La poesía de Armando Uribe: efectos de verdad

Por Cristóbal Joannon

Un reconocimiento como este es un acto de justicia. Aquí en la Escuela, Armando Uribe estudió y enseñó. Como poeta ha levantado una propuesta propia, de rotunda franqueza, en un país donde esto sin duda es difícil; tengo entendido que como jurista también ha hecho notables contribuciones. Si alguien se encuentra confundido respecto al significado de la palabra “República”, y en particular respecto a la expresión “Estado de Chile”, su obra en prosa y las múltiples entrevistas que ha dado se lo aclarará en quince minutos, como le gustaba decir a un señor hace algunos años.

Se me ha pedido un testimonio. Agradezco la invitación. El mío será un breve testimonio de lectura.

En términos formales, su poesía puede ser descrita como un conjunto muy extenso, virtualmente interminable, de poemas cortos en los que la métrica y la rima ocupan un lugar central, muchas veces con el declarado propósito de forzar –mediante anzuelos o llamados– al inconsciente para que suelte significados recónditos, no controlados por el autor. En ese sentido, su poesía ha sido un modo de indagar en las cavidades de su conciencia, un instrumento para dar con revelaciones insospechadas. Como lectores, asomarnos a un mundo así de personal genera una fascinación que excede lo poético. La buena poesía frecuentemente produce eso. Pensemos en el caso de W. H. Auden quien también se sirvió de este procedimiento. Me consta que Uribe no conocía el caso del autor inglés cuando se internó por el mismo camino.

Esta exploración incesante a la que Uribe se ha sometido sin contemplaciones, de modo valiente, sin achicarse, tiene la particularidad de hacer visible algo que supera su individualidad y que consiste en la manifestación de ese malestar chileno que tanto nos cuesta poner en palabras, que atraviesa lo social y lo político, que a veces adquiere la forma insólita de dudar de que vivamos en un auténtico estado de derecho. Ese malestar, alojado en el corazón de nuestro inconsciente colectivo, está íntimamente conectado con la historia del país: golpes y destierros, un largo gobierno ilegal, asimetrías profundas, transiciones que transaron más de la cuenta, en fin, ceguera crónica ante el pasado, el presente y el futuro. Para nosotros sus lectores, el declarado pesimismo de Uribe, su percepción apocalíptica del estado de las cosas, tiene el efecto paradójicamente tranquilizador de permitirnos ver impresas verdades nacionales dolorosas. Esto de la verdad es capital en Uribe, el no guardar silencio mientras el barco se hunde, acusando con energía la desnudez del emperador.

Su poesía tiende a ser una reflexión crítica sobre la vida: hay en ella una voluntad de verdad que prima por sobre una voluntad de belleza. Este espíritu, a mi entender propio de la sátira, produce en su caso un humor negrísimo, el cual reside más en el uso de palabras o expresiones –“salmuera”, “asesinos pésimos que a los fetos les pegan”, “ciática”, “leche de ternura rancia”– que en eso que podríamos llamar una escena o una idea humorística. Tales feísmos –si cabe denominarlos así– despliegan un efecto de verdad que es uno de los mayores aciertos de su poética. Suenan como campanazos sorpresivos cuando cierran el poema, o bien como asperezas si se ubican en sus versos intermedios. No sería desacertado entender la poesía de nuestro autor como un intento de contradecir esa poderosa idea nietzscheana que dice que tenemos el arte para no morir de un exceso de realidad.

La manera en que lleva adelante esta voluntad de verdad es muy difícil de imitar: para hacerlo, habría que poseer la cabeza del autor y saber cómo auscultarla. De este modo, Uribe tiene admiradores antes que seguidores. Por “seguidor” entiendo a un poeta que no sólo actualiza en su obra los gestos de Uribe, principalmente indignaciones y denuncias directas, sino que intenta reproducir los temas y las formas que caracterizan su poesía. Lo primero es observable en generaciones posteriores a la suya, no así lo segundo. A partir de lo dicho podría inferirse que su poesía es un callejón sin salida, pero está lejos de serlo: es una invitación a escribir con la mayor libertad, aunque se usen hipérboles, anacronismos y palabrejas de extraña catadura.

Los aludidos feísmos en ningún caso son su única maniobra poética para dar con el efecto de verdad. Quisiera mencionar otro: el “mensaje” frontal, seco, esto es, su renuncia parcial a la metáfora, la que muchas veces roza la provocación. Sin ser antipoesía, la obra de Uribe pareciera no sentirse cómoda en los ropajes literarios de la lírica. Toda vez que puede se sacude de ellos. Leo:

Éste y Ése y Aquél tienen familias

felices y bien hechas, hijos, nietos

y hasta biznietos rubios, estudiosos

y buenosmozos, buenos y cristianos

mientras tus hijos Dios de Dios padecen

de psoriasis y son psicológicamente

inestables, ¿por qué?, Dios de dioses

de barro tus hijos padecen y desbarran?

Tus hijos son tus hijos y parecen hijastros.

Pero sus hijos y sus nietos y sus generaciones

no son como los nuestros unos degenerados

y descastados padres pordioseros

y éstos tus hijos, Dioses de dioses son

tus hijos y te reconocen, hacen

lo que tú les dijiste que hicieran, mientras ellos

hacen los signos, se persignan, tragan

hostias como muertos de hambre (pero están saciados)

y tus sacerdotes les hacen venias, comen

con ellos ostras y delicadeces,

a sus mujeres menstruales bendicen

para que tengan hijos y los tienen,

y los pocos que somos, o se mueren

naturalmente o se suicidan.

¿Hay un por qué? No hay un por qué.

Tú eres el Dios que se te ocurre ser.

(Odio lo que odio, rabio como rabio, p. 154)

Como nos han enseñado los retóricos –especialmente los viejos, por ejemplo Gorgias– el efecto de verdad –siempre que esté bien ejecutado– coincide con la verdad. Ciertamente es arriesgado sostener esto, pero cabe preguntarse si acaso existe un acceso directo a ella. Hasta donde yo sé, nadie ha logrado descorrer el velo de las palabras para mostrar algo que podría considerarse la verdad a secas, eso que el vulgo ha denominado la dura. Decir que la verdad es un asunto de estilo es suavizar la tesis filosófica de que la poesía –cierta poesía– es el despliegue de la verdad. Esta idea, que puede sonar algo fatua, halla pleno sentido cuando se tiene en mente la poesía de Uribe.

Los temas que abordan sus poemas son tan amplios como la vida. Salvo aquellos de corte íntimo –sus recordados poemas eróticos–, los otros son abordados desde un punto de vista que surge de convencimientos religiosos y políticos enfáticos. Si bien cree que Dios opera directamente en este mundo, Uribe ha dado batallas que no parecieran presuponer su existencia. Ejemplo de ello son sus cartas abiertas a Patricio Aylwin y Agustín Edwards, en las que, cual Dante Alighieri, los hace arder en las llamas del error. Pero sobre esto podría decirse mucho, de modo que es mejor –en este caso– no decir más.

Alguna vez, en esta Escuela, un profesor le dijo que por el hecho de ser poeta tendría que hacer un doble esfuerzo para demostrar que era una persona seria. Él se tomó muy en serio esto; también se tomó totalmente en serio la poesía. Pienso que en ello reside gran parte de su fuerza.

Termino con este poema suyo:

Cuando me fui dando cuenta a pesar

mío y debido a la experiencia

de los años, de cuán dolida

vida vivimos, del pesar

de estar vivo en esta violencia,

ya era tarde y no había salida.

(¿Qué debo hacer?, p. 68)

(Texto leído en el homenaje a Armando Uribe realizado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile el viernes 12 de noviembre de 2010)

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