Rama y Chile

Angel-Rama

 

Por Ignacio Álvarez

El siguiente texto es la presentación que hizo Ignacio Álvarez del libro de Ángel Rama La querella entre la realidad y el realismo. Ensayos sobre literatura chilena. Hugo Herrera Pardo (ed.). Valparaíso: Mimesis, 2018.

Este libro en el que el profesor Hugo Herrera Pardo ha reunido los ensayos y reseñas que Ángel Rama escribió sobre la literatura chilena me ha regalado, en primer lugar, el cumplimiento de una especie de fantasía crítica. Seguramente les pasa a ustedes también: muchas veces, en la mitad de un problema, sobre todo de un problema de literatura chilena, se me ocurre fantasear con mis críticos favoritos. ¿Qué pensaría Cornejo Polar sobre los cuentos de Cristián Geisse? ¿Qué diría Auerbach de Blest Gana o de Manuel Rojas, si los hubiera leído o los conociera? Como corresponde a la vida diurna, esa fantasía normalmente se resuelve mediante el expediente razonable de la extrapolación, de la aplicación teórica. Ahora que este libro ha sido publicado el caso de Ángel Rama es diferente: lo tenemos de cuerpo y de letra presente para contestar nuestras preguntas. Como corresponde a la realización verdadera de un deseo soñado o entrevisto, el resultado es distinto de lo que nos imaginábamos.

Les describo, apurada y atropelladamente, la estructura del libro. Como explica Hugo en su prólogo, hay aquí “cuarenta y un textos escritos entre 1954 y 1981 y desperdigados por algunos de los diversos medios en los que el ensayista uruguayo desarrolló su prolífica carrera como crítico literario y periodista cultural” (11). Se trata de medios uruguayos, venezolanos y mexicanos, entre otros. Dicho de otro modo: se trata de textos sobre literatura chilena que están escritos para el resto de los latinoamericanos. El libro los agrupa en cuatro secciones: una para discutir la narrativa; otra sobre crítica literaria, en donde debate con figuras como Alone, Silva Castro y Latcham; otra sobre poesía, centrada fundamentalmente en Neruda pero que también contiene textos sobre Pablo de Rokha y Violeta Parra; una última sección, sorprendente para mí, dedicada al teatro y las artes escénicas, que va desde Población Esperanza, el drama que escribireron en conjunto Isidora Aguirre y Manuel Rojas en 1959, hasta las presentaciones del Ballet Nacional Chileno en México en 1963. Cada una de estas secciones viene precedida por una lúcida introducción del recopilador. Allí se ordena, sitúa y contextualiza los juicios de Rama, un trabajo utilísimo, porque esos juicios son a veces bastante duros y su contextualización permite entenderlos como parte de un sistema de pensamiento mucho más complejo, denso y rico. Merece una mención muy especial el cuidado diseño del libro. Los textos de Rama se disponen en dos columnas, citando el estilo gráfico de la prensa, y precedidos por un encabezado que incluye el logo del diario en que apareció y su respectiva fecha. Además, de cuando en cuando el texto se interrumpe para incluir pequeños avisos económicos, convocatorias a mítines, caricaturas curiosas de los diarios de la época y, confundidos entre ellos, avisos muy actuales de la editorial Mímesis. Un libro-diario, a medio camino entre el presente y el pasado.

El foco primario de Hugo al hacer esta edición, me parece, está declarado en el prólogo y tiene que ver con el modo en que los textos que selecciona iluminan y acompañan el trabajo de Ángel Rama en su conjunto. Es de particular utilidad el énfasis que hace en la idea de cambio, central para la comprensión del interés de Rama por los ajustes y desajustes que se dan entre la letra y lo real, es decir, por la representación. Cambio y cruce, cambio y paso quedan marcados por el uso, consciente e inconsciente, del prefijo trans en las intervenciones críticas del uruguayo: transmutación, trasvasamientos, transposición, traducción, trasuntar y, por supuesto, nuestra conocida y discutida transculturación son algunos de los términos-síntoma que el editor detecta en la obra de Rama. Ese cambio incluye la idea de adaptación y termina refiriendo a una de las finalidades últimas de la literatura: la captación siempre a destiempo y siempre imperfecta de eso que no tiene forma y no tiene voz ni letra, la realidad.

Habría mucho más que decir sobre el proyecto crítico de Ángel Rama y el modo en que sus textos sobre literatura chilena lo encarnan, mucho sobre la prodigiosa productividad de la cual esta porción de su trabajo, pequeña y acotada, es apenas una muestra. Me contento con recordar su interés por la transformación y la pertinencia de lo trans, una categoría que, tal como la usa Rama, es dialéctica y sigue siendo indispensable para leer la producción cultural latinoamericana, aunque hoy nos es claro que no se puede considerar aisladamente o como herramienta única. Esta reflexión aparece ampliada en el prólogo del libro y, en rigor, en buena parte del trabajo de Hugo Herrera como académico, que se ha dedicado con constancia e inteligencia a la historia y la elucidación de la crítica latinoamericana.

En lo que sigue quiero mencionar dos cuestiones que me parecieron al mismo tiempo apasionantes y discutibles en el libro, dos cuestiones que lo leen menos desde el proyecto de Rama que desde uno de sus objetos, la narrativa y la historia de la narrativa chilena. El primero tiene que ver con la selección de los autores que reseña y que reseña positivamente, una selección que inevitablemente termina construyendo un cierto canon de nuestra narrativa. El segundo se refiere al artículo más importante, a mi juicio, de los que se reúnen aquí: “Terremoto en la literatura chilena”, publicado en la revista Marcha en 1964, en donde Rama, al tiempo que presenta la narrativa chilena del siglo XX al público uruguayo, avanza una tesis muy crítica sobre ella.

¿Cuáles son los autores de los que más se ocupa o que mejor trata Ángel Rama? La lista puede sorprender un poco a los que nos hemos formado en la tradición crítica local: Marta Brunet, Marta Jara, Alfonso Alcalde, José Santos González Vera. También se interesa en las figuras más visibles, aunque de una manera bastante crítica: reconoce en el Manuel Rojas de Mejor que el vino una experiencia y una vitalidad únicas que provienen de su experiencia de hombre libre, pero al mismo tiempo le reprocha cierto aplanamiento que se produce por su cierre en el individuo (y lo conecta con la narrativa de Juan José Morosoli, recientemente editada en Chile). De Donoso no se puede ocupar sino polémicamente. Es capaz de ver su talento, su dedicación y ciertamente su devoción por el oficio, pero le son muy visibles sus limitaciones: las páginas que sobran en Coronación, la lectura ambigua y parcial del exilio que hace en El jardín de al lado, y sobre todo el lastre pesado que arrastra, un criollismo que el propio Donoso había combatido muy intensamente en todas las trincheras que pudo. Pero la figura estelar de la narrativa chilena, según Rama, no es ni Donoso ni Rojas. Se trata de Marta Brunet, a quien dedica tres ensayos. En ella reconoce, en 1962, lo que muy pocos en Chile pudieron ver: que su criollismo era apenas un punto de partida, un instrumento, un lenguaje que le aseguraba una voz en el campo cultural pero para nada el centro de su proyecto, o siquiera la única lengua que era capaz de hablar.

Es una situación muy curiosa. Rama nos mira desde fuera y cuenta una historia harto distinta de la que nos habíamos contado. Nuestra historia de la literatura como la historia de los escritores varones. Nuestra historia de la literatura como la historia de nuestra insularidad. Nuestra historia de la literatura como la historia de unas cumbres que son imperfectas, falibles y a veces fallidas. Y una nueva historia, posible ahora, más heterogénea, más atenta a las formas —es lo que valora tanto en González Vera— y menos apegada a los contenidos.

La tesis global de Rama sobre la narrativa chilena del siglo XX es bastante desoladora, me parece. Es una narrativa cuya nota central será el encierro y cuya modernización se encuentra trabada. En Claudio Giaconi, que es autor de uno de los manifiestos más importantes de la generación del 50, la generación que quería ser leída justamente como modernizadora y cosmopolita, Rama interpreta lo contrario:

(…) rehace, [dice,] “una de las constantes más tesoneras de la literatura chilena, a saber su nacionalismo, y reconoce, implícitamente, lo que ya resulta obvio, que con la generación del 50 no entró en quiebra el realismo, otra constante de las letras del país. Simplemente ha ocurrido que tanto el nacionalismo o la chilenidad, como el realismo, han cambiado sus formas expresivas, los territorios de exploración, en la misma medida en que el país entero ha sufrido una transformación” (161-2).

Lo que el grupo de Donoso, Edwards y Lafourcade han traído es solamente un cambio temático, las preocupaciones subjetivas e individuales en vez de la descripción exterior y el drama social, pero esas preocupaciones presionan aún de manera muy débil el cambio central, que corresponde a las formas literarias. ¿Y cuál es la forma más resistente a la modernidad? El tono, dice Rama: “Siguen afiliados al patriarcal tono realista, en una modulación sensible muy moderna y afinada” (159).

El juicio de Rama es provocador y problemático. Provocador porque desafía lo que aprendimos con tanto esfuerzo, que el programa realista, por muy hegemónico que sea hasta la década del 50, ya había sido superado, al menos al interior del campo literario, en la década del 30, con María Luisa Bombal como primer índice y luego, tras su redescubrimiento, con Juan Emar. Y es problemático porque la persistencia del realismo es una tesis propia de críticos como Latcham y Mariano Latorre, que son al mismo tiempo sus valedores, y además de casi todos los escritores chilenos que, generación tras generación, desde 1934 en adelante, han anunciado que con su obra, ahora sí, terminarán de enterrarlo.

A mí me resulta difícil suscribirla así no más, sobre todo porque me parecen innegables los cambios formales que, cierto que sutiles en la mayoría de los casos, son radicales y hasta militantes en Juan Emar, un autor que Rama no conoció. Pese a ello, pienso que hay al menos tres datos relevantes de su propuesta que no deberíamos echar al olvido. El primero es la cuestión del tono: ese narrador que puede ser sensible y hasta móvil, pero a quien le cuesta dejar la fusta, desde Miltín 1934 hasta Casa de campo, es una rémora reconocible, y proviene probablemente del criollismo más apatronado y menos consciente de su designio modernizadorEl segundo es la cuestión de la geografía: en la narrativa chilena, dice Rama, “No hay ‘concepción universal’, ni siquiera hay ‘realizaciones universales’; existen niveles de mayor o menor eficiencia, existen obras de tal hondura y verdad que pueden hacerse comprensibles por otras sociedades” (166), pero no hay una verdadera dimensión mundial. Creo que ese reproche ofrece también un desafío, un programa de lecturas que acosen ese aislamiento y permitan ver las obras que lo cuestionan o que representan esa suerte de “malestar en el mundo” que arrastramos desde Los trasplantados de Alberto Blest Gana. El tercero es la cuestión de los géneros sexuales: los juicios de Rama desnudan un dato que a estas alturas es más que evidente. Las historias de la literatura que se han escrito en Chile con la pretensión de ser historias generales han sido, casi siempre, medias historias no más, historias de la escritura de los hombres chilenos.

Termino con una pequeña escena que cada vez me parece más significativa. Ocurre en 1960, el último día de 1959, en realidad. José Donoso ha publicado recientemente Coronación, y a propósito de esa publicación Alone concerta un encuentro entre él y Marta Brunet, escritora consagrada en ese entonces. Así lo cuenta Donoso en su Historia personal del Boom:

Cuando Alone me llevó a casa de Marta Brunet, ella me dijo: “No he leído tu novela todavía, pero me interesa mucho porque dicen que continúas la gran tradición del realismo chileno”. Las palabras de Marta Brunet, que treinta años antes también había sido “lanzada” por Alone, me asustaron. Me hicieron comprender lo limitada que podía ser la apreciación literaria chilena de ese tiempo (30).

Con alguna maldad, la escena puede leerse en un sentido exactamente contrario al que propone su autor. Allí donde Donoso veía solo criollismo en realidad estaba una de las mayores fuentes de riqueza de la narrativa chilena del medio siglo. Allí donde creía que estaba la innovación Brunet adivinaba, astuta, la persistencia de lo antiguo.

Han pasado casi sesenta años desde esa reunión, más de treinta desde que Donoso la relatara, y solo ahora se nos hace evidente la existencia de ese malentendido. Ángel Rama, que podía ver como Donoso y también como Brunet, habría podido explicarlo esa misma tarde, si Alone lo hubiera invitado a tomar el té.

 

Referencias

Donoso, José. Historia personal del “boom”.Santiago: Andrés Bello, 1987.

Rama, Ángel. La querella entre la realidad y el realismo. Ensayos sobre literatura chilena. Hugo Herrera Pardo (ed.). Valparaíso: Mimesis, 2018).

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