“Ponerle bigotes al káiser”: una conversación con Ana García Bergua

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Por Rosana Ricárdez

Ana García Bergua (Ciudad de México, 1960) es narradora. Estudió letras francesas y escenografía teatral en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Cuenta ya con una trayectoria en las letras que incluye la publicación de una abundante obra literaria, además de colaboraciones en el diario La Jornada (“Paso a retirarme” se llama su espacio) y Letras libres. Ha publicado traducciones del francés además de varios libros de cuentos y novelas entre las que destacan El umbral. Travels and adventures (Era, 1993, y ganadora del Premio Iberoamericano en Chile), Isla de bobos (Planeta, 2007) y La bomba de San José (Era, 2012), por la cual, en 2013, recibió el Premio de literatura Sor Juana Inés de la Cruz en la Feria del libro de Guadalajara (FIL). García Bergua estuvo en Santiago para la edición 2014 de la Feria Internacional del Libro de Santiago (FILSA). Durante los días previos, intercambié con ella correos electrónicos que derivaron en una entrevista en forma.

Rosana Ricárdez (RR) En un momento dado, las ferias de libro sirvieron para promover, intercambiar, conocer autores de otros lados. Hoy, ¿esa función se cumple o ha cambiado? ¿Cuál es el atractivo para el escritor y para el lector? (Tú eres uno y otro.) Las editoriales pueden conocer el catálogo de escritores de otros países por Internet o por redes sociales (personales, me refiero a las que siempre han funcionado: amistades y conocidos, o simplemente por estar en el circuito).

No calificaré a éste como un momento crucial para la literatura en donde el debate del libro impreso y el electrónico está de moda –de cierto modo siempre ha pasado–, sin embargo, me llama la atención de que sigamos recurriendo a “métodos” de antes para la promoción de hoy (tomando en cuenta incluso la “levedad” -¿banalidad?- en que la lectura se ha convertido.)

Ana García Bergua (AGB) Tienes razón; yo creo que las ferias de libro sirven ahora tanto para lo que tradicionalmente han sido –un espacio de difusión e intercambio, como bien lo señalas–, pero también corresponden a nuestra cultura del espectáculo: la idea de acercar los autores a los lectores. Como escritora esa parte me interesa: conocer al público, saber las expectativas y las ideas de un lector respecto a las obras. En general se lleva uno muchas sorpresas. También, por lo menos en México, la gente consigue en ellas libros de otra manera inaccesibles o con descuentos.

RR ¿La feria es un momento para captar la atención siendo que la información se encuentra en la red? Ello pese a que a mi mente vienen nombres como Guadalajara o Frankfurt y, también, los salones de París.

AGB De nuevo pienso que corresponde a la cultura del espectáculo: ahora no basta saber que el libro existe; hay que conocer a los autores y los editores, hacer una vida digamos pública alrededor del libro. Es paradójico, porque la lectura y el libro son, básicamente, hechos que suceden en la intimidad.

RR Si tuvieras que vender la cultura mexicana, ¿qué venderías? ¿Alguna vez se te ocurriría venderla en libros? En una de tus columnas en La Jornada –aguzando el oído, decías que lo que vendían la SEP y Conaculta era “Huapango” (supongo que en cada estado es común, pero recuerdo un programa de la Orquesta Sinfónica de Puebla, en los tiempos de Pedro Ángel Palou, en cuyo repertorio aparecía “El Huapango de Moncayo”, y a la columna siguiente decía orondamente: Compositor: José Pablo Moncayo. Claro, seguramente Palou ni enterado). La idea de, por ejemplo, novela de la revolución mexicana surgió quizá como parte de la construcción de un canon que, en el fondo, respondía a cierta construcción de nación. ¿Hoy hay algo de eso?

AGB Me imagino que sí, que se “venden” más ciertos fenómenos como la violencia y el narco, pero eso en realidad es una tragedia. Yo creo que ningún país se puede vender como fenómeno, pues todo se reduce a un solo aspecto, como pensar que el Huapango de Moncayo es la representación absoluta de la música mexicana.

RR Si tuvieras que vender la literatura mexicana contemporánea, ¿cómo lo harías? No podemos negar la carga de violencia que contendría. Y no hablo sólo de narcotráfico, los últimos hechos (Atyozinapa, por ejemplo) han sido protagonizados por eso que aún llamamos Estado. Me parece que en la misma La bomba de San José tenemos probaditas de eso.

AGB Es verdad que hay muchas novelas, especialmente las escritas por autores del norte, que hablan de la violencia, lo cual es ineludible, y de la cultura del narco. Pero si rascas un poco más, encuentras una enorme diversidad de temas y registros, tan sólo en la poesía y el cuento, géneros un poco menos “vendidos” que la novela. En efecto, en La bomba de San José hay esa violencia que siempre ha estado latente y que surge en una especie de delirio. Ese “México bárbaro” que estalló durante la Revolución y produjo millones de muertos, cadáveres colgando de los árboles, y que el PRI se preciaba de mantener contenido. Hacia finales del siglo XX pensamos que había sido una especie de farsa para que ese partido se perpetuara en el poder, pero la crueldad de la violencia en los últimos años ha hecho pensar que el “México bárbaro” existe como una cultura subyacente que de algún modo se contuvo, pero también se mantuvo. Es decir que la falta de democracia verdadera no dejó que toda esa violencia se transformara en otra cosa.

RR ¿Dirías que la literatura producida en México es definida por la lengua o por qué más? ¿Hay temas que nos definan como sociedad? ¿Hay géneros que se adecuen a las narraciones de hoy?

AGB Supongo que sí hay temas que nos definen como sociedad, pero sería triste que la literatura se circunscribiera a ellos y por suerte no lo hace. Así como México es un país muy diverso, a lo largo de sus culturas y en la profundidad de su bagaje histórico, las formas de literatura son también muy diversas. En México hay una cantidad enorme de buenos artistas y escritores; lo que nos falta es público, lectores.

RR Los personajes de La bomba… denotan la construcción de la sociedad de los años sesenta y setenta en México, una burguesía que leía a Dostoievsky, que escuchaba a Stravinsky, que reparaba en lo que Cuevas hacía… ¿en qué crees que decantó esa generación, tanto en la sociedad como en la literatura? (Somos hijos de una cultura pop: vimos Hechizada y Mi bella genio, por ejemplo.)

AGB La llamada “Generación de medio siglo” produjo escritores y artistas muy brillantes que de alguna manera abrieron la cultura mexicana a un rango más cosmopolita. Muchos de ellos no han sido superados; hablo, por ejemplo, de Salvador Elizondo y de todo el grupo de Plural y Vuelta en general. Lo que pasa es que quienes les seguimos, como tú señalas, fuimos determinados por la televisión y la cultura popular norteamericana. Ahora bien, hablo de una parte, porque la diversidad es muy grande; también ha habido un ramal muy grande de realismo, temas sociales, etc.

RR Por algunas circunstancias, leí La bomba… antes de que salieran algunas reseñas. Coincidí con algunas en la percepción sobre el humor de la novela. Por supuesto que cuando hablamos de ironía, humor y sátira en la literatura mexicana pensamos en Tomás de Cuéllar o en Ibargüengoitia. Pero, ¿es normal que sigamos pensando puntualmente en Ibargüengoitia después de tantos años? Me refiero a que, ¿acaso no existe alguien más con huella como la suya? ¿Tendrían que cambiar nuestros referentes o con ellos hay para rato?

AGB Lo que pasa es que Ibargüengoitia ha tardado en ser tomado en serio, o quizá eso sentimos aún, pero es verdad que ha pasado tiempo. Lo que me han dicho es que no hay mucho humor en la literatura mexicana, pero si pienso en autores contemporáneos están Juan Villoro, Francisco Hinojosa, Rosa Beltrán, por decir unos pocos. Y el humor siempre viene acompañado de algo más siniestro, no es puro humor.

RR ¿Cómo es que decides utilizar el humor en tu obra? Los cuentos de Edificio van por ese camino. Los personajes son, en ocasiones, tan miserables que el lector sólo puede verlo con humor…

AGB El humor para mí es un punto de vista, un lugar desde donde ves las cosas. En ese sentido no es algo que yo añada o piense; veo las cosas así, para bien o para mal, y me cuesta trabajo hacerlas de otra manera.

RR ¿Cómo considerar el humor en una literatura del continente, o de México por lo menos, en las circunstancias de hoy (que, dada la violencia en la historia del país, no sé si son tan distintas de las de ayer)?

AGB Yo siempre me siento muy culpable de que las cosas me salgan chistosas con todo lo que está pasando, pero por otro lado creo que la risa tiene también una función liberadora, que si uno no encontrara cosas chuscas en medio de la desgracia, moriría (del todo). Y que también es una distancia bastante saludable con respecto al poder, como dijo Christopher Domínguez de mis libros, “ponerle bigotes al káiser”: eso me gustó.

RR ¿Qué es la literatura en nuestros días? Me gustaría que pensaras particularmente en tus lecturas, y de ahí partieras hacia tu producción, incluso por supuesto a tus traducciones (¿acto de reescritura acaso?). El año pasado, cuando Yves Bonnefoy acudió a la FIL de Guadalajara dijo: “La literatura es una posibilidad de la lengua, la poesía es una manera de despertar la palabra. [La poesía] no es un lugar para divertimentos, ni de la experimentación existencial: es el lugar de la exigencia de la responsabilidad”. Y no es que “defendiera” la literatura, sino hacía la distinción entre ella y la poesía, distinción fundamental, según él. ¿Cómo habitas esa posibilidad de la lengua sin despertar la palabra?

AGB No sé qué sea la literatura en nuestros días; yo me siento una escritora muy antigua: no hago grandes experimentaciones formales ni busco revolucionar la novela de ninguna manera. Sin embargo creo que uno puede tener un punto de vista único, llamar al lector a un sitio en el que no se ha parado antes a ver lo mismo, ver cómo cambia. Cuando leo, eso busco, esa ventana. Mientras sigamos naciendo como individuos distintos, siempre tendrá ese sentido y esa posibilidad. Claro que hay quienes buscan otras cosas, yo eso busco. Leo autores clásicos y también autores contemporáneos, ambas cosas me enriquecen mucho.

Es verdad que la novela es “un lugar” más que una creación en torno a la palabra; en ese sentido carece de esa magia. Yo vengo del teatro y para mí la novela tiene mucho que ver con una puesta en escena en un andamiaje de palabras. Ahora bien, hay cuentos que son como poemas; creo que el cuento puede lograr el milagro de despertar la palabra, pero tiene que ser excelente, como los de Arreola, o como los poemas en prosa de Baudelaire. En mi libro Pie de página hay algunos intentos en ese sentido, pero no es poesía, la poesía es otra cosa.

RR ¿Qué tan importante es encontrar al narrador en tu producción? Leo a la señora Ada y veo la desgracia de los años que han pasado y la soledad, el ocio, pero también cierto móvil para seguir, aunque el personaje no lo sepa; o la torpeza de Ángel, normal en un adolescente; o la conmoción que surge en un lector al presenciar la vida y el drama de Julio Llamas. Veo, en ocasiones, compasión. Y cuando todo parece acabar, en realidad todo recomienza y es cuento de nunca acabar.

AGB Es un poco lo mismo, ese narrador es alguien que ve a la señora Ada y le encuentra algo particular. Ciertamente en mis historias hay crueldad y compasión, mezcladas.

RR Edificio me recordó a Tommaso y el fotógrafo ciego, de Gesualdo Bufalino, una novela escrita en capítulos donde cada uno es la historia de un departamento –una de las varias lecturas. ¿Tu libro fue concebido así? ¿Por qué la opción de cuentos?

AGB En efecto, hay ejemplos de edificios literarios: también está la obra maestra de Georges Perec. Yo quería hacer un edificio en el que los departamentos fueran distintos, muchos edificios en uno. No tenía mayor aspiración que esa, y la de las historias, que empezaron saliendo así, por departamentos. Empecé escribiéndolas espontáneamente y después se convirtió en un proyecto más consciente; por ejemplo, incluí al portero en algunas de ellas para darle al libro cierta unidad, aunque me gusta que algunos cuentos se salen de “ese” edificio y pueden suceder en otro o en otros lugares. Ni siquiera los departamentos están numerados siguiendo la misma lógica. Buscaba esa vaguedad y también, no lo niego, me divertí.

RR A propósito de la elección, me interesa la forma en que narras, la forma en que presentas la historia. En La bomba…, por ejemplo, narras “algo” a partir de notas que Maite le deja a Juanita, o la historia de ésta con su querer, sin que esté presente realmente en la obra.

AGB En Isla de bobos experimenté con contar la historia desde el punto de vista del hombre y de la mujer, e incluir también documentos que contaran otras historias. Me interesa mucho la variedad de puntos de vista y cómo éstos transforman las historias. También en La bomba… hice ese mismo intento. No quería hacer la voz de Juanita, entonces armé su historia a base de papelitos y las cartas de la “doctora corazón” que le aconsejaba sobre su romance.

RR ¿Podrías decir algo acerca del cine en la literatura, en la tuya, al menos? No me refiero sólo a las alusiones directas sino a las estampas o a las escenas que la narración puede o pretende evocar.

AGB Desde Púrpura he escrito novelas muy cinematográficas, que creo responden mucho a la idea de puesta en escena; a veces la narración puede funcionar como una cámara y contar las cosas de manera que uno se sienta en una película. Decía arriba que yo no hago mucha experimentación, pero quizá mi experimentación en la narrativa tiene que ver con eso, con la creación de ambientes, sensaciones, movimientos, a partir del punto de vista del narrador.

 

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