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El escritor norteamericano
Paul Auster, en su novela Ciudad de Cristal -cuyo protagonista,
coincidentemente, se convierte en un detective privado tras leer
un exceso de novelas detectivescas-, pone en boca de uno de sus
personajes la siguiente teoría: Cide Hamete Benengeli,
el supuesto autor de la novela, es en realidad un colectivo de
autores. Sancho Panza sería el testigo directo de las aventuras
del Caballero; el cura y el barbero serían quienes transcribieran
el relato oral de Sancho y el bachiller Simón Carrasco,
quien traduce el texto al árabe. Luego, Cervantes habría
mandado a pasar al castellano el manuscrito resultante, y casualmente
el traductor es ni más ni menos que Don Quijote. ¿Con
qué fin habría Don Quijote organizado estos complejos
juegos de autoría? Paul Auster -autor y personaje en su
propia novela- indica que “Don Quijote estaba realizando
un experimento. Quería poner a prueba la credulidad de
sus semejantes. ¿Sería posible, se preguntaba, plantarse
ante el mundo y con la más absoluta convicción vomitar
mentiras y tonterías?” (Auster, 111).
El autor norteamericano no da cuenta, sin embargo, de las implicaciones
formales de su hipótesis, que se dejan sentir, por mucho
que ésta no conforme más que un diálogo entre
personajes sin mayor trascendencia dentro de la trama de su novela.
Para Auster, Don Quijote habría planeado este aparataje
literario con el fin de provocar polémica dentro de la
sociedad de su época, dejando de lado la posibilidad de
que la intención de todo esto sea desatar una discusión
estética y metaliteraria.
El punto es el siguiente: si el Quijote tuviera un afán
solamente moral, ¿para qué habría el supuesto
autor y protagonista de la obra -Don Quijote, según Auster-
permitido que apareciera el capítulo de la quema de libros
(VI), uno de los escasos episodios donde el caballero no aparece?
¿Por qué relatar tal agravio para con su tesoro
literario, cuando éste le afectaba, al menos al punto de
evitar incluirlo en sus memorias?
Cervantes, Cide Hamete o Don Quijote mismo, dependiendo de quien
considere uno narrador, entabla efectivamente una discusión
literaria. Dicho de otro modo, el Quijote podría ser leído
como el primer libro que hace de la crítica literaria parte
de su contenido narrativo. El capítulo de la quema de libros,
si bien no da cabida al primer fenómeno intertextual en
la historia de la literatura -así como tampoco a un primer
juego de carácter metaliterario - sí, en cambio,
escenifica la primera discusión sobre la vigencia del canon
y la necesidad de valorar algunas obras sobre otras dentro de
la ficción, aunque no necesariamente con argumentos verosímiles.
Es necesario refutar aquellas lecturas que señalan al
Qujote como una obra que busca sepultar la novela de caballería.
El novelista ruso Vladimir Nabokov, en su libro Curso sobre el
Quijote, llama la atención al lector sobre el criterio
que utilizan el cura y el barbero para salvar ciertos libros y
quemar otros. Aquella interpretación que nos llevaría
a creer que la obra de Cervantes se erige como la sepultura del
género caballeresco, se contradice con el hecho de que
las novelas caballerescas mas representativas, como lo son Amadís
de Gaula y Tirante el Blanco, son rescatadas por los censores.
Siguiendo a Nabokov, lo que los personajes ejecutan no es un incendio
en repudio del vicio enloquecedor de la lectura, sino por el contrario,
un racionado ejercicio de evaluación acerca de aquello
que hace de una novela una obra de arte y no una obra que se consumirá
(en la hoguera).
De este modo, el Quijote no postula tanto a ser leído
como una obra que repudia el exceso de lectura y el vicio de lo
literario, si no, por el contrario, como el primer texto que toma
conciencia de la manera de pensar occidental moderna: mediante
la cita y la referencia. Puesto que toda la acción de la
novela se suscita por el influjo de la serie de lecturas que realizó
el Quijote, el énfasis de la obra estaría puesto
en el carácter intertextual (dialógico) de todo
acto humano. No sería antojadizo, aprovechando la imagen
de la quema de libros, hacer una proyección, desde la realidad
ficticia del cura y el barbero discutiendo qué título
echar al fuego, hasta la escena cúlmine en la novela Farenheit
451, de Ray Bradbury, donde los protagonistas deciden memorizar
íntegramente los libros más reputados, para salvar
así su contenido de las llamas.
A partir de la lectura propuesta por Vladimir Nabokov en su curso
-y en el libro que dio a lugar-, es posible señalar que
en el Quijote el texto se hace conciente del valor de la palabra
escrita, como objeto de trascendencia en el tiempo, como sistema
de asimilación y permanencia de un objeto cultural en las
conciencias sucesivas.
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