Antropofagia, zoofilia y Brasil: presentación del libro “Cuentos de zoofilia, memoria y muerte”, de Wilson Alves Bezerra

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Por Ana Lea-Plaza

En un país de sismos y fascismos
el inconsciente de la gente se prepara.

(“Se viene el temporal”, en Metraje encontrado, Germán Carrasco)

 

“Historias de zoofilia, memoria y muerte” es un conjunto de cuentos deliberadamente anti-educativos. Vemos esto ya en el título: son tres grandes, casi abrumantes, temas tabú los que atraviesan los relatos. A través de ellos Wilson Alves Bezerra reivindica y asume de forma programática el lugar de un contra-discurso. Son cuentos anticlásicos, antihumanistas; relatos peligrosos, mentirosos, degradantes. Anclados al suelo brasileño, sus páginas amenazan con enseñar y mostrar la otra cara de la vida: el trauma que congela, la identidad que se diluye, la mentira que se instaura, la muerte que se abisma.

La primera parte despliega pronto su perspectiva contra-oficial a través de un conjunto de cuentos que se articulan a partir de la lógica carnavalezca que anuncia en oxímoron su título: “Hagiografía profana”.

El narrador, “secretario del diablo”, centinela del limbo que es la vida de los “de abajo”, invierte y subvierte la palabra religiosa. Lo hace, primero, sociológicamente, en el cuento “Divinidad”, donde un par de seres empobrecidos compran, a doscientos reales, un impotente demonio divino y sin religión para salir de la miseria, mostrando la miseria y las peripecias de la periferia en el sistema neoliberal.

En “Orígenes de la leyenda de la santa mexicana”, los mitos luchan por instaurarse, a partir de una revelación invertida. Un hombre en el confesionario relata un viaje místico al revés: en pleno desierto descubre, no las almas, sino los cuerpos.

“Santiago”, el último cuento de esta primera parte, es la expresión oblicua de un traumático “pecado”, de un aborto adolescente que quiere y necesita decirse, trayendo a la escritura el principio psicoanalítico de sanación por la palabra.

A todos estos cuentos los precede “Una vida en cocos”, especie de génesis local, que substituye la imagen cristiana de la manzana mordida por un profético coco ultrajado interrumpiendo la cadena y la inercia de la historia, para dar paso al fruto promisor del inconsciente colectivo, representado aquí por estas primeras miradas infernales:

“Hasta que, sin preámbulo, un día, a mitad de la madrugada, algo ocurrió. Algún ladrón con un cuchillo, vaya a saber por qué, agarró uno de los frutos del mosaico y le hizo un corte completo. El coco violado amaneció verde, pero seco, con las entrañas a la vista. Fue cuando el destino de Carlos, de María y del pueblo sintió los vientos de un cambio” (p. 9).

¿Pero qué es lo que este rito inaugural destapa? ¿Cuáles son los cambios que descubre? ¿Las entrañas que este abre?

La respuesta es ofrecida por la palabra clave de la segunda parte de estos cuentos: “Historias de zoofilia”. Lo que este rito inaugural descubre es: zoofilia.

A propósito, es aquí donde se frustran las expectativas del público amante del morbo o del youtube pornográfico, pero a la vez es aquí donde comienza a entusiasmarse el amante de la literatura y sus vínculos con la cultura. Pues los cuentos de zoofilia propiamente, si bien no puede decirse que no llegan, tampoco puede afirmarse que lo hacen del todo. A medida que pasan las páginas – y contrariando la frontalidad del término – vamos viendo que su presencia en el libro es compleja e indirecta. Sus sentidos vienen a integrarse a una cadena de interrogantes que los cuentos despiertan a través de sus oscuridades, desviándose de su significado explícito, y es precisamente eso lo emocionante de este libro.

Solo uno de los relatos, “La lección de caña”, aborda el tema rectamente; sin embargo, incluso en él, me parece a mí que predomina, no tanto el acto prohibido de la zoofilia entre dos trabajadores de ingenio y un caballo de pelaje blanco, como el territorio en el que este se inscribe y los significados que ese territorio atribuye al acto zoofílico.

El cuento está ambientado en una hacienda azucarera que nos lleva de inmediato a las fundaciones del Brasil, a las raíces coloniales patriarcales que han subsistido en la formación del Brasil moderno. Wilson Alves toma este ideologema y lo estetiza; recoge el territorio y sus delimitaciones, pero instala allí un infinito. Transforma la hacienda y los bordes de la casa-grande donde habitan los blancos, en un espacio erótico y sensorial:

“[el caballo] se acuerda de João y del día que vino vagarosamente a perderse en el laberinto de la caña, cuando nadie lo seguía. La gritería en la casa grande. Le pareció extraño perderse tan lento en la tierra que le era casi conocida y aun así circular. Una caña inmemorial. El sabor de todo el ingenio y de la noche en los labios del malacara” (p. 39).

La zoofilia aparece aquí como parte de ese indómito fondo laberíntico y circular, como el lugar del inconsciente que habrá de aflorar para hablar de una nueva forma de estar en el espacio nacional. En este sentido, intuyo que el término zoofilia en este libro tiene alcances casi conceptuales que lo emparentan fuertemente con esa otra expresión salvaje a partir de la cual se ha pensado y proyectado los rumbos del Brasil. Me refiero, obviamente, a la Antropofagia de Oswald de Andrade, tema que retomaré al final de estas palabras.

El resto de los cuentos de esta segunda parte continúan complejizando lentamente el término zoofilia. “Su hija”, “Mujer perro”, “De cuero y de serpientes” solo siembran más dudas. ¿Qué es aquí la zoofilia? ¿Dónde está la zoofilia si no aparece en ellos propiamente sexo entre hombres y animales?

Hay, es cierto, animales que parecen hombres y mujeres y hombres que parecen animales (como ilustra muy bien la portada del libro); de modo que al relacionarse podrían eventualmente darse vínculos zoofílicos. También hay hombres-hombres que tratan a las mujeres como animales, y mujeres en tanto mujeres que animalizan a los hombres, animalizándose a su vez a sí mismas.

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Imagen de la portada de los “Cuentos de zoofilia, memoria y muerte”, de Wilson Alves Bezerra

La clave está, me parece, por un lado, en los discursos, como sucede en el cuento “Su hija”, donde lo zoofílico se expresa no tanto en lo episódico, como en la retórica del narrador y su ideología. Funciona en este cuento, como él mismo dice, “una retórica fallida”. Tras la apariencia compacta y consistente del narrador masculino, se abre en su diatriba una grieta que mancha sus palabras y las transforma en objeto de sospecha. Nos dejamos encantar por la irreverencia de su apertura, sin embargo, rápido empieza el desengaño. Lo que parece una provocación al padre y una reivindicación de la inocencia sexual es, en realidad, un discurso plagado de expresiones misógenas y fálicas:

“Yo canto la inmensidad de un cuerpo que, si no llegué a hacerlo sangrar, estuve a punto de atravesarlo entero” (…) “Debo yo hablar con su señor padre, ¿no le parece? ¿Decirle de las virtudes de ser una zorra?” (p. 30).

En este caso, la zoofilia parece no ser otra cosa que una palabra para hablar de amor, más precisamente, de amor heterosexual “normal”, en el que se animaliza y objetualiza a la mujer; y cuya presencia se revela, antes que en el acto, en los detalles del discurso.

En esta misma línea, los cuentos que se siguen, si son cuentos zoofílicos, se refieren a historias entre hombres y mujeres, en las que la regla es la depredación y el sometimiento-animalización del otro. Aparecen allí trabajadoras domesticadas “como perros” (analizadas por el ojo falsamente libertario de un hombre narrador que, sospechamos, es cómplice de esa animalización), pero también mujeres que depredan y exigen a sus hombres el sacrificio de su piel e identidad, o que someten a los machos a lamer por siempre el suelo a fin de compensar su propia falta de autoestima.

De modo que en este mundo de depredadores, no hay ni machismos, ni feminismos porque todos son, de algún modo, en algún momento feroces.  Si no es así, se transforman en seres secos e infértiles, como sucede en la mujer del cuento “Lacticinio”, quien de pronto se siente explotada “como vaca de fundo”, añorando su salvajismo, añorando quizás otras formas de zoofilia que no las de la maternidad.

La tercera parte del libro habla de la crisis del sujeto y del escritor moderno. El cuento “El hombre que se perdió” retoma y subvierte el motivo del viaje del letrado hacia los mundos del Otro. De inmediato recordamos a Euclides viajando a Canudos, a Mário de Andrade recorriendo el Amazonas, a Levi-Strauss entre caníbales; intelectuales todos que van y vuelven, transformados, tocados, pero vuelven, y con misiones culturales específicas. Euclides lucha por hacer comunicable el Brasil ignorado por los discursos modernizadores; Mário regresa con la misión de nacionalizar la cultura brasileña moderna.

El cuento de Wilson transfigura estas rutas de la modernidad mediante un relato sobre la fragilidad de la identidad que se disuelve al internarse en el Brasil profundo – donde no hay más que otras formas de depredación y, por lo tanto, zoofilia –  narrando el viaje sin regreso de un letrado, que se convierte en un viaje a la locura y la disolución del ego. Lo interesante (y lo hermoso) aquí es cómo esa disolución es gatillada por la visión de la abundancia del agua que lleva al personaje a romper involuntariamente para siempre con la civilización:

“Pero me perdí y no sé cómo fue. Fue en una noche de gran luna, ni sé cuánto tiempo atrás, cuando la luz de los postes no era más fuerte que la de la luna. Pues yo llegué por aquí y me quedé bobo con la cantidad de agua que corría. El agua que corría me afectaba el espíritu; agua sucia en el canal de las calles, agua limpia en el canal del río, agua abajo indetenible de las lluvias, agua encima con este sol que arde, y era río después de río, mucha agua que corría y se iba” (p. 47).

El origen de esta disfuncionalidad del intelectual moderno no deja de tener sus raíces en las atrocidades sociales que el libro registra. Wilson nos ofrece, a este respecto, cuentos de gran carga emocional. Como Clarice, en su doloroso cuento “O mineirinho”, donde intenta comprender lo incomprensible – cómo un pequeño delincuente llega a ser asesinado no por uno, sino por trece tiros – nuestro escritor ralentiza, desautomatiza y se detiene en la violencia, pensando, esta vez, en la mecánica perversa del revólver: “el artefacto de repetición, movido a dedos, que silencia al hombre en mitad de la frase y no lo deja ni siquiera decir las palabras sonoras a modo de conclusión”.

En esta ralentización lo que espanta ya no es tanto el crimen, sino su facilidad y cercanía; su vecindad, su permeabilidad en los sujetos normales que de pronto se transforman en narradores de su propio asesinato. Los hospitales, territorio de muertes que podrían haber sido menos abismantes, son también parte de este imaginario atroz que Wilson despliega desde el Brasil, imaginario al que le corresponde un simbolismo de eventos siempre fallidos, de amores culposos y obtusas negaciones.

Pero quisiera cerrar estas líneas retomando el concepto de la zoofilia en relación al de la antropofagia, de Oswald de Andrade.

A propósito, me parece que el uso de esta metáfora por parte de Wilson Alves Bezerra es de una gran contundencia y le otorga un peso tremendo al libro.  ¿Para qué pensó Oswald de Andrade su teoría de la antropofagia? Lo hizo como una manera de proyectar una forma de Brasil insertarse en la sociedad moderna tecnificada y global, que habría de darse instaurando un nuevo sistema antipatriarcal y anticapitalista, incorporando los rasgos primitivos que se escaparon al proceso civilizatorio brasileño. En su teoría hay también un elemento constructivo en el que la antropofagia funciona como una devoración creativa de los avances de la modernidad para llegar a conformar esa nueva sociedad.

En ese sentido la imagen de la zoofilia propuesta por Wilson Alves Bezerra puede también ser leída como una categoría a través de la cual se busca pensar los procesos modernizadores del presente. A propósito, lo que me parece que se lee es la visión de una precariedad moral generalizada en la que la violencia ya no se encuentra circunscrita a fronteras entre un yo y un otro, entre la ciudad y el campo, la civilización y la barbarie, el normal y el anormal, el ciudadano y el delincuente, la favela y el asfalto, sino en la que el yo es siempre potencialmente el otro, en la que el crimen está filtrado en cada uno de los intersticios de los que conforman la sociedad.

Del mismo modo, en la zoofilia, según Wilson Alves Bezerra, ya no hay una devoración creativa de lo ajeno, sino una autofagocitación interna de lo propio. La zoofilia es, de cierta forma, Brasil devorándose a Brasil. El término salvaje ya no es un proyecto, como lo fue la teoría antropofágica, cargada de futuro, sino más bien la constatación de un presente, cargada de pesimismo.

Los cuentos, nos dice Wilson, son del 2013, es decir, previos al impeachment de Dilma y a la tomada del poder de esa aberración  que a partir del primero de enero comienza a gobernar el Brasil. Sin embargo, estoy segura de que con ellos este gran escritor supo captar el inconsciente colectivo que preparaba la situación política actual de nuestro querido vecino latinoamericano.

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