O ver la voz, o escuchar el espacio…

Por Fernando Pérez

Exposición “Audioguías. Experiencias colaterales para espacios expositivos.” Museo Nacional de Bellas Artes, http://www.exponauta.cl/audioguias/

Me había llegado un correo hace tiempo. Audioguías. Curiosa la idea. Pero no fui hasta finales de febrero. Llamé por la mañana, aló, museo, está todavía la exposición “Audioguías”, no, sabe que no, es que están de vacaciones las personas que la hacen. Pero dice que está abierta. No, vuelven en marzo. Pero el museo, ¿está abierto? Sí. Ya, entonces voy. Se descargan archivos sonoros de la página indicada más arriba. Llamo a m para preguntarle donde está su i-pod. En el cajón del escritorio, en la bolsa de siempre. Pedaleo hasta el Bellas Artes. Me pongo los audífonos y aprieto “play”. Seis archivos, seis artistas. Cada uno, en una grabación de como entre 10 y 20 minutos, nos propone una experiencia de arte sonoro: historia, ruidos, música, instrucciones, explicaciones, en suma, una performance de la que cada oyente es a la vez el protagonista y el espectador, sujeto, objeto y el medio, la materia que moldean los sonidos que asaltan sus orejas.

Comienzo por “Echo: un drama umbral”, de Mauricio Barría. Hace tiempo un amigo me había mandado a mirar la escultura de Rebeca Matte en torno a la que se construye el trabajo sonoro de este artista, una de las raras representaciones de Eco (mucho menos representada en pintura y escultura que su contraparte, Narciso). El trabajo de Barrías parte con una multitud de voces dándonos indicaciones contradictorias que de a poco se centran en una suerte de monólogo (un texto hablado por la ninfa Eco –o su representación esculpida– con algunos momentos notables y algunos más desacertados, para mi gusto), lamentablemente hablado con la dicción amanerada típica de los actores chilenos, interrumpido por un leitmotif que vuelve varias veces (“Yo le dije a la Joanna sabíh, guárdate temprano cabrita”). Después de un rato, aparece un relator masculino, que nos conmina a descender al baño y mirarnos al espejo, a confrontar nuestra propia imagen reflejada en toda su amenidad alienante (el olor a orina que impregna esa zona del museo: había descendido muchas veces hacia ahí, pero nunca lo había experimentado en diálogo tan fuerte con las obras). Confieso que no entré al baño como me instaban a hacerlo las instrucciones (“Acércate, mírate el rostro”), me quedé sentado en la escalera escuchando las disquisiciones (por momentos demasiado “literarias”) de la voz. La primera insurrección me llevó a otras: en vez de instalarme en el café (como ordenaba la grabación), entré a una exposición de acuarelas de Tejeda. Sus imágenes de erecciones, coitos, pechos, cuchilladas, vulvas entreabiertas dialogaba extrañamente con la ninfa que me hablaba hace un momento. “Las imágenes se van, sólo queda voz”, dijo en algún momento alguien en la grabación, pero a mí las voces se me escurren por entre los dedos, y me quedan entremezcladas con imágenes que me hablan sin saberlo.

Seguí luego el laberinto de instrucciones y explicaciones (“Laut”) que me guiaba por una exposición ficticia de obras sonoras de Rainer Krause instalada en el museo (otra confesión: refunfuñé durante la audición de la obra por la incompetencia de los organizadores, que habían incluido explicaciones de una instalación que ya no estaba, me enteré sólo después de que la exposición nunca existió, salvo en la imaginación del artista y en los oídos de quien la recorre). Varias de las obras de Krause a las que alude la grabación ya las había oído, pero tal vez la más inquietante es la última, una supuesta instalación de audio y video pornográfico: la curiosa sensación de oír la banda sonora de un supuesto video que no vemos, que no podemos ver, mientras uno se pasea (en mi caso) por entre los cuadros de Matta, explota y bloquea a la vez el voyeurismo que tal vez subyace a nuestra relación con toda pintura, con toda imagen de un cuerpo que vemos sin que pueda devolvernos la mirada, una dimensión con la que también juega “Eco”.

El track de Arlette Jequier (cantante y clarinetista, ex vocalista de Fulano) es tal vez el más musical de todos los relatos. El inicio dialoga con la delirante imaginación de Krause de un espacio central invadido por pájaros volando, y luego se adentra en el modo en que “suenan” los cuadros. Por momentos la dicción de Jequier recuerda lo peor de los narradores de programas infantiles, con su énfasis y modulación exagerados (“¿Es una procesión, un cortejo? Sigámoslo…”), pero tiene el mérito indudable de entrar en el ritmo de las imágenes y espacios por los que transitamos, de darnos a escuchar una lectura de su interacción, de su resonancia, de darle voz y tempo a la mirada de manera memorable. (Debo confesar aquí que mi escasa paciencia, la hora de almuerzo y –tal vez– la duración excesiva de las pistas me hicieron escuchar sólo estas tres in situ, las otras las oí en la casa, frente al escritorio, pero por otra parte este es un ejercicio de escucha desplazada al que el propio formato de la exposición invita: toda instrucción crea también automáticamente la posibilidad de desobedecerla.)

El track de la propia curadora de la muestra, Leonor Castañeda, transita desde la tautología (la repetición de “Usted está en el Museo nacional de Bellas Artes” repetido varias veces, con acústica de eco) hasta el delirio apocalíptico de imaginar una escultura (“El descendimiento” de Virginio Arias) que atraviesa el piso y cae hacia la Sala Matta. Luego coquetea con el radioteatro, en una lectura del cuento “La obra maestra desconocida” de Balzac (modulado con dicción de dramón de radioteatro que le confiere un aire de novela policial o rosa) y concluye con la reafirmación de la frase inicial, que ahora adquiere un matiz irreal (más aún, me imagino, cuando uno claramente ya no ESTÁ EN EL MUSEO NACIONAL DE BELLAS ARTES). Marcela Trujillo explora un registro más marcado por el humor, la parodia y la ciencia ficción. Sus jingles ficticios celebrando un producto que supuestamente recrea el museo en que nos encontramos (nos encontraríamos si yo hubiera estado escuchando esto donde había que escucharlo) a la vez lleva hasta el delirio el gesto de una auténtica audioguía, ese decirnos qué sentir y qué mirar, y, al imaginar una experiencia multisensorial total, exacerba la limitación del medio en que efectivamente experimentamos la obra, y expone sus pretensiones de convencernos de que la parte vale por el todo (el registro de ruidos y voces por el recorrido de un espacio, la grabación de matices por la ubicación en ese espacio de fuentes sonoras, el nombre por la cosa). Su relato tiene, como toda fantasía tecnológica, matices paranoicos, pero también utópicos. Su cuidadoso kitsch es refrescantemente antiintelectual (en contraste con los otros ejercicios), pero no menos agudo. La imagen del museo de bellas artes (recreado holográficamente acerca del año 3000 tras su destrucción alrededor del 2100) y la explicación de la noción de “arte” para un público que supuestamente desconoce se tipo de práctica tiene por momentos el sabor graciosamente amargo de las fantasías de Swift o Bradbury: “los objetos que ves colgados en el muro eran lo que en la antigüedad se conocía como obras de arte (…) una actividad de reflexión y creación de objetos y plataformas sin utilidad práctica…”. Como toda proyección de la mirada de un futuro sobre nuestro tiempo, la angustia por la obsolescencia de nuestro presente es totalmente actual, pero a la vez des-realiza el presente, este precario tiempo en el que nos movemos.

Mario Z también propone una mirada, una escucha, desplazada: una voz femenina describe, en inglés pronunciado con fuerte acento hispano, las gracias del “wonderful place”, este “temple of beauty and typical Chilean art, without pagar un peso, hermano”, que incluyen. La sátira me parece un poco jevi-handed, de mano pesada, pero me hace recordar la época en que, estudiante recién egresado, yo guiaba a estudiantes gringos de intercambio en paseos por Santiago, que incluían el mercado, el San Cristóbal, el hipódromo (¿!) y, por cierto, el Bellas Artes. Uno de ellos, a la salida, me preguntó, no sé si con ingenuidad o perversidad, dónde estaba la colección permanente del museo, la que incluye las obras famosas. Me digo que no hay todavía casi nada que pueda impresionar a ese visitante. Me digo también que el museo imaginario que es tal vez la mayor riqueza del espectador de estas regiones se acrecienta con las resonancias que esta exposición propone: escribí estas líneas antes del terremoto de fines de febrero, pero ahora que les reviso un mes después es difícil no recordar la escucha de estas audioguías impregnada de otras resonancias, de una precariedad acrecentada. Las ficciones sonoras que propone esta muestra nos permiten mirar las obras que están de otro modo, imaginar las que no están, las que estarán, las que podrían estar, las que podrían haber estado. Nos permiten también, de manera indirecta, sentir su eventual ausencia, su evanescencia. Saber que no son sino vibraciones que alteran momentáneamente una superficie hasta que el tiempo las disuelve. Como dice Eco en un poema de Ausonius, “si quieres pintarme, retrata el sonido”.

One Response to O ver la voz, o escuchar el espacio…

  1. Adriana Valdés dice:

    Por fin un espectador ilustrado… Espero que este comentario llegue a los organizadores de la muestra, es muy estimulante.

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