Mirada, pertenencia e infancia en “Hijos únicos” de Juan Santander

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Por Antonia Torres

En Hijos únicos (Overol, 2016), el recién aparecido libro del poeta Juan Santander, es posible encontrar algunos de los recursos poéticos más emblemáticos de La ciudad de Gonzalo Millán. Poemas-postales que informan sobre paisajes, escenas o personajes de la infancia y de la adolescencia fijados en el devenir del tiempo en virtud de la memoria y la poesía. Poemas-fotografías, imágenes que se van repitiendo y sobreponiendo como en un espiral que construye una forma de memoria que no se fija, que no se detiene, que no se petrifica como ícono de una nostalgia, sino que más bien opta por mostrar los mecanismos del recuerdo siempre en movimiento, transformando lo vivido y proporcionándonos pistas sobre el presente.

Cada poema va exclusiva e íntegramente en la página derecha, como si se tratara de un álbum familiar o personal de recuerdos. La imagen, por lo tanto, es aquí un soporte privilegiado para pensar la realidad en sus intersticios y complejidades. Tanto así que hasta la experiencia amorosa debe ser pensada y experimentada -de preferencia- desde lo visual, como se advierte ya en un libro previo de este autor, La destrucción del mundo interior (Overol, 2015), y en el poema homónimo: “Tú, ramplona y hermosa como la vida, me encerraste en una pieza oscura, / ungiste mi cuello con esa colonia floral que aún maldigo y no comprendo, / destruiste mi imaginación sacándote la blusa al menor indicio de calor” (p. 12). En esta poética de lo visual, la mirada, aunque a ratos llena de ironía y dolor, tiene el don del minimalismo y la precisión de sentido que no poseen las palabras: “Para ti, el primer rostro al que aprendí a mirar. / Yo debería estar guardando mis palabras”. Como si el poeta fuera aquél que desdeña las palabras, el “valiente” que se atreve a borrar todo lo que el mismo escribió.

En Hijos únicos, en tanto, el hablante opta frecuentemente por el uso de la segunda persona singular del discurso: el tú. Pese a esta distancia gramatical con respecto al universo narrado, los poemas se asemejan por momentos al diario de vida de un niño-adolescente. De ahí que la voz insista en la pregunta por la identidad y la responda de manera compleja a través no simplemente de un Yo, sino de un Yo que sabe que necesita de un Otro para definirse. Un gemelo o “especie de segundo nombre”, como sugiere el poema que abre el libro, y que acecha siempre a nuestras espaldas. A partir de allí se desplegará una reflexión poética sobre la familia, la comunidad y la pertenencia en espacios en donde la modernidad parece haber llegado tarde y que, por lo mismo, es como si nunca lo hubiera hecho. Porque tiempo y espacio son dos nociones modernas claves para abordar el universo de Hijos únicos. Dos nociones que se experimentan con particular intensidad en aquella zona liminal de lo político que podríamos identificar con la provincia y que esta poesía retrata tan bien. El pueblo chico. La aldea. Allí donde toda signo de modernidad globalizante (el cine, por ejemplo) tarda en llegar y por ello adquiere un peso existencial mayor:

En la sala no había casi nadie.

De vez en cuando un espectador,

pegado todo el día a su butaca

como una estrella de mar en la piedra.

Las películas llegaban meses tarde,

los extraterrestres llegaban tarde,

los superhéroes llegaban tarde,

los viajeros en el tiempo llegaban tarde.

(Cine Alhambra, p. 17).

No hallaremos aquí la queja lárica por un mundo pasado más noble, por ese paraíso perdido e irrecuperable que se supone es la aldea. Encontraremos, en cambio, el productivo diálogo y síntesis entre naturaleza y urbe, tan propio de la provincia. La estimulante tensión entre la ensoñación bucólica y la excitación que nos provocan los medios. Los espectadores del cine, por ejemplo, pegados como estrellas de mar a la roca de ese remanso (y a la vez marasmo) que es un domingo en el cine, podrán allí descifrar signos, el oráculo de su existencia. Es por eso que este hablante oscila entre la permanencia y la huida de este espacio, entre lo propio y la errancia de la diáspora: “La primera vez que armé un plan / para irme de la casa, tenía todo listo: / dónde vivir, con quién. Ahora busco / la libreta donde puse todo eso” (Enseñanzas, p. 33). Huir o permanecer en la ciudad, la calle, el barrio o la familia; huir o permanecer en todos los espacios donde se verifica la comunidad y la pertenencia. De allí que el hablante titubee entre la asfixia y la capacidad de contención que dicha comunidad le provee, porque “el almuerzo es signo de obediencia” y allí “soy un habitante a la fuerza”. En tanto, fuera de esos espacios coercitivos, la naturaleza se desborda en forma de guanacos, nubes, mar o piedras. La naturaleza emerge aquí como un delirio que se confunde con la realidad pero que ayuda a descifrarla: la experiencia de una noche en bus y la erótica visión del escote femenino devienen en un valle agrícola de modesto cultivo; la contemplación de un pato en el río se compara a la soledad y a la omnisciencia del narrador literario; el breve pasto de un bandejón muda en el fino bigote de un niño. La naturaleza es excusa para hablar de lo real, para leer sus señas, para constatar sus cambios cuando han pasado los años y el paisaje o la mirada es otra. Hacia el final, el poeta elaborará entonces un manual de uso, un instructivo para leerla cuando ya sean pocos los elementos originales o éstos se hayan transformados dramáticamente:

Los cerros a los que iba cuando

Niño fueron puestos en venta.

Cambiaron las mallas de los arcos,

El fléxit amarillo de los pisos.

(…)

La lluvia cae, la arena viaja,

La luna tiñe lo que el sol destiñe.

Yo hago torpemente un túnel,

Un instructivo de luz y sombra.

(Instructivo, p. 65).

Porque tal como lo afirman enigmáticamente los recién citados versos que cierran este hermoso libro, el lenguaje poético está hecho -como el paisaje- de luz y de sombra. Acaso así funcione también la poesía: como una “trampa bien hecha” que nos permita comprender el mundo, imaginarlo y, sólo entonces, poseerlo.

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