“Suban el volumen”: Cine y rock, experiencias de un vínculo

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por Laura Lattanzi

 

Suban el volumen, 13 ensayos sobre cine y rock, editado por Ximena Vergara, Iván Pinto y Alvaro García (Editorial Calabaza del diablo, 2016) se propone revisar los vínculos entre cine y rock a partir de diversos artículos que trazan una heterogeneidad de estilos, géneros y cartografías, configurando en cada uno de sus ensayos un ritmo particular. Biopic, teen movies, rokumental, ópera rock, mockumentary, videoclip, son algunos de los géneros audiovisuales que esta comunión entre cine y rock proponen, y que este libro explora incorporándolos a diversos movimientos culturales asociados: punk, hardrock, rock experimental, No wave cinema… Los primeros tres capítulos se centran en las escenas norteamericanas y, en menor medida, europea, para ofrecer luego en el último apartado cuatro ensayos sobre el panorama local de Argentina y principalmente de Chile.

 

El primer capítulo titulado “Del registro a la puesta en escena” ofrece tres abordaje a algunos de los subgéneros que surgen de este vínculo: rockumental (artículo a cargo de Hernan Silva), opera-rock (con autoría de Álvaro García) y biopic (Alejo Janin), señalando las variables formales y elementos estilísticos que conforman las puestas en escena del rock y sus personajes, en un recorrido que va desde el primer filme sonoro Cantor de Jazz, pasando por las producciones más o menos vanguardistas vinculadas a The Beatles, Pink Floyd, The Who, Sex Pistols, hasta llegar al Kurt Cobain de Gus Van Sant. La segunda parte, “Juventud y contracultura”, observa cómo en diversos filmes se desarrolla y consolida un imaginario juvenil marcado por la cultura del rock, en una gama que va desde su carácter rebelde hasta su absorción por la industria cultural. Se analiza en primer lugar las producciones norteamericanas de los años cincuenta que conforman la identidad del joven rebelde (artículo a cargo de Juan Carlos Poveda), las “teen movies” y el imaginario adolescente de los años ochenta (Alejandro Cozza), y finalmente algunas producciones que a través de un lenguaje más experimental abordan ejes como el nihilismo, la búsqueda heroica y el desarraigo propio de una búsqueda identitaria juvenil (Iván Pinto). El tercer capítulo “Estilos radicales” explora las relaciones entre cine y escenas musicales a través de diversos movimientos culturales: como son el punk (Andrés Nazarala), el metal (José Carlos Cabrejo) o la No wave cinema (Mónica Delgado), los que se observan en diversos itinerarios donde se explora un entramado entre cine, música, arte y performance. Finalmente el cuarto y último apartado “Escenas locales” asume las particularidades territoriales y políticas de este vínculo en Latinoamérica, a través de un artículo que explora las relaciones entre rock y cine argentino en los últimos veinte años (Luciana Calcagno y Griselda Soriano), y otros tres ensayos que repasan, cronológicamente, este vínculo en Chile desde los setenta hasta nuestros días, en un recorrido que va desde una mirada revisionista del cine de los sesenta y setenta (Antonia Krebs y Ximena Vergara), pasando por el VHS, la televisión y los video-clips de los ochenta y noventa (Luis Valenzuela) hasta los rockumentales chilenos del dos mil (Susana Díaz).

 

El pulso de los autores de Suban el volumen, provenientes de Argentina, Chile y Perú, son los de un/a apasionado/a, cinéfilos y melómanos, que comparten una memoria cultural vinculada al cine y el rock, dando cuenta, en algunos casos más que otros, de sus propias experiencias con ambos registros. Es por ello que las elecciones de filmes no privilegian la exhaustividad del universo de estos vínculos, sino que están marcadas por la propia experiencia de los autores, por sus afecciones. Experiencia que no cae en la forma nostálgica o “retro” que suele acompañar a estos homenajes, sino que es más bien celebratoria y analítica.

El rock en este libro es antes que nada un objeto cultural, una sensibilidad generacional, una fuerza que presiona por configurar o re-configurar las identidades sociales, artísticas y políticas de diversas generaciones. Aquí el cine y el rock están unidos, más que tensionados, en un mismo movimiento cultural: ambos son elementos de la cultura de masas, lo que les permite ser también diseñadores de signos identitarios, conformar un carácter que, según la propuesta de este libro, debe ser siempre disruptivo, contracultural. Así los diversos artículos analizan cómo el rock aunado con el cine logran darle forma a una “personalidad sonora y estética” que le brindarán una particular identidad cultural a la juventud, sujeto social que emerge al igual que el rock, en los años cincuenta.

Los autores se detienen en observar como la escena del rock permite generar una fuerza mítica, liberar cuerpos y tradiciones, penetrar en la vida cotidiana, alentar la crítica social o generar una expresividad colectiva. La escena del rock se alza como contracultura que se potencia, mitifica y expande sus experiencias estéticas al unirse al cine.

Se trata también de cómo el cine puede poner en escena o registrar el rock desde un lugar siempre marcado por la novedad y la exploración. La búsqueda por una “experiencia auténtica”, que en el caso del rock asume la figura de la destrucción, la rebeldía, la posibilidad de “sacudirse los esquemas y los signos”. El rock emerge como un “shock nervioso” dentro y fuera de la industria cultural, extendiendo y explorando sus signos, pero también siendo absorbida por ella. De alguna forma, el rock y el cine comparten esa doble condición y pretensión, la de ser industria y vanguardia a la vez.

 

 

 

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