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“Mi primer pensamiento
se dirige a ti”: Libro de plumas, la primera novela de Carlos
Labbé, comienza con esa línea. Es una frase de fascinación
y deseo que, al repetirse un par de párrafos más
abajo, se torna religiosa por una sola significativa variación:
“mi primer pensamiento se dirige a Ti.” Aunque en
general no diría que el título o la primera línea
de un texto puedan dar la clave de su lectura, sobre todo de un
libro polifónico y complejo como éste (o de cualquier
buen libro), sí creo posible pensar que esta diferencia
entre la primera línea y la más abajo que, al repetirla,
articula una distancia y la transforma en otra cosa, hay una insinuación
en tono menor acerca de dos temas que van entretejiéndose
en esta historia: el amor y la trascendencia (estas dos grandes
palabras Libro de plumas no las dice en ninguna parte; se susurran
en siseo, en sugerencia). Esto no dice quizás demasiado;
son muchas las novelas que de una u otra forma refieren estos
temas o se construyen en torno a ellos. Más precisamente,
entonces, lo que quisiera es formular de qué forma particular
Libro de plumas se extiende en diferentes direcciones entretejiendo
en su narración, como en una suerte de variación
musical (un infierno musical, quisiera escribir, pero no es del
todo infierno), una historia de amor y una historia acerca de
las posibilidades de trascendencia frente a la muerte, con toda
la ternura, el misterio y el pudor que ellas pueden tener, con
casi las mismas letras en su narración.
Mientras Máximo Doublet escribe una biografía sobre
el Padre Lacunza e inicia una relación con Ana Irízar,
su padre desaparece buscando pájaros en la cordillera.
Esta historia continúa y complica otras anteriores; Máximo
había tenido una relación con Josefina, hermana
de Ana; tampoco es la primera vez que Doublet padre desaparece,
y el padre de las muchachas tuvo que ver con ello. La narración
se interrumpe (o más bien, se expande) no sólo con
el recuento de esos años anteriores y de los complicados
vínculos entre las dos familias, sino también con
la historia de Lacunza y las breves, fascinantes necrologías
de la familia Labé (no la del autor, presumiblemente, sino
de la madre de las muchachas).
La historia de Máximo y los otros personajes extiende
sus hilos hacia el pasado para desarrollar su desenlace, para
entender el presente (“No hay mañana sin ayer”,
pienso ahora, y las implicaciones políticas de una frase
como esa están también en el relato, si bien de
un modo personal, no ideológico). No es casual que se insista
en el Padre Lacunza y su “Venida del Mesías en Gloria
y Majestad”, en el Apocalipsis de San Juan, en los fantásticos
obituarios de decadente estirpe de los Labé. Un texto escrito
en Patmos hace casi dos mil años o las relaciones de las
muertes generalmente grotescas de abuelos remotos pueden dar la
clave de un momento que todavía no aparece. Tanto como
del amor y la trascendencia, esta novela habla de la historia
y de las versiones sobre ella. En un episodio, conversando con
Renato Irízar, Máximo hace una crítica de
la memoria:
“Las memorias genealógicas en general son espantosas
[...] No me refiero solamente al estilo con que están
escritas, sino a que le ponen atención a las grandes
proezas. Guerras, duelos, empresas, querellas religiosas, incendios,
descubrimientos. Lo que enorgullece a los abuelos, a ver si
me explico. Los otros asuntos, los abandonos, el aburrimiento,
los abusos, las enfermedades, los engaños, las esperas
que se alargan y nunca terminan. Eso no aparece en las memorias,
porque así no se forja una estirpe. Así se acaba,
eso lo sabía Josefina, la conozco.” (62)
En la memorias genealógicas de esta novela se insiste
justamente en eso que se esconde, en los temores finales, en una
estirpe que se mira a sí misma decaer. Esta mirada no toma
en Libro de plumas la forma del descubrimiento de la verdad de
la historia, sino el descubrimiento de la historia como engaño,
o como vanidad de vanidades; la mirada de esta novela constituye
una señal, un aviso de la existencia de esos deliberados
silencios del relato mismo que la constituye y del relato histórico
en que se inserta. Hay algo que develar, parece decir esta novela,
pero no se trata de desnudar ese algo sin más --tarea imposible,
por otra parte. Se trata, si se quiere, de enumerar morosamente
los retazos individuales de una historia que existe, que se deshilacha,
pero no se desvanece (como la historia de Chile, quisiera escribir,
pero no me atrevo). En algunos momentos Libro de Plumas me recuerda
El sueño de la historia de Edwards, pero con uno o dos
tonos menor, en sordina, con una lentitud y una ambigüedad
más pronunciadas.
Unas palabras respecto a la estructura del relato. Explícitamente,
corresponde al Cuarteto para el Fin de los Tiempos de Oliver Messiaen.
Cuatro partes y también cuatro narradores: Máximo,
su madre, Ana, Renato. Pero, como ocurre en las buenas novelas,
no se sabe del todo cuál lectura hacer, y quizás
los cuatro elementos no son estos, sino Lacunza, la saga de los
Labé, el triángulo de Máximo, Ana y Josefina,
la peligrosa historia de los Irízar y los Doublet. O las
narraciones enmarcadas; el relato de horror infantil del hombre
que convierte las piedras en oro, la historia tan borgeana del
Simfur, las dos versiones de un cuento sobre dos gatas, Cristo
en los recuerdos infantiles de Máximo y Josefina. Cabe
también mencionar que tampoco los cuatro narradores son
solamente cuatro. Esta novela tiene el difícil mérito
de ser sutil y múltiple manteniendo intacta la vergüenza
y el peligro de contar una historia: ni renuncia a la exactitud
de su estructura ni depende por completo en ella.
Uno de los aspectos más interesantes de Libro de plumas
radica quizás precisamente en cómo enfrenta el peligro
de contar un relato. Siempre, al hacerlo, es necesario apostar
por un concepto de historia; aquí, la balanza se inclina
por una teleología que la novela promete y no quiere cumplir
del todo tanto respecto de la estructura como respecto de los
temas principales. Carlos Labbé esquiva situar inequívocamente
ese complicado espacio final que debiera ordenar el sentido del
cuarteto: dónde y cuándo ocurre el fin de los tiempos.
Todos los hilos de la historia apuntan a varios posibles desenlaces,
pero de súbito el final parece tratarse de la suspensión
de toda resolución posible -sin corte, empero. Las líneas
se sugieren, y se indican, y hay peligro en esa sugerencia, y
dan ganas de preguntar cuál es el final de la historia,
pero la condición misma del relato señala el peligro
de esa pregunta y hay que morderse los labios. No hay nada en
este libro, entonces, de eso que según Doublet enorgullece
a los abuelos, pero sí de lo que podría tener sentido
para los hijos: escarbar en lo oculto de la historia para luego
darle un manotazo a la lectura final (sin un titubeo lírico
o vanguardista; más bien un titubeo humano): el fin de
una estirpe, de un país, el incierto comienzo de otra,
la posibilidad de la esperanza, y un protagonista que tiene un
pie en el final de la historia y otro, a medias, en el comienzo
de ese sueño. |
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