada por remedos de personas y remedos de amor y sacrificios, donde el único valor conocido es la lealtad que los perros profesan a su dueño. Es una metáfora de la imposibilidad de un país de alcanzar la modernidad, lleno de espectros, de remedos de individuos cuya única forma de lealtad conocida es a través de seres vivos, pero que no son humanos.

El drama del protagonista alcanza la cúspide en el último capítulo, llamado precisamente “Las exequias”, donde emprende largos soliloquios y recuerda los cadáveres que carga, incluido el de su esposa que, si bien se suicidó, asume suyo. “¿Cómo tengo que enterrarte para hacer que [Dios] te perdone… cómo vamos a engañarlo [...] ¡No sé en cambio cómo darte sepultura!” (199-200). No la sepulta y esa interrupción del rito es la condena final de Germán, quien muere a manos de una nueva generación de asesinos, sin rostro ni motivo definido.

En Temporada de huracanes tampoco hay ritos funerarios. La novela narra el asesinato de la Bruja en el pueblo La Matosa. No se trata de un policial sino de la indagación psicológica de los personajes vinculados a la víctima. Rodea al pueblo un ambiente de miseria, desamparo, abuso y devastación. Los personajes no saben qué es el amor ni lo experimentan, o lo experimentan a su modo: “se enculan” o “se encandilan”, dejando lugar a la pasión y a la respectiva violencia que propicia.

Parte de esta violencia inveterada tiene explicación en un pacto diabólico, herencia de la Bruja Vieja, que permite a la joven hacer favores a la gente del lugar para sobrevivir. Como se ve, Fernanda Melchor opta por la combinación de leyenda y realidad para representar la violencia instalada en el pueblo costero, que se imagina enclaustrado en el estado mexicano de Veracruz, con su magia, playas, selvas, catástrofes naturales, ritmos afrocubanos, influencia negra y de costumbres espiritistas, donde deambulan espectros.

Pueblo chico, infierno grande, La Matosa es una gran fosa común –la metáfora es pertinente–, un lugar miserable, físico y moral, cuyos habitantes conocen de antemano su destino: vidas que cuando sean sólo cuerpos, no merecerán exequias.

El cuerpo de la Bruja, tal como el sexo en todos los personajes, es una moneda de cambio, por eso cuando deja de existir poco importa su descanso. Indigna deexequias, el único gesto de conmiseración lo recibe de quienes comparten la misma suerte, las prostitutas del pueblo. Nadie más –mucho menos el sistema ni los otros seres igualmente miserables– es capaz de compadecerse por un cuerpo ya abducido de la sociedad:

(…) esos ojetes del Ministerio de Villa, que vayan y chinguen todos a su puta madre, por inhumanos, no quisieron entregarles el cadáver a las mujeres, primero porque era la prueba del delito y que las diligencias aún no terminaban, y luego que porque ellas no tenían papeles que demostraran parentesco con la víctima [...] qué papeles podían enseñarles si nadie en el pueblo supo nunca cómo se llamaba aquella pobre endemoniada; si ella misma nunca quiso decirles su nombre verdadero: decía que no tenía, que su madre nomás le chistaba para hablarle o la llamaba zonza, cabrona, hija del diablo, le decía, debí matarte cuando naciste, debí tirarte al fondo del río (…) (32-33).

Aunque Monge y Melchor parecen creer también, como Bolaño, en la vida colectiva para restablecer los lazos y amainar la violencia, los personajes se desencantan constantemente ante su realidad; aninguno le es restituida la dignidad humana. Si acaso hay alguna restitución, opera sólo a nivel de los escritores y sus proyectos, primero, a través del conocimiento y reconocimiento de hechos – de violencia – y, segundo, asumiendo la responsabilidad colectiva de la vida de otros, “a fin de elaborar un duelo que logre restablecer el sentido más profundo de la vida que necesitamos para oponernos a la violencia” (Butler 21).

Así, ambos textos pueden ser leídos como políticos – de acuerdo con Rancière (2011), la literatura hace política en tanto literatura –, pues sus escritores no sólo llevan a cabo una lectura del contexto del que surgen estas narraciones, sino de la paulatina fragmentación y pauperización de la sociedad. A la par, se observa una ambición estética que los fuerza a desviar el lenguaje y romper con los estereotipos del referente, o de eso que llamamos realidad.

“¿Cuáles son las condiciones bajo las cuales ciertas vidas son más vulnerables que otras, y ciertas muertes más dolorosas que otras?” (57), pregunta también Butler. En México, tras la “guerra contra el narco” del expresidente Felipe Calderón, hay un ejemplo extraliterario concreto sobre el valor de ciertas vidas ante los ojos del Estado que se niega a ver y la población que busca una salidaviable. Me refiero a las acciones del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad (MPJD), encabezado por el poeta Javier Sicilia, que tras la muerte de su hijo en 2011 organizó un movimiento para dignificar a los muertos a manos del crimen organizado y del Estado. La forma que encontró para hacerlo y evitar convertirlos en una cifra más, fue llamarlos por su nombre.

El restablecimiento de los lazos comunitarios parece la única alternativa ante la desconfianza y el resquebrajamiento del tejido social. El objetivo es crear comunidades que restituyan mediante actos concretos la dignidad de los muertos, en tanto se llevan a cabo otras acciones, porque claramente el duelo no basta. Desde la literatura, los textos de Melchor y Monge se suman, con distintas estéticas, a estos actos que proponen espacios narrativos de encuentro y comprensión frente al “sistema de terror” (Zavala 2018) o necropolítica con “un interés económico”, que opera en México desde 2006 y que ha dejado más de 234 mil homicidios y 34 mil desapariciones forzadas, según reportes oficiales.

 

Referencias

Astorga, Luis. ¿Qué querían que hiciera? Inseguridad y delincuencia organizada en el sexenio de Felipe Calderón.México, D.F.: DeBolsillo, 2015 (edición electrónica).

Butler, Judith. Vida precaria: el poder del duelo y la violencia. Buenos Aires: Paidós, 2006.

Mbembe, Achille. “Nechropolitique” en Raisons politiques, n° 21, février 2006, p. 29-60, Presses de la Fondation nationale des sciences politiques. En línea.

Melchor, Fernanda. Temporada de huracanes. Ciudad de México: Literatura Random House, 2017.

Monge, Emiliano. El cielo árido. Barcelona: Random House Mondadori, 2012.

Rancière, Jacques. Política de la literatura. Buenos Aires:Libros del Zorzal, 2011.

Zavala, Oswaldo. Los cárteles no existen.Narcotráfico y cultura en México. Barcelona: Malpaso, 2018 (edición electrónica).

Žižek, Slavoj. Mirando al sesgo. Una introducción a Jacques Lacan a través de la cultura popular.Buenos A

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