Ida Vitale en la justa medida

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Por María Teresa Johansson

A raíz del premio Cervantes que este año ganó Ida Vitale, convidamos a María Teresa Johansson, académica del Departamento de Literatura de la Universidad Alberto Hurtado, docente e investigadora en el área de literatura hispanoamericana, memoria y testimonio en el Cono Sur y análisis del discurso, a escribir un homenaje a la gran poeta uruguaya. De su generosa disposición surgieron las siguientes palabras.

Los últimos años de Ida Vitale han sido generosos en reconocimientos. A sus “Casi Cien”, como se titula la antología editada por Visor Poesía (2010), una suma de premios y ediciones han homenajeado su larga trayectoria. Parte importante de  estos galardones proviene de España, desde el reciente Premio Cervantes (2018) y el Reina Sofía de Poesía Iberamoericana (2015) hasta los anteriores  Alfonso Reyes (2014) y  Federico García Lorca (2016), pasando por una serie de ediciones, principalmente de antologías, entre las que se destacan la Reducción del infinito: antología y nuevos poemas, Barcelona: Tusquets, 2002; Trema  (Valencia: Pre-Textos, 2005); Mella y criba, (Valencia: Pre-Textos, 2010); Sobrevida (Antología, Granada: Esdrújula Ediciones, 2016); Poesía reunida (Barcelona: Tusquets. 2017 ). A lo anterior, se agregan reconocimientos en distintos países de América, en especial en México donde recibió el Premio Octavio Paz (2009) y el reciente FILSA Guadalajara (2018). En este concierto de valoración y difusión pública de la obra de Ida Vitale, el Premio Cervantes,  otorgado mayormente a escritores españoles y a pocos latinoamericanos, le ha conferido una difusión de alcance mundial, pues, después de Onetti, Ida Vitale es la primera mujer uruguaya en recibirlo y solo la quinta en el historial.  Cabe señalar que esta serie de reconocimientos públicos contrasta con la menguada presencia de estudios críticos sobre su obra, una ausencia significativa que debiera tender a revertirse.[1]

Una lúcida y prolífica figura

La poeta Ida Vitale concentra en su figura longeva una significativa suma de atributos. Nacida en Montevido en el año 1923 realizó su formación intelectual y sus primeras labores literarias en su país. Sus inicios en la poesía estuvieron conformados por la búsqueda de un lenguaje personal manifiesto en poemarios publicados en Montevideo, los que le dieron un temprano lugar de reconocimiento en el campo literario uruguayo. Hacen parte de esta primera etapa, los poemarios La luz de esta memoria (1949) Palabra dada ( 1953), Cada uno en su noche (1960), Paso a paso (1963), Oidor andante (1972). Desde temprano Ida Vitale desplegó su labor como poeta, ensayista, traductora y crítica literaria. Colaboradora de las principales revistas de la época, sus contribuciones aparecieron en Marcha, Época, Clinameny Maldoror, Crisis, entre otras, dedicó también varios de sus ensayos a la poesía brasileña M. Bandeira, C. Meireles y C. Drummond de Andrade: Tres edades en la poesía brasileña actual (1963), La poesía de Jorge de Lima (1963), La poesía de Cecilia Meireles (1965).  Sus periodos de permanencia fuera del Uruguay fueron tardíos, entre 1974 y 1985, obligada por las condiciones del exilio, vivió en México donde colaboró con la Revista Vuelta y el semanario Uno más Uno y realizó seminarios y traducciones para el Colegio de México. En estos años de residencia en el exterior, su lugar de publicación se trasladó a México donde aparecieron los poemarios Fieles (1976) Elegías en otoño (1982), Entresaca (1984).  Años después, tras un breve regreso a Uruguay, el año 1989, Ida Vitale reemprendió el traslado esta vez hacia Austin, Texas, donde residió hasta hace un año atrás cuando regresó a Montevideo.  En esta larga etapa en los EEUU su producción continuó incrementándose y sus poemarios continuaron publicándose principalmente en México y en Uruguay: Sueños de la constancia (1988). Procura de lo imposible (1988), Un invierno equivocado (México, 1999), La luz de esta memoria (Montevideo, 1999) Serie del sinsonte, (Montevideo, 1992), pero  también en Caracas con Jardines imaginarios (1996), De varia empresa (1998). Desde los inicios de este siglo, es decir, en una etapa más actual, su obra ha sido publicada mayormente por editoriales españolas y tal como lo hemos referido más arriba ha dado origen a vastas antologías.

Decíamos que la figura longeva de Ida Vitale concentra ciertos atributos. Hoy se erige como una poeta consagrada en el mundo hispánico y como la última representante de la generación 45 uruguayo. Vitale participó junto a  J. Onetti, I. Vilariño, A. Rama, M. Benedetti, entre muchos otros de la llamada generación crítica, un eximio grupo de escritores e intelectuales que desarrolló su trabajo cultural entre los años 40 y 60.  Cercanos a la revista Marcha, los miembros de esta generación literaria contaban con una sólida formación académica y artística y compartían un severo diagnóstico sobre la situación uruguaya y la necesidad de potenciar transformaciones. En este sentido, Ida lleva consigo las vidas de otros, junto a Amanda Berenguer e Idea Vilariño conforma un triángulo epocal de la poesía uruguaya contemporánea en la que se reconoce un tono intimista y en el que fundan diversas variantes de la poesía hispanoamericana contemporánea.

Una poética de lengua transatlántica

Con un don particular para unir histórica y linguísticamente a América con España, Ida Vitale ha sido testigo de un siglo conmocionado, mediante una voz que ensambla y reanima las tradiciones poéticas en lengua castellana a la vez que realiza una recreación personal del cosmopolitismo. Por tanto, la especificidad de su figura puede reconocerse en un diálogo transatlántico que propicia un encuentro entre España y América Latina guiado por exponentes fundamentales de la tradición poética en lengua española. Elegida por Juan Ramón Jiménez para formar parte de una temprana antología destinada al mundo ibérico, Ida Vitale ha reconocido en un sinnúmero de entrevistas que su maestro José Bergamín y sus lecturas de García Lorca fueron formativas en sus inicios; asimismo, reconoce su filiación con el barroco español, teniendo a Góngora como señero. Habría por tanto, en su lenguaje poético la afirmación de una tradición que se propone revitalizar contemporáneamente las formas del español americano en el sentido de articular una relación no diferencial sino integrativa entre la península y el continente. Pero el carácter de mediadora transatlántica de Ida Vitale no se refiere únicamente a la relación con España, sino a un impulso cosmopolita muy afianzado en el siglo XX rioplantense donde las relaciones de filiación migratoria y de intercambio cultural fueron formativas de las tramas de instituciones y convivencia sociales. A ese respecto, el conocimiento idiomático y el ejercicio de lectura de diversas lenguas en los años de formación de Ida Vitale se desplegó a lo largo de su vida en su excepcional trabajo de traducción, labor que ha mantenido y cuyos frutos integran las traducciones de libros de Gaston Bachelard, Simone de Beauvoir, Jules Supervielle, entre muchos otros.

En buena medida, los amplios reconocimientos internacionales a Ida Vitale, manifiestan este carácter icónico del ensamblaje cultural entre Europa y América Latina que su figura resuma tras el largo último siglo signado por la guerra civil española y la postguerra – experimentadas desde el Río de la Plata – y por los posteriores procesos de reforma o revolución que culminaron con el acaecimiento de las dictaduras. Por tanto, no acaba de delinearse correctamente la figura poética de Ida Vitale sino en un viaje de ida y vuelta entre Europa y América Latina pues en estos desplazamientos de la lengua, su voz poética concentra una presencia particular.

Sobre algunas de sus filiaciones y afinidades selectivas

Ida Vitale actualiza una importante tradición de poesía de mujeres que durante el siglo XX conformó una escritura de carácter continental. El recuerdo de infancia de un encuentro casi epifánico con la lengua tuvo lugar en la lectura temprana del poema Cima de Gabriela Mistral, un poema que, tal como lo recuerda en una entrevista, la desafía y apela. Junto a la filiación temprana que se entronca con la figura de Gabriela Mistral está también la de Cecilia Meireles sobre quien Ida Vitale publicó un ensayo crítico en los sesenta. Junto a estas figuras,  la filiación se sostiene en la prolífica tradición de poetas uruguayas de la generación del 25, en la que si bien destaca la presencia tutelar y continental de Juana de Ibarbourou, aparece María Eugenia Vaz Ferreira, Clara Silva, Delmira Agustini, Sara Bolle. Se trata pues de un prolífico antecedente de escritura de mujeres con la que los miembros de la generación del 45 dialoga estrechamente. En estos diversos sentidos, Ida Vitale crea también a sus precursores en un campo de afinidades selectivas en el que se incribe Jorge Luis Borges y Octavio Paz, con quien entabla amistad.

La justa medida: entre mundo y lenguaje

No obstante este amplio campo de fraternidades escriturales fraguado al interior de la generación del 45, Ida Vitale mantuvo siempre una posición distanciada con respecto al campo sociopolítico de su época. En la década revolucionaria, ante el estrépito de la intervención directa de la cuestión política en el ejercicio literario, Ida mantuvo cierta cautela. Se trata de una posición que hoy puede ser interpretada como un lugar ético más que político, que más que orientarse a las grandes transformaciones de la sociedad y de la historia se sitúa en el lugar de lo menor y de lo personal. Asimismo, frente a una tendencia que reclamaba una retórica del optimismo y una obligación de representar lo popular, Ida Vitale optó por una poética de la mesura, de una justa medida, de sujetos urbanos instruidos y por un locus de la prudencia. Probablemente sea la imagen de la justa medida la que mayor rendimiento puede otorgarnos en esta lectura pues en ello radica tanto su metro, (su verso corto pero no en extremo lacónico) como su rítmica comedida. Pareciera ser que su poesía trabaja un modo discursivo de la prudencia: hacia el otro y hacia sí misma. Es decir, un lugar ético que, a contracorriente con varias tendencias epocales, no es radical, ni sarcástica, ni irónica, ni desfigurada, ni ampulosamente sufriente o rupturista. En sus poemas nada se desboca ni se vuelve excesivo, incluso el erotismo es delicado, casi insinuado. Se trata más bien de una mesura del vivir que también puede leerse como la afirmación de lo vital. El lenguaje como amparo de la vida y, en ese resguardo, le interesa a Ida una dimensión de lo espiritual que se cuela sin esa radicalidad del sacrificio ni del esoterismo, ni del historicismo sino en las palabras y en la mudez de las cosas, en la vida mundana de los objetos y de la naturaleza que se expone observada. El lugar de enunciación es también un lugar habitado, al mismo tiempo, un espacio circundante y un campo léxico, es decir, una convergencia de lugares linguísticos y del habitar. Se habita la lengua tanto como se habita en la relación del sujeto poético con la naturaleza y con el espacio privado.

A ti, alfabeto,
gracias te sean dadas
por acudirme, pese a esta miseria
musitas y aminoras con memorias
de milagrosas y narradas lluvias
de mares y manzanas, tanto agobio
que olvido este calor y que aún lo escribo (“Gratitud del verano”)

La naturaleza y la vida en el habitar

Pero la naturaleza que Ida hace aparecer dista de ser una fuerza salvaje e indomable, legible desde formas del imaginario arquetípico, sino que se trata de una imagen y una experiencia de la naturaleza urbana: césped, cielos, pájaros, árboles que habitan una vida de ciudad de climas nubosos, lluviosos y días iluminados y radiantes. Animales domésticos, seres vivos en el jardín de una casa, a lo más una vivienda de balneario: modo de vida de la longevidad, que si bien no se sitúa con referencias respecto de un país específico, habita en un cierta zona de paz política, un tiempo de arcadia en el que es posible recordar la utopía urbanista del Uruguay. Quizá contiene una imagen latente y escondida de una ciudad a escala humana, como pudo haber sido la de Montevideo en los años de su juventud. No hay en este espacio aceleración, ni tecnologías apremiantes, como nada en su naturaleza se torna monstruoso, amenazante o sobrenatural. Curtoise llama a esa tendencia “lo urbano bucólico”. Cosas, mundo vegetal y animal acompañan a la voz poética singular y solitaria en el acto de la escritura.  Más bien, ese habitar del poema es una quietud interior, una mesura, un valor de templanza en el que habita cierta extemporaneidad. En esta simetría entre el orden del lenguaje y el de la naturaleza, Ida Vitale trabaja con la presencia y las apariciones de lo celeste y lo vegetal que permanentemente inciden en su experiencia de sujeto poético que al mismo tiempo opera con la escritura y con la voz,  la fonación.

Busca ese nombre y se le esconde
en el orden del diccionario.
Olió la hoja y su recuerdo,
saltó la palabra a sus labios
y las letras danzaron

unidas por un instante,

antes de volver a ser libres.

El misterio escapó vuelto aire
en la fragilidad del tiempo, incorregible

hacia aquel patio,

el sitio verde de la infancia

un instante en la historia

de una casa

y ésta en la de un país.

Un coágulo agreste

cuyos cimientos pocos ya

conocen, aman (“Nombre en el viento”)

La voz de su poesía pareciera resguardar una forma de vida, un ámbito de valores y estéticas de la mitad del siglo XX que deja sus huellas en las apariciones léxicas, la presencia del diccionario, la pulcritud de la sonoridad y la justa medida sintáctica. Para Rafael Courtoise, Ida Vitale “tiende a crear una fijeza, a situarse no en el devenir de un yo lírico sino en un punto estático de perspectiva poética” (92). En este sentido, el autor propone que Vitale realiza un viaje inmóvil, un camino hacia sí, hacia el centro de cada vocablo en su individuación” (93).

La voz de Ida Vitale ha emergido de una relación formal y afectiva con el lenguaje que se mantiene a distancia de las comunidades ideológicas y del bullicio de su alrededor. Su poesía no traspasa los mundos oníricos ni devela transmutaciones de seres y sentidos, sino que habita en este mundo contemplado con una quieta prudencia. Su voz se articula alejada de una dependencia amorosa con un otro que la ancle de manera permanente en la pasión. La soledad del yo en el momento de la escritura, ante la quietud de las cosas y de la vida natural, es por tanto una condición para la percepción sensible y distanciada. De manera  bidireccional, el mundo es siempre, el mundo de lo existente y el del lenguaje. Una autonomía de la voz y de la lengua, independiente a veces del cuerpo y de los afectos, de las pulsiones extremas. La poesía de Vitale aparece liberada también de las demandas de lo social,  pero no de la vida, puesto que hace aparecer lo vital en esa contemplación mesurada del mundo y del lenguaje. Como corolario de esta actitud lírica cauta y mesurada, los últimos poemas son de agradecimiento y de autorreflexión en torno a la propia biografía.

Por no seguir caminos fraudulentos
Perdí quizás imagen y relieve
Perdí la prisa, quise pisar leve
En la historia sin arrepentimientos

(…)

Nunca he pedido, claro, una tormenta
Pero sí el aire donde asoma el viento (Discurso de recepción Premio Cervantes).

Bibliografía

Courtoise, R. Ida Vitale: una poética de la constancia. Revista de la Academia Nacional de Letras, (87-101) Nº. 11, 2015, págs. 87-101

[1]Esta tendencia se avisora en el libro editado por María José Bruña Bragado (Salamanca, 2017) Vértigo y desvelo: dimensiones de la creación de Ida Vitaleque compila estudios de Fernando Aínsa, Aurelio Major, entre otros.

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