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“THEUTH: He aquí un logro que mejorará
la sabiduría y la memoria de los egipcios. He descubierto
la receta segura para la memoria y la sabiduría.
REY: Tú, que eres el padre de la escritura, le has atribuido
una función opuesta a su función real a causa
del orgullo que te inspira tu vástago. Aquellos que la
adquieran dejarán de ejercitar su memoria y se convertirán
en olvidadizos; se apoyarán en signos externos en lugar
de sus propios recursos internos”
(Platón, Fedro)
En 1990, la profesora norteamericana de literatura Marcia Peoples
causó escozor al publicar que el nivel de escritura de
sus estudiantes había cambiado desde que el ámbito
de redacción usual eran los programas computacionales.
Argumentaba que las herramientas de transformar y manipular vertical
u horizontalmente un texto que no está impreso sino en
potencia devenían en un empobrecimiento de la calidad y
cantidad de la prosa. Cierto o no, es innegable que actualmente
escritores, académicos y estudiantes —unos más,
otros menos— producen y revisan sus textos frente al computador
para, finalmente, imprimirlos en papel, soporte convencional de
presentación. El artículo de la profesora Peoples
es ejemplo de la incertidumbre que provoca la tensión implícita
entre el electrónico “texto de trabajo” y la
versión final que leemos en una hoja.
La pregunta es qué ocurre con la literatura cuando cambia
desde la inmovilidad tipográfica de la imprenta a la inasible
virtualidad de la pantalla. Es la cuestión básica
que se hace toda teoría literaria: lo que comienza en el
trazo de una palabra, ¿dónde puede darse por terminado?
¿Está, en último término, en el papel
impreso la literariedad? Como siempre, la praxis no se
detiene a la espera de especificaciones teóricas. La aparición
de obras —literarias o de divulgación— compuestas
en y para ser leídas en el medio electrónico ha
propiciado la aparición de un nuevo término: el
hipertexto.
Definiendo el hipertexto
La molestia de la profesora Peoples responde a una premisa del
Estructuralismo: forma y contenido son de hecho indisociables.
Sin embargo, los cambios de una escritura electrónica son
sólo morfológicos, léxicos, sintácticos
—y evidentes sólo para un observador agudo—,
puesto que en el ámbito académico el computador
es considerado un medio y no un soporte. No habría motivo
alguno para cambiar el libro —la imposibilidad de leer una
obra en computador con encuadernación de cuero mientras
se está en la bañera es la evidencia más
recurrente— sino fuera porque la adopción de la pantalla
como formato agrega a la literatura posibilidades que la página
de papel no tiene: cambios físicos en la manera de leer
y escribir a nivel textual, no ya simplemente oracional.
En 1945, el científico estadounidense Vannevar Bush escribió,
en un artículo titulado Cómo debiéramos
pensar: “los métodos que utilizamos para orientarnos
en el laberinto hacia el asunto que nos interesa son los mismos
que utilizábamos en tiempos de los barcos de vela. (...)
La mente opera por asociación. Con un asunto entre manos,
salta inmediatamente al siguiente que le sugiere la asociación
de ideas”. Esta reflexión lo llevó a imaginar
un invento, el Memex, “un aparato en el que una persona
almacena todos sus libros, archivos y comunicaciones, (...) de
[un] modo que puede consultarse con excelente velocidad y flexibilidad.
Es un suplemento aumentado íntimo de su memoria”.
El Memex era una invención que, en el fin de legitimar
la asociación de ideas, es homologable a la Escritura Automática
dada a conocer años antes por el Surrealismo; sin embargo,
se trataba de un proyecto técnico, puramente orientado
a allanar la práctica intelectual como antes la tecnología
había simplificado la manufactura. Carecía de toda
conciencia de libertad estética y política.
Fue Theodor Nelson, en 1965, quien acuñó la expresión
Hipertexto. El joven programador computacional estadounidense
logró edificar un sistema electrónico que materializara
la utopía de Bush y, a la vez, enfrentar la innovación
tecnológica desde una perspectiva teórica humanista.
HIPERTEXTO: Escritura no secuencial, texto que bifurca, que
permite que el lector elija y que se lea mejor en una pantalla
interactiva. Se refiere a una serie de bloques de texto conectados
entre sí por nexos que forman diferentes itinerarios
para el usuario.
El neologismo hipertexto de Nelson se aceptó
incluso antes que el fenómeno de escritura y lectura que
explica pudiera ser experimentado, porque su definición
es el empalme de la corriente de la teoría literaria de
este siglo —desde el romanticismo y el formalismo hasta
la recepción y la deconstrucción—, con el
léxico de la tecnología. No teme hablar de escritura,
texto e itinerarios de lectura ni de pantalla, conexión,
interactividad e usuario. Es el cruce de dos áreas de conocimiento:
el vocablo griego hiper (sobre, en extremo, por encima de) posee
un aura de enigmática cientificidad luego de haber sido
utilizado por Einstein, en su “hiperespacio”, y por
la ciencia biológica, léase “hipertiroidismo”
o “hipermetropía”; el latín textus,
en cambio, ha sido incluido en el repertorio ya no solamente literario
con la acepción de “documento”, olvidándose
tantas veces sus connotaciones de “trama”, “tejido”
e incluso “red”, que acomodan especialmente a la naturaleza
enciclopédica del nuevo giro. La hipertextualidad fue formulada,
desde un principio, del modo en que el crítico George Landow
subtitula su célebre obra de divulgación de nuestro
tema: “la convergencia de la teoría crítica
contemporánea y la tecnología”.
Sin embargo, puesto que se trata de un fenómeno reciente
cuyas implicaciones aún no se determinan del todo, la terminología
es susceptible de variar. Según el citado Landow, la expresión
hipertexto se puede referir “a un tipo de texto
electrónico, una tecnología informática radicalmente
nueva y, al mismo tiempo, un modo de edición. También
puede llamarse Metatexto.” Esta ampliación
léxica de Landow se refiere a que, aunque su condición
es la de permeabilizar los límites de géneros, registros
y dominios del saber, el texto vincular en formato electrónico
tiende a presentarse inicialmente de maneras similares al texto
escrito.
Es sugestivo el hecho de que una obra literaria escrita y leída
en hipertexto se aparta de las características de género
literario convencionales del texto impreso aunque nunca del todo.
Como veremos, ya es posible acceder a obras electrónicas
interesantes que bien pueden ser llamadas hipernovelas, poemas
interactivos, hiperdramas y ensayos hipertextuales. Nuevos géneros,
subgéneros o arte interdisciplinario, la elaboración
en favor de una u otra categorización aún no pasa
de un balbuceo temeroso. No se intenta aún la apertura
del canon por la compleja razón de que éste se fundamenta
en la cultura del libro.
Mucho menos traumática se prevé la aceptación
de otros usos del hipertexto. En el ámbito académico
hispánico se aplauden las iniciativas de realizar una Edición
Crítica Hipertextual de La Celestina, junto al
Proyecto Cervantes —plan de poner gratuitamente
la Obra Completa y Crítica del Manco de Lepanto para consulta
en Internet—. Una edición crítica hipertextual
se presenta como una oportunidad idílica para el investigador
de la literatura: el vínculo o nexo electrónico
escogido mediante la acción de presionar el botón
del dispositivo indicador (mouse) trae a la pantalla
de forma inmediata y limpia una nota a pie de página o
una cita textual de otro texto adyacente, con la posibilidad de
regresar sin inconveniente al sitio de lectura anterior y de guardar
el recorrido bibliográfico para recordarlo en otra ocasión
o simplemente para compartirlo. Además, al corpus crítico
de una edición hipertextual como el de La Celestina
está, en la medida de lo posible, renovándose constantemente,
pues permite la recepción de cualquier análisis
y estudio monográfico relacionado. La tremenda disponibilidad
de la red telefónica Internet permite acceder a una edición
crítica prácticamente desde cualquier lugar; además,
es relativamente sencillo ubicar un documento en la red, con lo
que disminuyen considerablemente los problemas de publicación
y difusión de trabajos especializados en literatura. La
cercanía del hipertexto y la utopía de la enciclopedia
hace más rica y asequible la labor académica.
El postestructuralismo y la teoría literaria del
hipertexto
“No sé si debo recordar que ya publicado April
March, Quain se arrepintió del orden ternario y
predijo que los hombres que lo imitaran optarían por
el binario y los demiurgos y los dioses por el infinito: infinitas
hstorias, infinitamente ramificadas.”
(Jorge Luis Borges, Examen de la obra de Herbert Quain)
Es por lo menos curioso que escritores, académicos y estudiantes
formados en las diversas escuelas de teoría literaria de
este siglo rechacen la noción de hipertexto sólo
por su esencia electrónica, sin entender que no podrían
vincularse directamente bloques de texto en otro formato. Y sobre
todo porque la sensación de leer y escribir que el hipertexto
produce, de que las tradicionales fronteras entre autor y lector,
significante y significado, verbal y visual, se están deteriorando,
es un estado que desde hace un tiempo teóricos de avanzada
y lectores creativos buscan. El paradigma libertario del postestructuralismo
y la deconstrucción —que se aprecia como una valiosa
actitud interpretativa del mundo— es puesto a prueba por
la hipertextualidad puesto que vuelve acción de lectura
—modo concreto de organizar el texto— la pluralidad,
apertura y dialogismo pregonados en el campo siempre hipotético
de la teoría.
Aunque es difícil mostrar la dinámica hipertextual
en un formato estático como el papel impreso, es momento
de trabajar la teoría sobre una obra hipertextual concreta.
La primera novela conocida elaborada en hipertexto es Afternoon:
a story, publicada en 1989 por el norteamericano Michael Joyce.
La resonancia de voces internas que nos provoca el apellido del
autor no es una simple coincidencia: a partir de la primera oración
de la pantalla inicial —“Quiero decir que puedo haber
visto a mi hijo muerto esta mañana.”— nosotros,
lectores, nos enteramos no sólo que se trata del monólogo
interior de un narrador, sino que la acción se limita a
unos minutos —u horas o segundos, dependiendo del itinerario
de lectura escogido— de la tarde de este Stephen Dedalus
electrónico. La prosa digresiva que James Joyce adaptó
desde el Tristram Shandy es reelaborada por Michael Joyce,
esta vez de forma más radical: el lector no sólo
fluye entre las relaciones mentales de la voz narrativa, sino
que también escoge sobre cuáles desea saber
más, consciente que su decisión influirá
en las nuevas relaciones que se le darán por opción.
Se suele comparar peyorativamente la narrativa hipertextual con
la serie de libros juveniles Elige tu propia aventura,
en los que el lector decidía la página a leer manipulando
la voluntad del personaje en el instante de decidir realizar una
u otra acción, seguir uno u otro camino. Afternoon,
en cambio, posee la “calidad literaria” de la indeterminación
y la sugestión dadas por la focalización interna
en el narrador protagonista; en cada vínculo, el lector
elige no determinar el curso de los hechos, sino indagar señales
en la percepción, memoria, sentimientos y raciocinios que
permitan dilucidar de alguna manera la “verdad” de
la acción de la que el narrador duda —el accidente
y quiénes fueron las víctimas, si las hubo.
Aunque en este caso determinado por la anécdota, el compromiso
activo por parte del lector que requiere el hipertexto es uno
de sus rasgos característicos. La hipernovela se compone
de bloques de texto que, una vez leídos, deben vincularse
a uno u otro bloque según la voluntad del lector: a estos
bloques —unidades mínimas de la hipertextualidad—
Landow llama “lexía”, citando a Roland Barthes
en su S/Z, donde propone fragmentar subjetiva y exhaustivamente
la interpretación de una obra hasta adivinar, en su fisura,
la nuestra. Barthes entiende, por lexía, la “serie
de cortos fragmentos contiguos que constituyen unidades de lectura.
Es una división arbitraria que recae en el significado;
algunas veces comprende unas pocas palabras y otras algunas frases:
basta con que sea el mejor espacio posible donde se pueden observar
los sentidos, dependiendo de la densidad de las connotaciones
que le dé el lector. No es más que la envoltura
de un volumen semántico; la lexía y sus unidades
forman una especie de cubo multifacético.”
Enfatizando que el hipertexto no es una teoría sino
una nueva manera física de leer, la lexía del
hipertexto hace sentido a través de una cooperación
entre la escritura a nivel de bloques semánticos —es
decir, retóricas textuales— y las connotaciones que
permiten al lector optar por una u otra divagación del
narrador de Afternoon. En la noción de retórica
textual subyace a primera vista la Teoría del Discurso;
detrás está la definición que Julia Kristeva
hace de intertextualidad como “mosaico de citas”,
la manera en que se sale del texto principal para volver “cargado
con un botín intertextual” (pero el hipertexto no
posee un “texto principal”, ni siquiera un texto,
sino una multiplicidad); y, en la base, está la polifonía
de Mikhail Bakhtin, en la que distintas voces —asimilables
a las lexías que se contradicen o se eliden en Afternoon—
se presentan en “total interacción, (...) sin que
entre ellas una llegue a ser objeto de la otra.” (Bakhtin).
El rol democratizador de la polifonía en el hipertexto
es aún más eficaz, puesto que a la combinación
de voces a nivel oracional se le agrega una combinación
de voces a nivel textual: una obra como Afternoon, aunque narrada
aparentemente por una sola voz, se convierte en una inmensa obra
coral.
La acción de vincular lexías y darles una coherencia
como relato depende exclusivamente del lector. Se han contabilizado
más de treinta lecturas distintas de Afternoon:
mientras en algunas no aparece tal personaje, en otras se muestra
relevante para lograr entender los acontecimientos; mientras en
algunas el narrador no puede clarificar con acierto su inquietud
inicial, en otras su paranoia está fundamentada. Todos
son recorridos coherentes. La experiencia de lectura hipertextual
vuelve los revolucionarios postulados de la reacción y
recepción de Iser y Jauss en constataciones de la práctica
en hipertexto. Los lector activo de Eco, texto escribible
de Barthes, lector macho de Cortázar, anteceden
el que se ha dado a llamar Lector-Autor en la teoría hipertextual.
Gunnar Liestol indica que, en hipertexto, los principios clave
de estructuración narrativa y, por lo tanto, las operaciones
básicas de la autoría, están transferidas
del autor al lector —o del escritor primario al escritor
secundario—. Es la de-función del autor, parafraseando
nuevamente a Barthes. El significado nunca está garantizado
ni contenido en el texto, sino que requiere el compromiso del
lector y su relación creativa con el texto. En el caso
de Afternoon, lo que hace Joyce es entregarnos un mundo
caótico, cercano a la amorfia, que nosotros debemos modelar.
La lectura hipertextual no es infinita sino libre: aunque podamos
movernos a voluntad entre las distintas lexías, nos vemos
limitados por el potencial del discurso almacenado.
Esbozando un modelo de análisis de hipertexto, Liestol
se basa en Gennette para afirmar que el hipertexto añade,
a la dicotomía tiempo de la narración y tiempo
de lo narrado, un tercer nivel que podría llamarse
texto o discurso discurrido, correspondiente a la lectura
de hecho, que es el camino de lectura particular. Hay historias
potenciales y una historia de hecho, que el discurso discurrido
articula. Tal como si quedara constancia del soneto que forma
cada lector de Cent mille milliards de Poemes, de Raymond
Queneau, o si fuera posible acceder a lectores atrevidos de Rayuela
que han seguido la advertencia de Cortázar, de que su tablero
y la lectura convencional son algunas de muchas lecturas. Pero
no sólo la estructura: en hipertexto, el lector escoge
la velocidad, cantidad y calidad de la información. Por
ejemplo, en Afternoon, al optar por no seguir una expresión
vinculada, un lector crea una elipsis; o también puede
producir alargamientos temporales contestando afirmativamente
a la pregunta “¿Quieres saber más sobre esto?”
En la novela tradicional, las variaciones de duración quedan
fijas y estables una vez se ha escrito el texto; en la novela
hipertextual, en cambio, el lector en principio es libre de manipular
el tiempo de la narración.
Unir en un término único la práctica de leer
y de estructurar una novela significa descentrar la autoridad.
Como en una paradoja descrita por Michael Foucault, el lector
deja de estar totalmente controlado y limitado por las decisiones
del autor respecto a estructura y sucesión, pese a lo cual
el orden y la pauta de algún tipo son siempre necesarias
en la comunicación. El hipertexto libera al lector de la
dominación lineal del autor para hacerlo presa de sus propias
barreras culturales. El lenguaje y las lenguas, dicen Barthes,
Foucault y Derrida, son en si mismos dominación y registro:
el hipertexto parece decir que es suficiente con las estructuras
culturales de cada lector para restringir a una lectura.
El censor está en nuestra mente: de otra manera no podríamos
realizar ningún enunciado, puesto que estaríamos
excluyendo otros pensamientos que se nos vinieron a la cabeza
simultáneamente. Asumir que el hipertexto es la expresión
fiel de la manera en que trabaja el pensamiento humano —tal
como Bush se propuso hacer— es una falacia. Afternoon
no es una novela simultánea porque no puede existir la
literatura simultánea, ni siquiera en el Aleph borgeano.
El hipertexto se articula a nivel de discurso, mas éste
a su vez se articula a nivel de palabras y de letras (fonemas).
Se ha hablado de la no linealidad de la ficción
hipertextual, que sin embargo no es tal, pues debe distinguirse
entre no linealidad en el tiempo y no linealidad en el espacio.
La no linealidad en el tiempo es imaginaria; siendo el habla y
la escritura fenómenos temporales, constituye una contradicción
en cuanto el tiempo es lineal, al menos el que se necesita para
leer y escribir hipertextos. Las posiciones de almacenamiento
en el espacio, en cambio, pueden ser no lineales: pero una vez
se escoge una lexía, esta es sacada de su contexto no lineal
y puesta en la cadena lineal del tiempo condicionado. Sólo
las alternativas son no lineales y no normadas: distintas alternativas
se pueden escoger, pero sólo de una en una y siguiendo
algún criterio. La condición electiva de una lectura
en hipertexto hace que sea más adecuado caracterizar una
narrativa hipertextual como multilineal. El paradigma libertario
del postestructuralismo ha conseguido un ensanchamiento de hecho
en las posibilidades de lectura en hipertexto, pero no logrará
nunca, mientras resida en la palabra, escapar a la tiranía
de la elección.
William Dickey señala cómo el elemento narrativo
del azar en la poesía y narrativa hipertextual imita el
“rechazo de organizaciones lineales causales” que
hacen las artes visuales. El lector es capaz de “entrar”
en la hipernarrativa casi por cualquier parte, igual que un espectador
de una pintura o escultura. Un pequeño subgénero
narrativo, la “ekphrasis”, que consiste en describir
la experiencia de la visión, es citado como antecedente
de la literatura hipertextual considerada como topográfica.
El hipertexto es ekphrástico en cuanto el lector-autor
realiza su recorrido solamente según estrategias visuales,
de elección de signos sucesivos que remiten a otros ausentes.
Es, si se quiere, la concreción de una literatura sintagmática
y, como nunca, paradigmática. El riesgo de la hipertextualidad
está en que su atractivo se vuelva su epitafio: la frontera
entre la visualidad —los multimedios, la interdisciplinariedad,
la imagen— y el texto impreso, sucesivo, autorial, se mantendrá
mientras se privilegie su caracter performativo, su esencia
práctica. Puesto que en el hipertexto el significado se
sitúa en el lugar intermedio del texto y el lector, se
puede decir que los vínculos son los portadores de sentido.
Una crítica literaria hipertextual deberá analizar
los connotadores que unen la conciencia del lector y la porción
de texto que desea. Al igual que una crítica de teatro,
se ocupará de los aspectos fijos de la obra —el texto—
pero estará consciente que la interpretación reside
crucialmente en la actuación del lector.
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Xavier Berenger. “Historias por ordenador”, en Hipertulia.
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Sarah Averbach. "Ficción hipertextual: una teoría
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José Álvarez. "Del monolog(u)ismo del texto
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Charles Deermer. “¿Qué es el hipertexto?”,
en Hipertulia.
Susana Pajares Tosca. "La cualidad lírica de los enlaces",
en Hipertulia.
Agradecimientos a Karla Eliessetch, Alejandra Schmidt, Constanza
Vergara, Jennifer Walton, por conformar el Grupo de Hipertexto
en la P. Universidad Católica de Chile, así como
a Susana Pajares Tosca, de Hipertulia. |
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