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Tenía ganas de
entrar a este libro desde que lo vi, en la casa de una amiga,
cuando acababa de salir: entonces sólo tuve tiempo de ojearlo
a la rápida y ver que estaba compuesto en gran medida de
lo que podrían llamarse poemas “concretos”
o “visuales” (el nombre importa poco, todas las categorías
de ese tipo terminan por reducir el estilo del que hablan, una
operación a la que el libro de Gubbins se resiste saludablemente),
textos en los que la forma gráfica de las letras, su distribución,
el dibujo que componen sobre la página, no eran un factor
relativamente secundario, como estamos acostumbrados a considerarlas
en la poesía, sino el objeto de un diálogo vivaz
con el sentido y el sonido, los dos invitados habituales a las
páginas de un libro de poemas.
Gubbins trabaja en un ámbito que ha sido explorado muchas
veces antes, y sus experimentos resuenan con el trabajo que se
lleva a cabo en el foro de escritores, donde es una figura discretamente
protagónica (algunos rastros de ese grupo pueden verse
en su página web, www.fde.cl).
Pero sus textos no pueden reducirse a ningún tipo de tentativa
puramente experimental, en busca de la novedad como fin último
(lo que a estas alturas de la historia, tras un siglo tan lleno
de intentos de renovación radical, tiende a llevar a un
escritor a lo trivial, lo incomprensible, lo elitista o lo efectista,
con triste facilidad): el libro de Gubbins combina el rigor en
la búsqueda “verbivocovisual” de los miembros
del grupo noigandres (principalmente los hermanos Augusto
y Haroldo De Campos, cuyas obras pueden encontrarse en sus páginas
web, y Decio Pignatari), y cuyas tentativas los han llevado a
explorar todos los espacios y combinaciones posibles entre el
ámbito visual, el auditivo, y el verbal, con su inevitable
carga de significado, y la vitalidad explosiva de, por ejemplo,
un Blaise Cendrars y sus poemas de viaje, en libros como Del
mundo entero, La prosa del transiberiano (que, en una de
sus ediciones, también fue un poema visual, pintado por
Delaunay), o Documentales. Algunos de los juegos de Gubbins
recuerdan también, en su puerilidad aparentemente ingenua,
a los caligramas de Huidobro o Apollinaire, o a algunos de las
búsquedas, por cierto, más sofisticadas de Juan
Luis Martínez en La nueva novela, aunque sin las
pretensiones metafísicas que a ratos, para mi gusto, ahogan
la obra de este último en especulaciones algo ociosas,
banalidades postmodernas de segunda mano.
Comencé el libro de Gubbins viajando en el metro, de
Astoria a Times Square, camino a un concierto, y luego, cuando
decidí bajarme y caminar el resto del trayecto, tuve que
interrumpir la lectura, para que la lluvia que caía no
mojara el papel y para evitar los empellones de los otros peatones.
Lo terminé de leer por la noche, de vuelta en mi casa.
La lectura quedó, entonces, entremezclada con imágenes
publicitarias, signos luminosos, letreros de restoranes chinos,
mexicanos, diners, las bocinas, los sonidos de la calle y del
concierto (canciones en ruso con texto de Blok, entre otras, violentas,
gritadas a ratos, muy tensas), imágenes de rostros en el
metro (que inevitablemente hacen pensar en el poema de Pound al
que uno de los textos de Gubbins le rinde un homenaje muy agudo),
fragmentos de conversaciones, materiales todos estos que se funden
sin problema con la textura del libro, abierto a toda suerte de
cristalizaciones entre la palabra y las figuras que ésta
adopta, registro del pasaje por lugares y lenguajes muy diversos,
y muestrario de diversas posibilidades de fabricar poesía
con las innumerables formas que el lenguaje adopta, pero sin caer
nunca en la trampa narcisista de un lenguaje que en última
instancia habla sólo de sí mismo, que no refiere
más que a sus propias posibilidades. El libro de Gubbins
testimonia una fascinación más bien con las posibilidades
de que el libro remita a la multiplicidad del mundo en su complejidad
sensible, siempre leída en una cercanía a otros
poetas y escritores del pasado y del presente, que harto poco
tiene de libresca y erudita y sí mucho de amistosa frecuentación,
afinidad electiva.
El ojo de Gubbins es especialmente receptivo a las formas de
los edificios y de las ciudades, de los que algunos de sus poemas
se hacen eco, acogiendo (o, a veces, más bien trazando)
en las páginas imágenes de la catedral inconclusa
de Gaudí, las paredes de la Alhambra, el cielo de la Capilla
de los Médici en Florencia, el foro romano y un par de
puentes en Lisboa y Avignon. Los lugares por los que las referencias
de este libro transitan son principalmente europeos, lo que me
hace pensar en situarlo en la tradición de la “novela
formativa” y del “grand tour” con el que concluía
la formación de muchos jóvenes latinoamericanos.
Las novelas formativas y de viajes suelen concluir con el regreso
del protagonista a su lugar de origen, enriquecido por la experiencia
del paso por otros lugares y el contacto con otras culturas, para
instalarse definitivamente en la sociedad a la que “naturalmente”
pertenece, del mismo modo que en una sinfonía se retorna
al tono inicial. Como Ulises retorna a su Itaca o Wilhelm Meister
se casa y decide iniciar una empresa. Es un esquema arquetípico
que se parece no poco a la dialéctica de Hegel: tesis,
antítesis y síntesis. El libro de Gubbins, en cambio,
no relata un itinerario cerrado, sino que propone una serie de
puntos que pueden juntarse formando diversas figuras abiertas
a nuevas partidas y exploraciones de las relaciones entre el ojo
que lee, la mano que vuelve las páginas, la oreja que escucha
a la boca que lee en voz alta, y ese lugar misterioso en que las
percepciones se articulan, en que se forma el sentido, palabra
que aquí le hace honor a su origen: es un movimiento y
un itinerario antes que un monumento, un altar o monolito en un
museo.
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